"LA PIEL BAJO EL TRAJE"
jueves, 26 de diciembre de 2024
LA PIEL BAJO EL TRAJE
sábado, 2 de noviembre de 2024
NO ES PACIENCIA, ES SUMISIÓN
NO ES PACIENCIA, ES SUMISIÓN
miércoles, 25 de septiembre de 2024
LAS MUJERES SOMOS FUERTES Y VALIENTES
"Las mujeres somos fuertes y somos valientes.
sábado, 17 de agosto de 2024
ESCUCHA CUIDADOSA
Cuando una
persona se decide a abrir su ayuda a otra, es necesario encontrar el justo
equilibrio entre el replegamiento
propio y la posterior apertura; un
vaivén armónico que supone un requisito fundamental para el auto-cuidado y la
ayuda eficaz.
La ayuda en
la resolución de problemas es
altamente delicada, y el objetivo se centra principalmente en ayudar a la
persona que vive un conflicto a que encuentre la unidad entre lo que hace, lo que piensa y lo que siente.
La persona
que se decide a brindar su escucha y presencia a otro para la resolución de sus
conflicto supone un espacio de contención
y de protección, de seguridad y cuidado, que se traducen en unos límites amorosos que ayudan a expresar
su malestar sin miedo.
Es fundamental
que en estos encuentros de empatía, la persona que sostiene se mantenga neutra, sin opinar, sin juzgar, sin
posicionarse. El objetivo es que el “necesitado” pueda exponer su vulnerabilidad sin miedo y así poder llegar a acuerdos comunes con quien desea compartir
su vida.
El asombro por parte de todos los implicados
llega naturalmente, al contemplar los resultados de este esfuerzo, que requiere
buenas dosis de paciencia y
concentración.Siempre vale la pena abrirse al diálogo honesto a favor de
mejorar nuestras vidas con los seres queridos.
Ojalá todas
las personas del mundo contáramos con seres bondados y sabios a nuestro
alrededor que nos ayudasen a abrir nuestras heridas a la vez que esperan pacientes
a ofrecer lo necesario para que se curen.
viernes, 16 de agosto de 2024
jueves, 15 de agosto de 2024
LA ESCUELA DE MIS SUEÑOS
La escuela de mis sueños es un
universo para la infancia. En este lugar cada rincón se ha diseñado para
favorecer el nacimiento de algún descubrimiento. Los niños se mueven por este
escenario atentos a sus necesidades de exploración, ofreciéndose a ellos mismo
la oportunidad de llegar hasta el final de su curiosidad.
En esta escuela los niños sienten
respeto por su individualidad. El bagaje personal de cada uno es el capitán de
la expedición, haciendo de cada viaje un recorrido diferente y único. Los
niños son recibidos con admiración por lo que tienen que ofrecer y ellos acuden
con ilusión de seguir rebuscando en los recónditos de sus almas y del mundo en
el que viven.
Así es como se aprende en la
escuela de mis sueños. Las verdades sobre el mundo no se revelan, no se
describen y se otorgan. Los niños las encuentran. El aprendizaje son los
descubrimientos que los niños hacen del mundo gracias a estar en la escuela.
Las relaciones que se dan en la
escuela pasan a ser una herramienta para este descubrimiento, ya que los niños,
convivientes de un mismo escenario, se descubren así mismos mirándose en los
demás. Estos hallazgos se van integrando en su persona y forman una parte fundamental
en su modo de seguir conociendo el mundo. En este contexto de comunicación
los mensajes y los canales se miman y protegen para que todos vivan sus
relaciones desde el respeto y la seguridad.
Los adultos en esta escuela
permanecen atentos a los deseos de saber de los niños. Observan con
minuciosidad y se ponen al servicio de los movimientos que producen este anhelo.
La relación con los adultos es para los niños un recurso más al que acudir para
seguir creando sus puentes hacia la verdad que exploran.
Veo en mis sueños esta escuela al
servicio de los niños y cada día, un poquito más, puedo quedarme despierta para
seguir viéndola. ¡POR UNA ESCUELA PÚBLICA DIFERENTE YA!
jueves, 8 de agosto de 2024
miércoles, 7 de agosto de 2024
LA MÁQUINA DE PENSAR (CUENTO INFANTIL)
Mi mamá dice que la mente es como una máquina de hacer pompas de jabón.
Siempre está en marcha y cada pompa de jabón es un
pensamiento.
A lo largo del día no para de sacar una pompa tras otra. Es
imposible hacerla parar.
No tiene botón de apagado.
Además, cuanto más nerviosos estamos, más pompas produce la
mente.
De todos los pensamientos que salen de ella, la mayoría son
de momentos que ya pasaron o de situaciones que nunca han llegado.
Pero nuestro cuerpo vive cada pensamiento como si estuviera
pasando en ese momento, y por eso reacciona…
Con tristeza…
Con vergüenza…
Con miedo…
La mente y sus pompas son muy importantes para las cosas
prácticas de la vida, eso sí.
Para calcular el cambio del autobús…
Elegir las letras de una palabra al escribir…
Recordar la letra de una canción…
Memorizar la lista de la compra…
Pero el resto de las pompas son “pensamientos basura”, que
no sirven para nada porque no están ocurriendo en ese momento.
Y… como no podemos detener la máquina de pensar…
Tendremos que aprender a vivir con ella.
Podemos decidir a qué pompas prestar atención y a qué pompas
ignorar.
Podemos respirar más profundo y lento para que la máquina
produzca pompas más despacio…
Podemos sencillamente verlas pasar, como cuando miras a la
gente que pasea por la calle mientras esperas en el coche. Dejas que aparezcan
y desaparezcan. Que pasen… y se vayan
Y hay un truco para las “pompas cabezotas”
¡ah! Las pompas cabezotas son esas pompas pesadas que no
paran de aparecer una y otra vez, siempre las mismas, invadiendo toda nuestra
cabeza.
Esas pompas hay que EXPLOTARLAS. Decirles ¡para! Y ¡pum!
Sacarlas de nuestra cabeza lo antes posible. ¡qué pesadas!
Por eso, ahora que sabes que la mente “está a su rollo”
produciendo pompas sin parar, te recomiendo que hagas lo que dice mi mamá: “NO
TE CREAS TODO LO QUE PIENSAS”
Definitivamente, serás mucho más feliz.
CUEVA, VALLE Y CEMENTERIO
Había
una vez una ardilla que vivía en un valle precioso. Era un valle extenso, lleno
de animalitos, plagado de alimentos deliciosos que nacían de los árboles… Un
valle por el que transcurría un riachuelo de agua clara donde vivían un sinfín
de peces de colores.
Nuestra
ardilla vivía en la parte sur del valle, donde los árboles eran más frondosos y
el río hacía su bajada hacia una suave ladera. Su día a día era bastante
agitado, ya que continuamente tenía que andar buscando frutos secos,
recolectándolos y guardándolos en el almacen de la familia. Tenía algunas
amigas con las que por las tardes jugaba a carreras por las ramas de los
árboles, y algunos otros animales, como los zorros o los castores, con los que
se reunía de vez en cuando para jugar al escondite o para contar historias de
miedo.
Nuestra
ardillita tenía un ligero problema, y era que solía hacer todo esto sintiéndose
bastante enfadada. A ella le gustaba que las cosas se hicieran sólo a su manera.
Pero en ese valle, con tantos animales, siempre había algo que ella no
controlaba y sobre lo que no podía decidir… eso le daba mucha rabia y la mayor
parte de los días estaba malhumorada. Además, por otro lado, había una preciosa
garza de la que estaba profundamente enamorada. Cuando venía al valle, que era
sólo durante un corto mes al año, durante la época de migraciones, nuestra
ardillita no podía apartar la mirada de ella… durante ese tiempo dormía siempre
a la orilla del río, aprovechando cada minuto para observarla. Pero al mismo
tiempo, también se pasaba el resto del año esperando a que su amada garza
regresara, lo cual era triste y desesperante a partes iguales.
Total,
que en eso andaba la ardilla pensando, en la incomodidad de vivir en ese valle plagado
de bendiciones y a la vez lleno de situaciones fuera de su control, cuando
apareció una hormiguita que le saludó con mucha confianza. La ardilla se
sorprendió de tanta naturalidad, siendo como era, la primera vez que veía a esa
hormiga por ese lugar… La hormiga le pidió perdón y le confesó que le había
confundido con otra ardilla: “Como sois todas tan iguales…” _dijo la hormiga.
La ardilla se enfadó mucho con ese comentario y le dijo a la hormiga que ella
no se parecía en nada al resto de ardillas, que ella era especial y diferente.
La hormiga le dijo “¿En qué eres diferente?” y la ardillita no supo qué
contestar…
Aquello
fue ya el colmo. Estaba muy harta de tener que vivir rodeada de animales que
ella no había elegido. ¿Por qué tenía que ser así? Entonces los decidió. Se
iría a una cueva al otro lado del valle. Allí no se enfadaría con nadie ni
tampoco echaría de menos nada. No vería a su amada garza pero tampoco así la
echaría de menos. Saldría cuando le diera la gana y no tendría que aguantar los
caprichos de otras ardillas. Dicho y hecho, al día siguiente partió sin
despedirse.
En
esta cueva la ardilla enseguida encontró paz en su interior, una paz que en su valle
de origen jamás habia conocido. De vez en cuando se acordaba de las risas de
sus amigas y de las fiestas que preparaban al llegar la primavera… También había
tenido que acostumbrarse a vivir sin las deliciosas avellanas o las apetitosas
piñas de las que se había alimentado toda su vida. Pero todo eso le compensaba
el hecho de no tener sufrir por malentendidos, críticas, prejuicios,
indecisones o relaciones no correspondidas. Allí se sentía libre.
Desde
la cueva salía cuando quería, sabía a qué atenerse, nada ni nadie le molestaba,
y siempre que quería podía hacerse invisible para el mundo, ahondándose en su
intimidad sin tener que lidiar con nada que puediera desequilibrar su paz.
Una mañana se coló una
hormiguita en la cueva. Era tan pequeña que hubera sido imposible cerrarle el
paso. Se acercó a ella y le saludó con naturalidad. La reconoció enseguida, era
la hormiga “metomentodo” del valle…” El insecto y la ardillita empezaron a
hablar y la hormiga, con su acostumbrado descaro, le dijo que la forma de vivir
que en ese momento llevaba la ardilla era demasiado fácil. Argumentó que no
tenía ningún mérito encerrarse en un lugar donde no tuviera que arriesgarse por
nada, sin de sorpresas o situaciones incontroladas. Cualquiera podría hacerlo,
decía la hormiga. La ardilla contestó muy enfadada que ella no tenía por qué
aguantar a un pequeño ser insignificante que venía a la intimidad de su cueva a
romperle su paz. Así que la hormiga se fue por el diminuto agujero por el que
había entrado…
Pero claro, la ardilla se
quedó de nuevo pensativa con esta provocación de la hormiga… Entendía que desde
su cueva ella decidía a qué y a quién quería mostrarse. Buscando lo seguro era
fácil poner distancia entre ella y los problemas, con lo que era sí, demasiado
fácil, mantener el equilibrio interior… Así que decidió que, ahora que conocía
lo que era la paz, volvería al valle donde había nacido y trataría de buscar
esa energía interna estuviese con quien estuviese.
Y no fue nada fácil… Tanto
porque en ocasiones las exigencias de sus compañeras le provocaban irritación,
como porque las preciosas plumas de la graza rosada le emocionaban desde lo más
hondo, la paz interior flaqueaba cada dos por tres. Mantener ese equilibrio que
había conocido en la cueva estando ahora rodeada de interacciones y de
estímulos no era nada fácil. Pero su empeño era grande… ella conocía ese estado
interior y quería volver a él. Tras muchos años de práctica, la ardilla al
final lo logró…
Expuesta libremente a todo lo que pudiera surgir, sin
controlar lo que surgía y entraba en su vida, aprendió a utilizar cada
situación como combustible para seguir creciendo y madurando. En esta vuelta al
valle los altibajos de la vida no le robaban su salud ni su energía… El valle
ya no era una limitación. Nuestra querida ardillita estaba abierta a las
sorpresas, le gustasen o no, y conseguía hacer que resultaran ser lo mejor que
le podía pasar. Ahora la ardilla dejaba que se acercara a ella quien quisiera,
y siempre se acababan llevando bien. Había por fin integrado esa paz interior
en la que cedía el control y se exponía libremente.
Y en esto andaba día a día cuando, una mañana de soleada
brisa apareció como de la nada a su lado la hormiguita. Otra vez con la misma naturalidad
y desparpajo de siempre le empezó a hablar. Estando ahora en paz, la ardilla no
sintió como otras veces su presencia como una incomodidad espontánea, pero sí,
como las veces anteriores, lo que de ella escuchó se quedó rebotando en sus
pensamientos toda la noche.
“Es curioso ver lo bien que te llevas con todos. Vienen a ti
y tú los aceptas, los acoges y los integras en tu vida como si nada… Has
cambiado mucha ardillita. Pero… ¿Has ido alguna vez a la parte norte del valle?
Allí todo es enfermedad y tristeza… allí se te haría muy duro conseguir lo que
en esta parte del valle ya tienes tan asumido”
Efectivamente, en el lado norte del valle había lo que se
conocía como “cementerio” de animales. Allí se preveía imposible alcanzar la
más mínima gota de felicidad. Tristeza, soledad, pesadez y agonía invadían el
aire. Los animales que iban a morir se abandonaban a su final con la esperanza
de no recibir estímulos que les distrajeran de su inerte estabilidad.
La ardilla se había empezado a imaginar a sí misma como un
agente de cambio, adaptable a cualquiera por mucho que estuviera lleno de
negrura y espesor. Encontró en sí misma un reto al cual quería enfrentarse. Se
veía fuerte, resistente, capaz de sobrellevar cualuiqer momento o situación
dolorosa. Esperanzada por su ya conocida confianza, asumía que el dolor , la muerte
y la desolación la invadieran. Contaba con la idea de que el tiempo allí
también era inagotable y que, aunque más despacio, sin hacer nada, dejando que
la locura pasara a través de ella, se repondría sin problemas, respirando,
inmóvil hasta que la negritud pasara de largo.
Volvió a empacar sus cosas. Seria, segura de si misma,
esperó a que salieran los primeros rayos de sol y emprendió su camino hacia el
norte del valle, hacia el cementerio.
En su interior reconocía además un ansia por acercarse a
ello, una culpa y un dolor que se le hacían familiar. Como si su destino
siempre hubiese sido ese, porque se creía merecedora de todo el mal alrededor
de ella. Al llegar así lo cerceró, esa espesura también hbaitaba en ella.
Al llegar encontró silencio, calma, una tranquilidad triste
y melancólica. Había animales sí, cada uno en su cueva, en su madriguera, en su
nido del árbol. Se miraban sí, de vez en cuando, en miradas furtivas con ojos vidriosos,
apagados, casi cerrados. Y a lo largo del tiempo también descubrió miradas de
odio, de envidia, de arrebatamiento de cualquier atisbo de vida. Se deseaban el
odio, la muerte, con deseos por robar, para hacer desaparecer cualquier rasgo
de alegria. Y la que había llevado consigo la ardilla, aunque estuviera
disfrazada u oculta, se dejaba ver en pequeñas situaciones del día a día, como
cuando se levantaba temprano para lavarse la cola en el río o como cuando
saltaba de rama en rama recolectando avellanas. Poco a poco le fueron quitando
esa vitalidad, la hiceron suya, y una vez dentro, la deshicieron. Eran animales
desgastadores, eliminadores de vida. Por eso estaban en el cementerio, no
porque fueran a morir, sino porque hacían morir todo lo que interaccionara con
ellos.
La ardilla empezó a perder pelaje, adelgazó, le dolía el
cuerpo, envejeció en poco tiempo. Poco a poco se fue aletargando en su
escondrijo. Cada vez necesitaba menos para comer y cada vez le molestaba más
cualquier pequeña ráfaga de luz. Se quedaba en sus pensamientos, regodeándose
en la miseria de la vida, el sinsentido de la existencia, la pena y la
tristeza. Había olvidado los colores de su valle, la suavidad de la garza, el
sabor de los alimentos. Esperaba la muerte, auqnue ya se sentía sin vida.
Algo le hizo cosquillas en su pierna un día. Abrió mínimamente
los ojos y ahí estaba la hormiga. “Hola querida amiga. Sabía que esta última
prueba iba a ser difícil para ti. Pero si estás escuchándome ahora, si has
notado mis patitas sobre tu poco pelo es porque estás en disposición de
escucharme. Me creas o no; todavía puedes moverte, encontrar la luz y limpiar
su cuerpo. Comer algo y saltar. Vence la muerte, sigue creyendo en ti,
encuentra tu vitalidad. Busca esa luz que hay dentro de tí y que nunca se
apaga. ¿qué color tiene? Búscala y date a ella” Y dicho esto, la hormiguita se
fue.
La ardilla supo que no había sido un sueño aunque tuvo por
algún momento sus dudas.
¿Quedaba luz en su interir? ¿Qué color tenía? Respiró, se
obligó a sentir su piel, su carne, su pelo, sus músculos y su corazón, y en una
de esas insipiraciones la vio. Era una bola lumnosa en el centro de su pecho.
Una luz roja, pequeña, diminuta pero intensa, viva, como un pequeño sol, como
un universo dentro de ella, y de la luz, de la bola roja de energía se
extendían cuatro rayos de luz amarilla que se extendían hacia arriba, abajo y
hacia los lados de su cuerpo. Se reconoció en ella. Allí estaba ella. Esa bola
de luz roja, con sus extensiones lumnosas era ella. Sonrió, familiririzada con
la alegría de saberse viva. Rompió a llorar. Y se movió, y se estiró, y se
levantó. Y rió y dio gracias. Ella seguía ahí, nunca se había ido. Y había paz,
había tranquilidad, no había nada que hacer. No había nada con lo que luichar.
Salió al exterior, miró el cielo. Él siempre lo había sabido. Se acercó al río,
tocó el agua con sus patitas, ella siempre lo había sabido también. Y miró a
los árboles, y estos le sonrieron. “Hola de nuevo” le dijeron.
Sintió la comprensión, el entendimiento, la aceptación, la
bienvenida continua. Sonrió y dió las gracias poniendo las manos en su corazón,
en su bola de luz roja luminosa extendida a todo su ser. Seguía allí y nunca se
iría. Se tumbó en el suelo y decidió quedarse allí un rato, dejando que la vida,
estando ella abierta, le entregara todo lo que tuviera que darle.
Y los días volvierona
su curso, y las ramas volvieron a ser recorridas en búsqueda de
alimentos. Ganó peso, ganó lustre, recuperó la alegría. Sentía amor por las
miradas de dolor que se cruzaban en su rutina. Les enviaba aamor y ternura en
cada vistazo. Les sonreía incluso cuando ellos ya hubieran apartado sus ojos.
Ya no podían quitarle su dicha.
Y así permaneció no se sabe cuánto tiempo. Hasta que un día
se encontró a un caballo bebiendo en el río. Era la primera vez que algo así le
sucedía. Y al poco, se encontró a un erizo alimentándose con unas bellotas
cerca del árbol donde comía ella. Al tiempo descubrió dos caimanes enroscándose
y chapoteando en el río. Y cuando menos se quiso dar cuenta empezó a normalizar
que a su alrededor la vida interaccionase y los animales se empezaran a mover.
Las miradas pasaron a ser menos furtivas y los encuentros casi nada ya
peligrosos.
Nuestra ardillita siguió creciendo en lo que antiguamente
había sido un cementario de animales. Y sus días, lentos y tranquilos se veían
acompañados por amigos y momentos felices y entrañables. Vivía de nuevo en un
una valle ahora esplendoroso, lleno de colores, alimentos y vida nueva a cada
instante.
Cuando ya empezaba a hacerse
mayor, venían animales a visitarla, a contarle sus problemas o sus alegrías, a
compartir con ella sus más hondos pensamientos. Y un día apareció un joven
lince que le confesó que a pesar de vivir en el lugar más mágico y paradisiáco
jamas imaginado, él se sentía profundamente enfadado y disgustado con la vida,
porque estaba harto de tener que compartir todo aquello con más animales, y
depender de otros para poder hacer lo que él realmente quería hacer. No se
sentía libre. La ardillita le dijo: “¿Qué te
hace a tí diferente como para no poder compartir con los demás una vida tan
dichosa?” y el lince, enfadado, se fue de allí sin contestar…
Al
cabo de unos día se enteró que el lince había abandonado el valle, informando a
su familia que se iba en busca de un lugar donde no echara de menos nada, donde
poder hacer lo que le diera la gana y donde no tener que aguantar los caprichos
de otros linces. Al oir aquello la ardillita comprendió que se encontraría tres
veces más con el lince antes de cerrar para siempre los ojos. El primer
encuentro sería cuando fuera a visitarlo a la cueva donde el lince acababa de
irse. El siguiente cuando el lince volviera al mismo valle de donde había
partido y del que volvería a irse. Y por último, un encuentro final, en el
cementerio donde irremediablemente el lince acabaría sus días. Y así todo
volvería a empezar.
1.
CUEVA: Deja todo lo que te atrae
emocionalmente y métete en la cueva. Interiorízate. Lejos de cualquier cosa q t
active (deseo, orgullo, envidia…) para tener energía interna y ajustarnos.
Llega a convertirse en una limitación cuando se ha superado el desequilibrio.
Es un experimento, tú controlas todas las variables y decides a qué te quieres
exponer. Buscas lo seguro, lo que 100% te va a gustar. No quieres arriesgar, ni
sorpresas… te reúnes con personas que ya conoces, te juntas con quien sabes que
te vas a llevar bien. Limitando nuestra exposición a algo que sea manejable. Evasión:
se crea distancia entre nosotros y todo lo que pueda promover estados
aflictivos.
2.
VALLE: cuando ya se ha superado el
desequilibrio interno y hay madurez, te expones libremente a todo lo que pueda
surgir. No controlas lo que surge, pero lo que surge lo utilizas como
combustible para seguir creciendo y madurando. Es una vuelta, un regreso al
valle. Los altibajos de la vida no te roban tu salud ni tu energía y el valle
ya se convierte en una limitación. Estás abierto a las sorpresas, te gusten o
no, y te entrenas para que sea lo mejor que te puede pasar. Dejas que se acerquen
a ti quien quiera, y tú te entrenas a que venga quien venga, te acabas llevando
bien. Ceder el control y exponernos libremente. Integración.
3.
CEMENTERIO: a propósito, eliges el lugar
más duro, el que más te reta…para que tengas mas donde trabajar y superar. Se
busca encontrar la divinidad incluso alrededor de espíritus malvados. Aquí
encuentras lo que menos te gusta y aprendes a transformar tu mente para que lo
antes no te gustaba nada, ahora te encante. Te acercas a la persona que menos
te gusta y te acabas maravillando de ella, aprendes a tener paciencia, cariño y
respeto a esa persona. Buscar situaciones exigentes para superarnos.
Transmutación. Percepción.
CARNE DE CAÑÓN PARA NARCISISTAS
Ayer
vi una miniserie completa en Netflix, del tirón. Doce capítulos de veinte
minutos casa uno. Hubo un momento en que la propia aplicación me llegó a
preguntar si estaba segura de que quería seguir vienda la cinta. Y es que llevaba
ya vistas anteriormente dos pelis seguidas, las dos últimas partes de Juegos
del Hambre, que en libro pertenecen al último de la trilogía, el cual devolví
hace dos días a la biblioteca, después de cuatro meses de lectura casi
adictiva.
Cuando
cojo algo, lo cojo con ganas.
Cuando
acabó la última peli, llena de violencia y melancolía, seguía sin tener sueño y
pensé que me vendría bien una peli de más humor, o por lo menos más fresca.
Había dejado a los niños esa tarde con su padre, empezaba un fin de semana sin
planes, sola por fin, y me había estado hartando a tabaco, pasta con bacon,
pringles con queso, cacahuetes y yogur.
Me puse
esa miniserie, que del título ni me acuerdo, y que sí, cumplía mis requisitos de
argumento ameno y ligero, aunque a la vez tenía mucha trascendencia para lo que
llevo viviendo últimamente y además los protagonistas, una hindú y un inglés,
lo hacían muy bien.
Después
de muchos años de amistad, con enganche mutuo pero sin llegar a culminar en
ningún momento en relaciones sexuales, los dos amigos deciden hacer su vida por
separado, viendo claramente de cara la real incompatibilidad entre ambos. Ella,
una mujer brillante intelectualmente, con pocos recursos económicos y un físico
“del montón”, y él un hombre exitoso en el mundo de la telebasura, consumidor
de alcohol y las drogas y espectuacularmente atractivo.
No
vengo a decir aquí que yo haya pasado por una relación de pareja con esas características
(aunque si alguien decidiera hacer una miniserie de mi última relación,
apelando a necesidades cinematrográficas podría haber estirado el hilo hasta
tal punto que hubiera podido acabar retratándonos así) Pero lo interesante, y a
eso voy, es que cuando la chica por fin decide dejar de quedar con él, lo
primero que hace es coger su ordenador y ponerse a escribir.
A
escribir aquello que durante tantos años había tenido dentro y que no se
decidía a salir en el papel. Y eso es lo que me está pasando a mí.
El
martes pasado puse fin a una relación con un hombre que no iba a ninguna parte.
Llevaba
tantos años enganchada a la fantasía de él que incluso estando casada, y
criando hijos con otro hombre, me compraba ropa pensando en si a él, no a mi
marido, si no a él, le iba a gustar.
Así
que después de muchos años, para ser más exacta trece, me pongo delante del
ordenador, libre por dentro y por fuera, decidida a escribir cómo una fuerza
dentro de mí me llevaba a ser “carne de cañón para narcisistas” y cómo ahora
mis dedos se mueven con decisión dispuesta a contar todo lo que viví. Allá voy.
Dale al play.
CARACOL ARCOIRIS (CUENTO INFANTIL)
Caracol
Arcoíris
Érase
una vez un caracol que nació en una familia muy grande, acomodada en un jardín precioso
lleno de insectos y pequeños animales.
Este
caracol tenía algo diferente a los demás caracoles, y era unas larguísimas
antenas. Desde que era muy pequeño, sus desproporcionadas antenas le habían
ocasionado muchos problemas, ya que el jardín donde vivía no parecía estar
hecho para unas antenas como las suyas. Se enredaba con las ramitas del jardín,
se trastabillaba consigo mismo mientras caminaba, acababa rodando por los
caminos, las arrastraba por el suelo cuando de puro sueño no podía ni
levantarlas… Era en ocasiones, ¡muy molesto!
Un
día, después de tres largos días de intensa lluvia, salió por fin a pasear
entre los rayos del sol. ¡Ay! Qué feliz se sentía… Por fin otra vez disfrutando
del fresquito de la tierra mojada, del brillo de las hojas húmedas… ese olor a
vida nueva después de la lluvia… Tan a gustito se sentía… notaba como si un millón
de mariposas juguetonas estuvieran masajeándolo todo su cuerpecito… mmmm…se
estiró se estiro…notando como el solecito entraba por cada centímetro de su
piel y de su caparazón. Estiró y estiró las antenitas y… ¡plin!
¡Madre
mía! Un pequeño arco iris se instaló de punta a punta de sus antenas.
¡Vaya!
¡Qué sensación tan maravillosa! Jamás había sentido una satisfacción más
grande. Se acercó a un charco y, reflejándose en él lo comprobó con total
seguridad. Sí, sí, un pequeño y definido arcoíris, como recién nacido le
saludaba entre sus largas antenas. ¡Qué bonito!
Esa
misma noche cuando se encontró con sus padres en la cena, les contó su
experiencia.
-
Mama. Papa. No sabéis lo que me ha
pasado. Hoy estaba tan feliz, tan feliz, tan feliz, que cuando no podía estar
más feliz y más a gusto, me ha salido un arcoíris entre mis antenas. ¿No es
maravilloso? ¿Sabías que podía hacer eso?
Sus
padres se miraron uno al otro, esbozaron una sonrisa.
-
Hijo, esto es la mejor noticia que podíamos
oír. - dijo su padre- has sacado el don de tu abuelo. Después de 13
maravillosos hijos, ¡Por fin uno que hereda el don del arcoíris!
-
¿Cómo? ¿Y eso qué quiere decir?
-
¡Cuando tenía el arcoíris en sus
antenas, tu abuelo era capaz de cumplir cualquier deseo! – sus padres sonreían
de par en par, se abrazaban entre ellos.
-
¿En serio? - gritó el caracolito- ¡Buah!
¡Estoy deseando que vuelva a salir el sol para poder poner en práctica mi
superpoder!
Esa
noche efectivamente se durmió pensando en todos los deseos que podría pedir en
los próximos días de sol: tener un patinete nuevo, comerse el primer trébol de
la temporada, tener un postre dulce después de cada comida, pasar a una
habitación más grande… sentarse al lado de la oruga Muga en clase…. ¡Ains,
cuántas cosas podía desear! ... y así se durmió.
Pero,
al día siguiente no salió el sol. Y
tampoco en los tres días siguientes. Pero esto le permitió al caracolillo
afinar más sus primeros deseos. Ya lo tenía casi casi claro.
Por
fin, cuando vio asomarse el sol en el jardín de su casa, salió todo lo rápido
que pudo, deseando ser invadido por sus calentitos rayos.
Y
ahí tumbado, encima de una reluciente hoja fresca, disfrutando del olor a
tierra mojada, volvió a sentir esa indescriptible sensación que le recorría su
cuerpo con la fuerza de un huracán. Volvió a sentir esa felicidad recorriéndole
de arriba abajo e invadiendo su cuerpecito, hasta llegar a la puntita de sus
antenas, que estiró y estiró. Extasiado de placer, ¡cuando…plin!
De
nuevo el arcoíris. ¡Que bonito! Esta vez era incluso un poquitito más grande.
¡Qué alegría! Estaba a punto de decidir entre el patinete o poder comerse el
primer trébol de la temporada cuando escuchó desde el otro lado de la
enredadera….¡Ojalá pudiera mover esta dichosa miga de pan y llevármela a mi
casa!
¡Alto!
- se dijo a sí mismo el caracol- ¡¿Quién ha dicho eso?
Se
asomó al otro lado del arbusto donde se había acomodado y vio a una pequeña
hormiga intentando mover una enorme miga de pan atascada entre dos piedras. Se acercó
a ella:
-
¿Quieres que te ayude? - le dijo el caracol.
-
Si, por favor, -
suplicó la hormiguita- llevo tres días esperando a que salga el sol y seque
esta suculenta miga de pan. Y ahora que por fin llego a ella ¡¡¡no puedo
levantarla!!!
-
Yo te ayudaré-
dijo el caracolillo…
-
¡Muchas gracias!
- contestó la hormiguita…
El
caracol empujó una de las piedras, haciendo más fácil a la hormiguita coger la
enorme miga de pan y cargar con ella sin dificultad
-
¿Qué contentos se van a poner mis cuarenta y dos hijos! - dijo la hormiga. ¡Hasta
otra! ¡Eres mi héroe!!
Vaya,
vaya, esa noche el caracol se fue a la cama prometiéndose a sí mismo que,
aunque había sigo genial que la hormiga le llamara super héroe, el próximo
deseo se lo concedería A SÍ MISMO!!!
Afortunadamente,
a la mañana siguiente salió un ardiente sol. Y el caracolillo no hizo esperar
su ilusión por salir a comprobar su don. Inevitablemente, otra vez, dejándose
llevar por el deseo de su cuerpecito, siguió el calor y se dejó llevar.
Mmmm
qué gustito, otra vez, la frescura de la tierra, el olor a aire limpio, el
brillo de las flores.
Mmmm
se estiró y estiró repleta de sensaciones gustosas y sus antenitas empezaron a
estirarse y estirarse, casi con voluntad propia, como queriendo llegar al sol
cuando de repente. ¡plin! ¡Ahí estaba! ¡El arcoíris! Qué bien, ¡qué bonito, y
qué grande, cada vez más!
Vale,
ya está voy a ser rápido, pensó el caracol. “A la de tres pido mi deseo: una,
dos y…”
Cuando
sus pensamientos fueron interrumpido por otra voz.
¡Mecachis,
mis hermanos me están siguiendo y van a acabar con todo el polen de esa
preciosa flor!
¿Cómo
de donde venía esa voz? Levantó la vista y vio a una pequeña abeja usando todas
sus fuerzas para volar con mucha rapidez, con cara de esfuerzo y alas
pequeñitas batiéndose con mucha fuerza.
¡hola,
puedo ayudarte? - dijo el caracol. Por mucho que ella
volaba, parecía casi no avanzar.
Siiii…quiero
llegar a esa flor roja tan hermosa y llena de polen que está al otro lado del
estanque, pero mis hermanas vienen detrás y estoy segura que la verán y la querrán,
y y con lo rápidas que son , llegarán antes que yo…
Entonces
el caracol pensó una estrategia y le dijo:
Tranquila,
yo les distraeré. Tú sigue volando, no pares!
Entonces,
en muy poquito tiempo, efectivamente, pasaron una grupito de cuatro abejas
zumbando felices, en dirección al estanque. Y el caracol empezó a toser escandalosamente.
Las
abejas no pasar por alto que el caracol estaba en un aprieto.
¿Estás
bien, caracolillo? – dijo una de ellas.
No,
no, dijo. Estoy muy mal. Me he atragantado con un poco de trébol. ¿Podéis
traerme un poco de agua, por favor? Sino me moriré.
Todo
esto lo dijo el caracol entre toses y poniéndose rojo de aguantar la
respiración.
Y
entonces las cuatro abejitas recogieron una gotita de agua con su aguijón y se
la traspasaron a la boquita del caracol.
-
Muchas gracias, muchas gracias, me
habéis salvado la vida abejitas…
-
Adiós, adiós-
dijeron ellas. Y ten más cuidado la próxima vez
Cuando
el caracol miró hacia el estanque vio que a la flor ya no le quedaba polen y se
pudo muy contento. Sonrió para sus adentró y pensó que tampoco estaba tan mal
eso de ayudar a lo demás a cumplir sus deseos.
Esa
noche soñó con su abuelo. Él nunca lo había conocido, pero soñó que estaba con él
y le hablaba.
“Querido
nieto, nuestro súper poder consiste en cumplir los deseos de los demás. Eso es
lo que te dará la felicidad. Cuanto menos pienses en tu felicidad y más en la
de los demás, más feliz serás tú. Y cuanto más pienses en la felicidad de los
demás, más feliz serás tú”
Efectivamente,
con el paso del tiempo, no dejó de ayudar a otros animalillos e insectos a
cumplir sus deseos, y ¿sabéis lo que pasó? Que así también sus deseos se vieron
cumplidos. Un ratoncito le regaló un patinete. Un grillo le regaló el primer
trébol de la temporada. Una mariposa le dejaba un dulce cada día en la ventana
de su habitación. E incluso su hermano mayor acabó regalándole su propia
habitación, la más grande. Y todo porque les había ayudado a cumplir sus
deseos.
Una
noche, soñó con su abuelo, y esta vez le decía él:
“Abuelito,
qué contento estoy con mis grandes antenas, he descubierto su verdadero poder:
escuchar mejor que nadie las necesidades de los demás, y así es como les puedo
ayudar. ¡qué contento estoy de poder escuchar las necesidades de los demás!”
Y
cuento contado, ya se ha acabado. Ayudando a los demás lo habremos aprovechado.
MI CAMA, AUTOCUIDADOS
Mi abuela me ha dicho que me cuide.
Ella tiene prolapso vaginal. Dice que le vino por culpa de
lo mal que le trataron los médicos en sus tres partos.
Creo que mi abuela jamás se dedicó un solo momento de
autocuidados.
Y yo, que ya he roto la cadena, me la voy a dedicar.
Mi cama. Mi habitación. Me da tanto placer prepararla para
lo que va a venir que siento algo parecido a un orgasmo. No estoy sonriendo,
pero por dentro soy una niña dando saltos de alegría.
Me encanta haberle quitado las patas. La base tapizada toca
directamente con el suelo y encima cae el colchón. Qué bien hice en comprarme
ese colchón viscoelástico de aloe vera, de dos por dos. Es de super buena
calidad, son lo tacaña que soy yo para comprarme cosas para mi misma, tener ese
colchón me recuerda que me he propuesto cuidarme y darme valor.
Me voy a ir de viaje a mi cama y estoy deseando embarcarme
encima de ella y volar.
De un lado al otro de la casa, voy poniendo encima todas las
cosas que necesitaré.
Mi ordenador, con cargador y ratón, por si me da por
escribir, o buscar ropa en Vinted, o mirar el Facebook o lo que sea.
Mi móvil para tener a mano wasap y llamadas.
Mi diario y su boli. Hoy todavía no he escrito.
Mi libreta de escritura, por si tengo alguna inspiración.
Mi libreta de terapia, por si la necesito para recurrir a
algún consejo último de mis última sesiones.
Agua, en jarra con tapón.
También pongo en “la maleta” la novela que estoy leyendo
“Los juegos del hambre”, el primer tomo. Añado el “Maestro del Corazón” que
aunque es bastante difícil de comprender, me tiene enganchada, y por último
pongo sobre la colcha “Siete agujas de coser”, el libro que tengo que leerme antes
del martes para el club de lectura.
También pongo encima de la cama las cartas de tarot. Y mi
registro de menstruación y el calendario lunar.
Y mi aceite de coco, y mi vibrador, seguro que en algún
momento me pongo cachonda.
Este fin de semana me pongo al día de mí. Me relleno de mí.
Ahí en mi camita. Tan a gusto y tan cómoda. estoy deseando dedicarme un tiempo
indefinido a entrar a mi cuerpo e ir repasando los recovecos.
AGARRADA AL POMO DE LA PUERTA
AGARRADA AL POMO DE LA PUERTA
Era el 25 de noviembre, a las once y media de la noche. Al entrar en mi casa,
la cuarta planta de un edificio en la Gran Vía de Valencia, cerré la puerta y me
quedé petrificada de pies a cabeza. Llevábamos todo el día buscando a Tomás, y
después de quince horas, volvía a casa sola, sin saber nada de él. Y allí, de espaldas al recibidor, mi mano
derecha se quedó agarrada al pomo de la puerta.
Recuerdo pensar que lo único a lo que me sentía unida en ese momento era a
aquel pedazo de acero. Era el último punto que me quedaba entre lo que había
pasado fuera y lo quedaba dentro.
El salón comedor estaba detrás de mí, al lado del recibidor. Era una
estancia luminosa y elegante, con bonitas lámparas doradas y exquisitos muebles
de madera lacada. Con una parte para tomar el té y ver la televisión y otra con
espacio suficiente para grandes comidas con muchos comensales. Sus grandes
ventanales eran de fino cristal y tenían tupidas cortinas. Daban a la Avenida y
tenía un estrecho y alargado balconcito donde salía a fumar.
Sentía que la casa me estaba esperando, pero no me atrevía a girarme. “En algún momento tendrás que soltarte, Olga”.
Era el sofá que me hablaba. Su voz era grave, de hombre y se me dirigía a mí
desde lo alto de mi espalda. Las ocho sillas de la mesa ovalada, donde comíamos
los domingos, le siguieron ansiosas. “Eso, eso Olga, ¡venga reacciona!” Aquellas
voces finas y estridentes me pitaban en los oídos.
En el cuarto de baño principal, al principio del pasillo al otro lado del
recibidor, empecé a oir a mi espejo. Dorado, con detalles de flores esculpidas
en la madera maciza, me decía con voz lenta y susurrante que no pasaba nada,
que todo saldría bien, que era guapa, que era buena y que todo se solucionaría.
Eso no me gustó nada y me sentía ridícula porque me vía a mí misma diciéndole
esas cosas a mis hijos cuando había algo de lo que quería que no se enterasen.
Yo seguía aferrada al frío pomo. En aquella casa yo siempre estaba al
mando, pero en aquel momento no podía dar un paso, y tenía miedo de que si me
giraba la casa viera mi incapacidad como capataz.
Pensé que en aquel momento quizás la cocina podría entenderme y, como si
me hubiese leído el pensamiento, la oí. aquella mañana, como siempre la había
dejado limpia y recogida, con la cena en la olla lista para calentar. Me preguntó
desde el final del pasillo, “Cariño, ¿por qué no entras?” Las lágrimas empezaron
a caer por mi cara y me alegré de sentir por fin un poco de calor.
Y empecé a estar muy cansada. Mis piernas empezaron a pesar demasiado. Quería
dormir, pero tenía miedo de soltarme de aquel punto de unión a un mundo en el
que todavía no había desaparecido Tomás.
Más allá del recibidor se repartían a lo largo del pasillo los cuatro
dormitorios. Uno de cada hijo y otro de Tomás y mío. Las camas, con grandes
cubres y almohadones simétricamente colocados, estaban mudas. Los armarios, grandes,
de madera y llenos de ropa tampoco decían nada.
Por fin encontré el acompañamiento silencioso que necesitaba. Dejé caer
mi mano del pomo de la puerta. Y con las pocas fuerzas que a mis piernas le
quedaban fui andando hasta mi dormitorio, me tumbé en nuestra cama y, vestida
como estaba, me dormí, pensando que a partir de la mañana siguiente ya nada
sería como antes.
EL MUÑECO NEGRO
El
muñeco negro
Ya
estoy dentro del piso de la Calle Cuenca. He abierto la caja con mis cosas que
saqué de su casa a todo correr el día que me fui. Clasifico lo que hay dentro.
En un montón dejo lo que se queda conmigo y en el otro lo que tiro al
contenedor.
Meto
las manos. Mis dedos se hunden en algo blando y pequeño. Me paro. Suspiro. Le rodeo
por la cintura y lo saco. Sosteniéndolo en el aire, siento su peso. El tronco
es ligero porque está hecho de tela, pero la cabeza, las manos y los pies le
cuelgan, al ser de porcelana. Pongo su cara a la altura de la mía y nos miramos
a los ojos. Esos ojos que me han mirado desde que tenía seis años.
Habíamos
pasado la tarde por Valencia. Mi padres, mi hermano, mi abuela y yo. Nos entró
hambre y entramos en un restaurante americano que acababan de abrir. Me acurruqué
a mi madre mientras por delante de mí pasaban cubos de pollo frito. Empezó a
invadirme el olor a aceite usado y noté ganas de vomitar, mareo y falta de
aire. Mientras me limpiaba las lágrimas y los mocos en la falda de mi madre una
mano caliente cogió la mía. Mi abuela Olga me llevó hacia ella: “Ven, Olguita,
te voy a enseñar un muñeco que te va a gustar mucho”
Salimos
a la calle y paramos en el escaparate de una tienda de antigüedades. Me señaló un
muñeco de color negro, con faldón y gorro de pana. No me gustaba, pero mentí y
dije que me encantaba. Había aprendido que tenía que decir a todo que sí,
sonreír siempre y nunca enfadar o entristecer a nadie. Mi abuela también había
aprendido eso de pequeña.
Unos
días después vino a vernos a casa y traía el muñeco negro. Mi madre lo colocó
en la estantería del salón. Dijo que era demasiado valioso como para andar
arrastrándolo por ahí con el resto de mis muñecos.
Desde
entonces, si me cruzaba con sus ojos me detenía en seco. Tenerlo en el salón me
paralizaba y me recordaba mi mentira.
El
día que me casé mi madre me regaló una bolsa “con cosas de tu infancia”. Allí
estaba el muñeco negro. Le hice un sitio en la estantería del salón. Desde allí
estuvo vigilando durante diez años.
Le
aprieto entre mis dedos. Le miro a los ojos. Sonrío y le dejo en el suelo.
De
uno de los bolsillos de mi abrigo saco los papeles del divorcio, y del otro, un
boli. Me acerco a la mesa y una a una, voy firmando todas las hojas.
Voy
hacia la puerta y justo antes vuelvo la vista. El muñeco negro mira hacia
arriba desde el montón de lo que ya no quiero en mi vida
La
Oficina de Correos cierra pronto y tengo que darme prisa. Salgo a la calle, me
echo a correr. Soy feliz.
REPARAR EL BARCO EN MEDIO DEL OCÉANO
REPARAR EL BARCO EN MEDIO DEL OCÉANO
Nunca he hablado directamente
sobre la infidelidad con una pareja real. Y si lo he hecho ha sido con parejas
difusas, y con mucho miedo, no en un diálogo abierto y respetuoso, escuchando
la opinión del otro, empatizando, y dejando que mis palabras fluyeran desde el corazón, como estoy
haciendo ahora, sin miedo a sentirme juzgada. Si lo he hecho ha sido con la
seguridad de sentirme juzgada, y con miedo a que el que tenía delante me echase
en cara que mis sentimientos no eran válidos, o acabara yo cediendo a sus
acuerdos y modo de ver las relaciones, y la infidelidad.
¿Que mi amado chatee con otra
chica, le envíe fotos de lo que está cenando, y le envíe las mismas fotos que a
mí de la chimenea de su casa un domingo por la noche; es infidelidad? No, si no
se ha hablado anteriomente de los acuerdos a los que mutuamente queremos
llegar. No si uno de ellos, en este caso, yo, no ha reflexionado sobre lo que
acepta y lo que no, y si, al verse de frente ante esa realidad, vivida con el dolor
de una traición, se cree que es ella la que tiene que cambiar, la que tiene que
desmontar sus paradigmas sobre fidelidad, porque están ya obsoletos y son
cerrados, o porque cree que si no se adapta a los valores de él, lo va a
perder.
Y sí, creo que le hubiera acabado
perdiendo. Y sí, en realidad yo jugué sucio porque le hice creer que me
aposentaba en unos valores que no eran míos, le hice creer que teníamos los
mismos acuerdos. Implícitamente.
Pero la verdad es que no era así.
Y la verdad es que decidí darle
todo lo que él quería, no molestarle, no incomodarle, no hacerle resquebrajarse
ni un ápice su cimiento de valores, con tal de que se sintiera tan feliz a mi
lado, que se sintiera el hombre más afortundado del mundo, que creyera haber encontrado
a la mujer de sus sueños, pero ¿de verdad, hasta cuándo creía que iba a poder fingir
yo algo así? En el fondo, ¿creía que podía repara el barco en medio del océano?
No, estaba claro que iba acabar saliendo todo a la luz, porque afortunadamente,
la vida es más fuerte que yo, y sin saberlo, mi inconsciente iba haciendo su
trabajo. ¿que tan poderosa me creo? ¿Exceso de confianza? ¿fantasía de
omnipotencia?
Cuando fuimos a Marruecos y vi,
delante mío, exactamente a la mujer que yo quería ser para él y que ella no tenía que hacer nada más que
ser ella misma, me derrumbé. En aquel momento fui muy infeliz, pero poco a
poco, gracias a la reflexión, a la calma para pensar, y al buen acompañamiento terapéutico,
me dí cuenta que tenía que estar muy agradecida a esa chica palo, alegre y
vivaraz, actriz, bailarina, payasa y meditadora yóguica con un suelo pélvico de
muerte, de que se hubiera puesto en mi camino.
Cuando delante de la hoguera, en
una de las cenas más románticas que pasé con él en nuestro último mes, cuando
yo, para poder sostener aquella situación, había decidido verlo como un “follamigo”
para que no me sentaran mal sus idas y venidas, sus quedadas con amigas y sus
fines de semana en curso o de fiesta... allí, después de hablar de todo el
mundo, de nuestros amigos y de las relaciones de otros... cuando le pregunté ¿y
nosotros, qué? Y bueno, él dijo que estaba super cómodo y tranquilo, y que
mientras estuviera así, seguiría todo como hasta ahora. Y que si algo cambiaba
pues ... así se quedó. Esa noche luego no me podía dormir, y tampoco fui
sincera con él.
Y ahí viene la gran pregunta.
¿qué pasa si los sentimientos cambian?, ¿qué pasa si uno de los dos siente algo
diferente, o siente deseo hacia otra persona, o no le apetece estar con quien
es su pareja? Mis conclusiones, mis ideas, mi paradigma, mis valores, se
acercan a la idea de que depende de la relación.
Si previamente la pareja decide
que establecen un compromiso de acuerdos,
no quiere decir que tengan que contarse todo, claro, pero que si llega ese
momento, asumen el compromiso, por mucho que duela o joda, o dé miedo, pavor,
hasta llegar a tener asco de la cagalera que entra, si hay un compromiso de pareja y de futuro, se
asume, por encima de todo, a modo contrato, joder y si no no entres, en que eso
se va a decir, a comunicar y que se va a ser sincero.
Pero no hace falta llegar a ese
compromiso, no hace falta ser ese tipo de pareja, se puede tener una relación
en la que se vive al día a día y cuando uno de los dos decide romper o se enamora
del otro, se hace lo que se puede, no hay un acuerdo de llegar a acuerdos, son
relaciones más unilaterales, no son un trabajo en equipo. Es otro tipo de
relación, no hay ese compromiso. Y eso hay que definirlo previamente, porque si
no nos confundimos. Por eso le llamo relaciones difusas.
Yo asumí que eso no iba a pasar, lo
de sentir deseos hacia otras personas, claro, ese es mi error pimordial, mi
base de novela pija america o de película disney, que eso nunca podría pasar, y
que si pasa es porque la pareja ha dejado de quererse. Pero venga va, tendré
que ir haciéndome la idea, poco o a poco, o de repente, qué cojones, de que ésa
es la naturaleza de la humanidad, que irremediablemente nos vamos a sentir
deseados y deseosos de otras personas, y que, bien mirado, es bonito, es excitante,
es estar vivo, y por mucho que me duela o me arda por dentro, es así. Y si hoy
en día sólo de pensarlo me veo como una niña triste y abandonada es porque es
una idea nueva en mi a la que me tendré que ir haciendo a ella poco a poco, o
desde ya , que cojones, pero una vez me ponga esos zapatos, no quitármelos
porque si no, no acaba de hacerse el callo. Si por mi fuera, preferiría no
tener que asumir esa idea, la verdad, es mucho más cómoda la idea de que nunca
nadie se sentirá atraído por alguien que no sea su pareja, pero joder, mi
experiencia, y eso que a mi me cuesta un poco aceptar la realidad, como a todos
supongo, es que los demás sienten deseos hacia otra persona, y que yo, joder,
yo también siento deseos hacia otras personas cuando estoy en pareja.
Y eso precisamente también ha
hecho confundirme mucho a mí, porque cuando he estado en pareja y he sentido
deseos hacia otras personas me he hecho dudar a mí misma de lo que sentía hacia
mi pareja, creyendo que sentir deseos hacia otros significaba que ya no sentía
desos hacia “el mío”. Pero vamos, aquí se me abren mil preguntas, porque es
verdad que el deseo hacia tu pareja se puede ir perdiendo, y se va perdiendo,
de hecho, y poco a poco llego a la conclusión de que precismanete una de las cosas que hacen perder el deseo
es precisamente no hablar, con una mano en el corazón y la otra en los
ovarios/huevos, sobre la renovación de los acuerdos cuando hay cambios en las
personas individuales.
Te enamoras de alguien y alguien
se enamora de tí y tienes miedo a cambiar por si el otro deja de estar enamorado
de tí, y precisamente ese miedo al cambio es lo que provoca quqe se pierda el
deseo, porque poco a poco la otra persona va perdiendo el asombro hacia tí. Te quedas
solidificado en la imagen que mostraste, que fue la que le gustó, para que eso
no cambie y en realidad eso es lo que acaba destruyendo la pareja. Y lo más
jodido de todo es que, por dentro, irremediablemente, estás cambiando,
irremediablenete la vida sigue dentro de tí, aunque hagas creer que no. Rompiedno
esa capa de sal que se va formando alrededor de cada persona, es como nos
hacemos grandes, y claro, como nos dejamos ver. Y sí, la verdad, asumámoslo, si
los valores, los intereses, los deseos, de una persona no son compatibles con
los de la persona que se tiene delante, y que siguen por dentro, y aunque por
fuera no se vean, acaban saliendo por resquicios de sal que se quedan abiertos.
En algunos casos, la vida real sale por abajo, entra al suelo y, un metro más
al lado vuelve a contruirse otra persona, llena de todo lo que había dentro de
la estatua de sal, que ahora se ha quedado vacía porque su interior se ha mudado.
La persona que sigue estando enfrente de esa estatua, de repente la siente
vacía y fría, pues claro, ya no hay nada dentro, y sí, una palmadita y de
desmorona. ¿Quién miente aquí, quién es traicionado? La persona que está
delante de una estatua de sal vacía sigue sintiendo deseos hacia Ias otras
personas, como siempre, pero esos deseos son calientes y están vivos, porque
todavía no ha creado capa de sal anti-rechazo (que en relidad es pro-rechazo) y
el calor atrae a la materia, así que ese calor va haciendose más grande. Y puede
ser, y es, de echo, que esa misma persona, enfrentada a una estatua de sal, más
o menos vacía, o más o menos independiente de su exterior, también, seguro, irremediablemente
en este modelo de incomunicación, también ha ido forjado su propia capa de sal,
y su propia figura externa, llena de sí mismo.
