Ayer
vi una miniserie completa en Netflix, del tirón. Doce capítulos de veinte
minutos casa uno. Hubo un momento en que la propia aplicación me llegó a
preguntar si estaba segura de que quería seguir vienda la cinta. Y es que llevaba
ya vistas anteriormente dos pelis seguidas, las dos últimas partes de Juegos
del Hambre, que en libro pertenecen al último de la trilogía, el cual devolví
hace dos días a la biblioteca, después de cuatro meses de lectura casi
adictiva.
Cuando
cojo algo, lo cojo con ganas.
Cuando
acabó la última peli, llena de violencia y melancolía, seguía sin tener sueño y
pensé que me vendría bien una peli de más humor, o por lo menos más fresca.
Había dejado a los niños esa tarde con su padre, empezaba un fin de semana sin
planes, sola por fin, y me había estado hartando a tabaco, pasta con bacon,
pringles con queso, cacahuetes y yogur.
Me puse
esa miniserie, que del título ni me acuerdo, y que sí, cumplía mis requisitos de
argumento ameno y ligero, aunque a la vez tenía mucha trascendencia para lo que
llevo viviendo últimamente y además los protagonistas, una hindú y un inglés,
lo hacían muy bien.
Después
de muchos años de amistad, con enganche mutuo pero sin llegar a culminar en
ningún momento en relaciones sexuales, los dos amigos deciden hacer su vida por
separado, viendo claramente de cara la real incompatibilidad entre ambos. Ella,
una mujer brillante intelectualmente, con pocos recursos económicos y un físico
“del montón”, y él un hombre exitoso en el mundo de la telebasura, consumidor
de alcohol y las drogas y espectuacularmente atractivo.
No
vengo a decir aquí que yo haya pasado por una relación de pareja con esas características
(aunque si alguien decidiera hacer una miniserie de mi última relación,
apelando a necesidades cinematrográficas podría haber estirado el hilo hasta
tal punto que hubiera podido acabar retratándonos así) Pero lo interesante, y a
eso voy, es que cuando la chica por fin decide dejar de quedar con él, lo
primero que hace es coger su ordenador y ponerse a escribir.
A
escribir aquello que durante tantos años había tenido dentro y que no se
decidía a salir en el papel. Y eso es lo que me está pasando a mí.
El
martes pasado puse fin a una relación con un hombre que no iba a ninguna parte.
Llevaba
tantos años enganchada a la fantasía de él que incluso estando casada, y
criando hijos con otro hombre, me compraba ropa pensando en si a él, no a mi
marido, si no a él, le iba a gustar.
Así
que después de muchos años, para ser más exacta trece, me pongo delante del
ordenador, libre por dentro y por fuera, decidida a escribir cómo una fuerza
dentro de mí me llevaba a ser “carne de cañón para narcisistas” y cómo ahora
mis dedos se mueven con decisión dispuesta a contar todo lo que viví. Allá voy.
Dale al play.
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