El
muñeco negro
Ya
estoy dentro del piso de la Calle Cuenca. He abierto la caja con mis cosas que
saqué de su casa a todo correr el día que me fui. Clasifico lo que hay dentro.
En un montón dejo lo que se queda conmigo y en el otro lo que tiro al
contenedor.
Meto
las manos. Mis dedos se hunden en algo blando y pequeño. Me paro. Suspiro. Le rodeo
por la cintura y lo saco. Sosteniéndolo en el aire, siento su peso. El tronco
es ligero porque está hecho de tela, pero la cabeza, las manos y los pies le
cuelgan, al ser de porcelana. Pongo su cara a la altura de la mía y nos miramos
a los ojos. Esos ojos que me han mirado desde que tenía seis años.
Habíamos
pasado la tarde por Valencia. Mi padres, mi hermano, mi abuela y yo. Nos entró
hambre y entramos en un restaurante americano que acababan de abrir. Me acurruqué
a mi madre mientras por delante de mí pasaban cubos de pollo frito. Empezó a
invadirme el olor a aceite usado y noté ganas de vomitar, mareo y falta de
aire. Mientras me limpiaba las lágrimas y los mocos en la falda de mi madre una
mano caliente cogió la mía. Mi abuela Olga me llevó hacia ella: “Ven, Olguita,
te voy a enseñar un muñeco que te va a gustar mucho”
Salimos
a la calle y paramos en el escaparate de una tienda de antigüedades. Me señaló un
muñeco de color negro, con faldón y gorro de pana. No me gustaba, pero mentí y
dije que me encantaba. Había aprendido que tenía que decir a todo que sí,
sonreír siempre y nunca enfadar o entristecer a nadie. Mi abuela también había
aprendido eso de pequeña.
Unos
días después vino a vernos a casa y traía el muñeco negro. Mi madre lo colocó
en la estantería del salón. Dijo que era demasiado valioso como para andar
arrastrándolo por ahí con el resto de mis muñecos.
Desde
entonces, si me cruzaba con sus ojos me detenía en seco. Tenerlo en el salón me
paralizaba y me recordaba mi mentira.
El
día que me casé mi madre me regaló una bolsa “con cosas de tu infancia”. Allí
estaba el muñeco negro. Le hice un sitio en la estantería del salón. Desde allí
estuvo vigilando durante diez años.
Le
aprieto entre mis dedos. Le miro a los ojos. Sonrío y le dejo en el suelo.
De
uno de los bolsillos de mi abrigo saco los papeles del divorcio, y del otro, un
boli. Me acerco a la mesa y una a una, voy firmando todas las hojas.
Voy
hacia la puerta y justo antes vuelvo la vista. El muñeco negro mira hacia
arriba desde el montón de lo que ya no quiero en mi vida
La
Oficina de Correos cierra pronto y tengo que darme prisa. Salgo a la calle, me
echo a correr. Soy feliz.
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