miércoles, 7 de agosto de 2024

AGARRADA AL POMO DE LA PUERTA

 

AGARRADA AL POMO DE LA PUERTA

Era el 25 de noviembre, a las once y media de la noche. Al entrar en mi casa, la cuarta planta de un edificio en la Gran Vía de Valencia, cerré la puerta y me quedé petrificada de pies a cabeza. Llevábamos todo el día buscando a Tomás, y después de quince horas, volvía a casa sola, sin saber nada de él.  Y allí, de espaldas al recibidor, mi mano derecha se quedó agarrada al pomo de la puerta.

Recuerdo pensar que lo único a lo que me sentía unida en ese momento era a aquel pedazo de acero. Era el último punto que me quedaba entre lo que había pasado fuera y lo quedaba dentro.

El salón comedor estaba detrás de mí, al lado del recibidor. Era una estancia luminosa y elegante, con bonitas lámparas doradas y exquisitos muebles de madera lacada. Con una parte para tomar el té y ver la televisión y otra con espacio suficiente para grandes comidas con muchos comensales. Sus grandes ventanales eran de fino cristal y tenían tupidas cortinas. Daban a la Avenida y tenía un estrecho y alargado balconcito donde salía a fumar.

Sentía que la casa me estaba esperando, pero no me atrevía a girarme.  “En algún momento tendrás que soltarte, Olga”. Era el sofá que me hablaba. Su voz era grave, de hombre y se me dirigía a mí desde lo alto de mi espalda. Las ocho sillas de la mesa ovalada, donde comíamos los domingos, le siguieron ansiosas. “Eso, eso Olga, ¡venga reacciona!” Aquellas voces finas y estridentes me pitaban en los oídos.

En el cuarto de baño principal, al principio del pasillo al otro lado del recibidor, empecé a oir a mi espejo. Dorado, con detalles de flores esculpidas en la madera maciza, me decía con voz lenta y susurrante que no pasaba nada, que todo saldría bien, que era guapa, que era buena y que todo se solucionaría. Eso no me gustó nada y me sentía ridícula porque me vía a mí misma diciéndole esas cosas a mis hijos cuando había algo de lo que quería que no se enterasen.

Yo seguía aferrada al frío pomo. En aquella casa yo siempre estaba al mando, pero en aquel momento no podía dar un paso, y tenía miedo de que si me giraba la casa viera mi incapacidad como capataz.

Pensé que en aquel momento quizás la cocina podría entenderme y, como si me hubiese leído el pensamiento, la oí. aquella mañana, como siempre la había dejado limpia y recogida, con la cena en la olla lista para calentar. Me preguntó desde el final del pasillo, “Cariño, ¿por qué no entras?” Las lágrimas empezaron a caer por mi cara y me alegré de sentir por fin un poco de calor.

Y empecé a estar muy cansada. Mis piernas empezaron a pesar demasiado. Quería dormir, pero tenía miedo de soltarme de aquel punto de unión a un mundo en el que todavía no había desaparecido Tomás.

Más allá del recibidor se repartían a lo largo del pasillo los cuatro dormitorios. Uno de cada hijo y otro de Tomás y mío. Las camas, con grandes cubres y almohadones simétricamente colocados, estaban mudas. Los armarios, grandes, de madera y llenos de ropa tampoco decían nada.  

Por fin encontré el acompañamiento silencioso que necesitaba. Dejé caer mi mano del pomo de la puerta. Y con las pocas fuerzas que a mis piernas le quedaban fui andando hasta mi dormitorio, me tumbé en nuestra cama y, vestida como estaba, me dormí, pensando que a partir de la mañana siguiente ya nada sería como antes.

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