AGARRADA AL POMO DE LA PUERTA
Era el 25 de noviembre, a las once y media de la noche. Al entrar en mi casa,
la cuarta planta de un edificio en la Gran Vía de Valencia, cerré la puerta y me
quedé petrificada de pies a cabeza. Llevábamos todo el día buscando a Tomás, y
después de quince horas, volvía a casa sola, sin saber nada de él. Y allí, de espaldas al recibidor, mi mano
derecha se quedó agarrada al pomo de la puerta.
Recuerdo pensar que lo único a lo que me sentía unida en ese momento era a
aquel pedazo de acero. Era el último punto que me quedaba entre lo que había
pasado fuera y lo quedaba dentro.
El salón comedor estaba detrás de mí, al lado del recibidor. Era una
estancia luminosa y elegante, con bonitas lámparas doradas y exquisitos muebles
de madera lacada. Con una parte para tomar el té y ver la televisión y otra con
espacio suficiente para grandes comidas con muchos comensales. Sus grandes
ventanales eran de fino cristal y tenían tupidas cortinas. Daban a la Avenida y
tenía un estrecho y alargado balconcito donde salía a fumar.
Sentía que la casa me estaba esperando, pero no me atrevía a girarme. “En algún momento tendrás que soltarte, Olga”.
Era el sofá que me hablaba. Su voz era grave, de hombre y se me dirigía a mí
desde lo alto de mi espalda. Las ocho sillas de la mesa ovalada, donde comíamos
los domingos, le siguieron ansiosas. “Eso, eso Olga, ¡venga reacciona!” Aquellas
voces finas y estridentes me pitaban en los oídos.
En el cuarto de baño principal, al principio del pasillo al otro lado del
recibidor, empecé a oir a mi espejo. Dorado, con detalles de flores esculpidas
en la madera maciza, me decía con voz lenta y susurrante que no pasaba nada,
que todo saldría bien, que era guapa, que era buena y que todo se solucionaría.
Eso no me gustó nada y me sentía ridícula porque me vía a mí misma diciéndole
esas cosas a mis hijos cuando había algo de lo que quería que no se enterasen.
Yo seguía aferrada al frío pomo. En aquella casa yo siempre estaba al
mando, pero en aquel momento no podía dar un paso, y tenía miedo de que si me
giraba la casa viera mi incapacidad como capataz.
Pensé que en aquel momento quizás la cocina podría entenderme y, como si
me hubiese leído el pensamiento, la oí. aquella mañana, como siempre la había
dejado limpia y recogida, con la cena en la olla lista para calentar. Me preguntó
desde el final del pasillo, “Cariño, ¿por qué no entras?” Las lágrimas empezaron
a caer por mi cara y me alegré de sentir por fin un poco de calor.
Y empecé a estar muy cansada. Mis piernas empezaron a pesar demasiado. Quería
dormir, pero tenía miedo de soltarme de aquel punto de unión a un mundo en el
que todavía no había desaparecido Tomás.
Más allá del recibidor se repartían a lo largo del pasillo los cuatro
dormitorios. Uno de cada hijo y otro de Tomás y mío. Las camas, con grandes
cubres y almohadones simétricamente colocados, estaban mudas. Los armarios, grandes,
de madera y llenos de ropa tampoco decían nada.
Por fin encontré el acompañamiento silencioso que necesitaba. Dejé caer
mi mano del pomo de la puerta. Y con las pocas fuerzas que a mis piernas le
quedaban fui andando hasta mi dormitorio, me tumbé en nuestra cama y, vestida
como estaba, me dormí, pensando que a partir de la mañana siguiente ya nada
sería como antes.
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