miércoles, 7 de agosto de 2024

CARACOL ARCOIRIS (CUENTO INFANTIL)

 

Caracol Arcoíris

Érase una vez un caracol que nació en una familia muy grande, acomodada en un jardín precioso lleno de insectos y pequeños animales.

Este caracol tenía algo diferente a los demás caracoles, y era unas larguísimas antenas. Desde que era muy pequeño, sus desproporcionadas antenas le habían ocasionado muchos problemas, ya que el jardín donde vivía no parecía estar hecho para unas antenas como las suyas. Se enredaba con las ramitas del jardín, se trastabillaba consigo mismo mientras caminaba, acababa rodando por los caminos, las arrastraba por el suelo cuando de puro sueño no podía ni levantarlas… Era en ocasiones, ¡muy molesto!

Un día, después de tres largos días de intensa lluvia, salió por fin a pasear entre los rayos del sol. ¡Ay! Qué feliz se sentía… Por fin otra vez disfrutando del fresquito de la tierra mojada, del brillo de las hojas húmedas… ese olor a vida nueva después de la lluvia… Tan a gustito se sentía… notaba como si un millón de mariposas juguetonas estuvieran masajeándolo todo su cuerpecito… mmmm…se estiró se estiro…notando como el solecito entraba por cada centímetro de su piel y de su caparazón. Estiró y estiró las antenitas y… ¡plin!

¡Madre mía! Un pequeño arco iris se instaló de punta a punta de sus antenas.

¡Vaya! ¡Qué sensación tan maravillosa! Jamás había sentido una satisfacción más grande. Se acercó a un charco y, reflejándose en él lo comprobó con total seguridad. Sí, sí, un pequeño y definido arcoíris, como recién nacido le saludaba entre sus largas antenas. ¡Qué bonito!

Esa misma noche cuando se encontró con sus padres en la cena, les contó su experiencia.

-        Mama. Papa. No sabéis lo que me ha pasado. Hoy estaba tan feliz, tan feliz, tan feliz, que cuando no podía estar más feliz y más a gusto, me ha salido un arcoíris entre mis antenas. ¿No es maravilloso? ¿Sabías que podía hacer eso?

Sus padres se miraron uno al otro, esbozaron una sonrisa.

-        Hijo, esto es la mejor noticia que podíamos oír. - dijo su padre- has sacado el don de tu abuelo. Después de 13 maravillosos hijos, ¡Por fin uno que hereda el don del arcoíris!

-        ¿Cómo? ¿Y eso qué quiere decir?

-        ¡Cuando tenía el arcoíris en sus antenas, tu abuelo era capaz de cumplir cualquier deseo! – sus padres sonreían de par en par, se abrazaban entre ellos.

-        ¿En serio? - gritó el caracolito- ¡Buah! ¡Estoy deseando que vuelva a salir el sol para poder poner en práctica mi superpoder!

Esa noche efectivamente se durmió pensando en todos los deseos que podría pedir en los próximos días de sol: tener un patinete nuevo, comerse el primer trébol de la temporada, tener un postre dulce después de cada comida, pasar a una habitación más grande… sentarse al lado de la oruga Muga en clase…. ¡Ains, cuántas cosas podía desear! ... y así se durmió.

Pero, al día siguiente no salió el sol.  Y tampoco en los tres días siguientes. Pero esto le permitió al caracolillo afinar más sus primeros deseos. Ya lo tenía casi casi claro.

Por fin, cuando vio asomarse el sol en el jardín de su casa, salió todo lo rápido que pudo, deseando ser invadido por sus calentitos rayos.

Y ahí tumbado, encima de una reluciente hoja fresca, disfrutando del olor a tierra mojada, volvió a sentir esa indescriptible sensación que le recorría su cuerpo con la fuerza de un huracán. Volvió a sentir esa felicidad recorriéndole de arriba abajo e invadiendo su cuerpecito, hasta llegar a la puntita de sus antenas, que estiró y estiró. Extasiado de placer, ¡cuando…plin!

De nuevo el arcoíris. ¡Que bonito! Esta vez era incluso un poquitito más grande. ¡Qué alegría! Estaba a punto de decidir entre el patinete o poder comerse el primer trébol de la temporada cuando escuchó desde el otro lado de la enredadera….¡Ojalá pudiera mover esta dichosa miga de pan y llevármela a mi casa!

¡Alto! - se dijo a sí mismo el caracol- ¡¿Quién ha dicho eso?

Se asomó al otro lado del arbusto donde se había acomodado y vio a una pequeña hormiga intentando mover una enorme miga de pan atascada entre dos piedras. Se acercó a ella:

- ¿Quieres que te ayude? - le dijo el caracol.

-        Si, por favor, - suplicó la hormiguita- llevo tres días esperando a que salga el sol y seque esta suculenta miga de pan. Y ahora que por fin llego a ella ¡¡¡no puedo levantarla!!!

-        Yo te ayudaré- dijo el caracolillo…

-        ¡Muchas gracias! - contestó la hormiguita…

El caracol empujó una de las piedras, haciendo más fácil a la hormiguita coger la enorme miga de pan y cargar con ella sin dificultad

- ¿Qué contentos se van a poner mis cuarenta y dos hijos! - dijo la hormiga. ¡Hasta otra! ¡Eres mi héroe!!

Vaya, vaya, esa noche el caracol se fue a la cama prometiéndose a sí mismo que, aunque había sigo genial que la hormiga le llamara super héroe, el próximo deseo se lo concedería  A SÍ MISMO!!!

Afortunadamente, a la mañana siguiente salió un ardiente sol. Y el caracolillo no hizo esperar su ilusión por salir a comprobar su don. Inevitablemente, otra vez, dejándose llevar por el deseo de su cuerpecito, siguió el calor y se dejó llevar.

Mmmm qué gustito, otra vez, la frescura de la tierra, el olor a aire limpio, el brillo de las flores.

Mmmm se estiró y estiró repleta de sensaciones gustosas y sus antenitas empezaron a estirarse y estirarse, casi con voluntad propia, como queriendo llegar al sol cuando de repente. ¡plin! ¡Ahí estaba! ¡El arcoíris! Qué bien, ¡qué bonito, y qué grande, cada vez más!

Vale, ya está voy a ser rápido, pensó el caracol. “A la de tres pido mi deseo: una, dos y…”

Cuando sus pensamientos fueron interrumpido por otra voz.

¡Mecachis, mis hermanos me están siguiendo y van a acabar con todo el polen de esa preciosa flor!

¿Cómo de donde venía esa voz? Levantó la vista y vio a una pequeña abeja usando todas sus fuerzas para volar con mucha rapidez, con cara de esfuerzo y alas pequeñitas batiéndose con mucha fuerza.

¡hola, puedo ayudarte? - dijo el caracol. Por mucho que ella volaba, parecía casi no avanzar.

Siiii…quiero llegar a esa flor roja tan hermosa y llena de polen que está al otro lado del estanque, pero mis hermanas vienen detrás y estoy segura que la verán y la querrán, y y con lo rápidas que son , llegarán antes que yo…

Entonces el caracol pensó una estrategia y le dijo:

Tranquila, yo les distraeré. Tú sigue volando, no pares!

Entonces, en muy poquito tiempo, efectivamente, pasaron una grupito de cuatro abejas zumbando felices, en dirección al estanque. Y el caracol empezó a toser escandalosamente.

Las abejas no pasar por alto que el caracol estaba en un aprieto.

¿Estás bien, caracolillo? – dijo una de ellas.

No, no, dijo. Estoy muy mal. Me he atragantado con un poco de trébol. ¿Podéis traerme un poco de agua, por favor? Sino me moriré.

Todo esto lo dijo el caracol entre toses y poniéndose rojo de aguantar la respiración.

Y entonces las cuatro abejitas recogieron una gotita de agua con su aguijón y se la traspasaron a la boquita del caracol.

-        Muchas gracias, muchas gracias, me habéis salvado la vida abejitas…

-        Adiós, adiós- dijeron ellas. Y ten más cuidado la próxima vez

Cuando el caracol miró hacia el estanque vio que a la flor ya no le quedaba polen y se pudo muy contento. Sonrió para sus adentró y pensó que tampoco estaba tan mal eso de ayudar a lo demás a cumplir sus deseos.

Esa noche soñó con su abuelo. Él nunca lo había conocido, pero soñó que estaba con él y le hablaba.

“Querido nieto, nuestro súper poder consiste en cumplir los deseos de los demás. Eso es lo que te dará la felicidad. Cuanto menos pienses en tu felicidad y más en la de los demás, más feliz serás tú. Y cuanto más pienses en la felicidad de los demás, más feliz serás tú”

Efectivamente, con el paso del tiempo, no dejó de ayudar a otros animalillos e insectos a cumplir sus deseos, y ¿sabéis lo que pasó? Que así también sus deseos se vieron cumplidos. Un ratoncito le regaló un patinete. Un grillo le regaló el primer trébol de la temporada. Una mariposa le dejaba un dulce cada día en la ventana de su habitación. E incluso su hermano mayor acabó regalándole su propia habitación, la más grande. Y todo porque les había ayudado a cumplir sus deseos.

Una noche, soñó con su abuelo, y esta vez le decía él:

“Abuelito, qué contento estoy con mis grandes antenas, he descubierto su verdadero poder: escuchar mejor que nadie las necesidades de los demás, y así es como les puedo ayudar. ¡qué contento estoy de poder escuchar las necesidades de los demás!”

Y cuento contado, ya se ha acabado. Ayudando a los demás lo habremos aprovechado.

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