Caracol
Arcoíris
Érase
una vez un caracol que nació en una familia muy grande, acomodada en un jardín precioso
lleno de insectos y pequeños animales.
Este
caracol tenía algo diferente a los demás caracoles, y era unas larguísimas
antenas. Desde que era muy pequeño, sus desproporcionadas antenas le habían
ocasionado muchos problemas, ya que el jardín donde vivía no parecía estar
hecho para unas antenas como las suyas. Se enredaba con las ramitas del jardín,
se trastabillaba consigo mismo mientras caminaba, acababa rodando por los
caminos, las arrastraba por el suelo cuando de puro sueño no podía ni
levantarlas… Era en ocasiones, ¡muy molesto!
Un
día, después de tres largos días de intensa lluvia, salió por fin a pasear
entre los rayos del sol. ¡Ay! Qué feliz se sentía… Por fin otra vez disfrutando
del fresquito de la tierra mojada, del brillo de las hojas húmedas… ese olor a
vida nueva después de la lluvia… Tan a gustito se sentía… notaba como si un millón
de mariposas juguetonas estuvieran masajeándolo todo su cuerpecito… mmmm…se
estiró se estiro…notando como el solecito entraba por cada centímetro de su
piel y de su caparazón. Estiró y estiró las antenitas y… ¡plin!
¡Madre
mía! Un pequeño arco iris se instaló de punta a punta de sus antenas.
¡Vaya!
¡Qué sensación tan maravillosa! Jamás había sentido una satisfacción más
grande. Se acercó a un charco y, reflejándose en él lo comprobó con total
seguridad. Sí, sí, un pequeño y definido arcoíris, como recién nacido le
saludaba entre sus largas antenas. ¡Qué bonito!
Esa
misma noche cuando se encontró con sus padres en la cena, les contó su
experiencia.
-
Mama. Papa. No sabéis lo que me ha
pasado. Hoy estaba tan feliz, tan feliz, tan feliz, que cuando no podía estar
más feliz y más a gusto, me ha salido un arcoíris entre mis antenas. ¿No es
maravilloso? ¿Sabías que podía hacer eso?
Sus
padres se miraron uno al otro, esbozaron una sonrisa.
-
Hijo, esto es la mejor noticia que podíamos
oír. - dijo su padre- has sacado el don de tu abuelo. Después de 13
maravillosos hijos, ¡Por fin uno que hereda el don del arcoíris!
-
¿Cómo? ¿Y eso qué quiere decir?
-
¡Cuando tenía el arcoíris en sus
antenas, tu abuelo era capaz de cumplir cualquier deseo! – sus padres sonreían
de par en par, se abrazaban entre ellos.
-
¿En serio? - gritó el caracolito- ¡Buah!
¡Estoy deseando que vuelva a salir el sol para poder poner en práctica mi
superpoder!
Esa
noche efectivamente se durmió pensando en todos los deseos que podría pedir en
los próximos días de sol: tener un patinete nuevo, comerse el primer trébol de
la temporada, tener un postre dulce después de cada comida, pasar a una
habitación más grande… sentarse al lado de la oruga Muga en clase…. ¡Ains,
cuántas cosas podía desear! ... y así se durmió.
Pero,
al día siguiente no salió el sol. Y
tampoco en los tres días siguientes. Pero esto le permitió al caracolillo
afinar más sus primeros deseos. Ya lo tenía casi casi claro.
Por
fin, cuando vio asomarse el sol en el jardín de su casa, salió todo lo rápido
que pudo, deseando ser invadido por sus calentitos rayos.
Y
ahí tumbado, encima de una reluciente hoja fresca, disfrutando del olor a
tierra mojada, volvió a sentir esa indescriptible sensación que le recorría su
cuerpo con la fuerza de un huracán. Volvió a sentir esa felicidad recorriéndole
de arriba abajo e invadiendo su cuerpecito, hasta llegar a la puntita de sus
antenas, que estiró y estiró. Extasiado de placer, ¡cuando…plin!
De
nuevo el arcoíris. ¡Que bonito! Esta vez era incluso un poquitito más grande.
¡Qué alegría! Estaba a punto de decidir entre el patinete o poder comerse el
primer trébol de la temporada cuando escuchó desde el otro lado de la
enredadera….¡Ojalá pudiera mover esta dichosa miga de pan y llevármela a mi
casa!
¡Alto!
- se dijo a sí mismo el caracol- ¡¿Quién ha dicho eso?
Se
asomó al otro lado del arbusto donde se había acomodado y vio a una pequeña
hormiga intentando mover una enorme miga de pan atascada entre dos piedras. Se acercó
a ella:
-
¿Quieres que te ayude? - le dijo el caracol.
-
Si, por favor, -
suplicó la hormiguita- llevo tres días esperando a que salga el sol y seque
esta suculenta miga de pan. Y ahora que por fin llego a ella ¡¡¡no puedo
levantarla!!!
-
Yo te ayudaré-
dijo el caracolillo…
-
¡Muchas gracias!
- contestó la hormiguita…
El
caracol empujó una de las piedras, haciendo más fácil a la hormiguita coger la
enorme miga de pan y cargar con ella sin dificultad
-
¿Qué contentos se van a poner mis cuarenta y dos hijos! - dijo la hormiga. ¡Hasta
otra! ¡Eres mi héroe!!
Vaya,
vaya, esa noche el caracol se fue a la cama prometiéndose a sí mismo que,
aunque había sigo genial que la hormiga le llamara super héroe, el próximo
deseo se lo concedería A SÍ MISMO!!!
Afortunadamente,
a la mañana siguiente salió un ardiente sol. Y el caracolillo no hizo esperar
su ilusión por salir a comprobar su don. Inevitablemente, otra vez, dejándose
llevar por el deseo de su cuerpecito, siguió el calor y se dejó llevar.
Mmmm
qué gustito, otra vez, la frescura de la tierra, el olor a aire limpio, el
brillo de las flores.
Mmmm
se estiró y estiró repleta de sensaciones gustosas y sus antenitas empezaron a
estirarse y estirarse, casi con voluntad propia, como queriendo llegar al sol
cuando de repente. ¡plin! ¡Ahí estaba! ¡El arcoíris! Qué bien, ¡qué bonito, y
qué grande, cada vez más!
Vale,
ya está voy a ser rápido, pensó el caracol. “A la de tres pido mi deseo: una,
dos y…”
Cuando
sus pensamientos fueron interrumpido por otra voz.
¡Mecachis,
mis hermanos me están siguiendo y van a acabar con todo el polen de esa
preciosa flor!
¿Cómo
de donde venía esa voz? Levantó la vista y vio a una pequeña abeja usando todas
sus fuerzas para volar con mucha rapidez, con cara de esfuerzo y alas
pequeñitas batiéndose con mucha fuerza.
¡hola,
puedo ayudarte? - dijo el caracol. Por mucho que ella
volaba, parecía casi no avanzar.
Siiii…quiero
llegar a esa flor roja tan hermosa y llena de polen que está al otro lado del
estanque, pero mis hermanas vienen detrás y estoy segura que la verán y la querrán,
y y con lo rápidas que son , llegarán antes que yo…
Entonces
el caracol pensó una estrategia y le dijo:
Tranquila,
yo les distraeré. Tú sigue volando, no pares!
Entonces,
en muy poquito tiempo, efectivamente, pasaron una grupito de cuatro abejas
zumbando felices, en dirección al estanque. Y el caracol empezó a toser escandalosamente.
Las
abejas no pasar por alto que el caracol estaba en un aprieto.
¿Estás
bien, caracolillo? – dijo una de ellas.
No,
no, dijo. Estoy muy mal. Me he atragantado con un poco de trébol. ¿Podéis
traerme un poco de agua, por favor? Sino me moriré.
Todo
esto lo dijo el caracol entre toses y poniéndose rojo de aguantar la
respiración.
Y
entonces las cuatro abejitas recogieron una gotita de agua con su aguijón y se
la traspasaron a la boquita del caracol.
-
Muchas gracias, muchas gracias, me
habéis salvado la vida abejitas…
-
Adiós, adiós-
dijeron ellas. Y ten más cuidado la próxima vez
Cuando
el caracol miró hacia el estanque vio que a la flor ya no le quedaba polen y se
pudo muy contento. Sonrió para sus adentró y pensó que tampoco estaba tan mal
eso de ayudar a lo demás a cumplir sus deseos.
Esa
noche soñó con su abuelo. Él nunca lo había conocido, pero soñó que estaba con él
y le hablaba.
“Querido
nieto, nuestro súper poder consiste en cumplir los deseos de los demás. Eso es
lo que te dará la felicidad. Cuanto menos pienses en tu felicidad y más en la
de los demás, más feliz serás tú. Y cuanto más pienses en la felicidad de los
demás, más feliz serás tú”
Efectivamente,
con el paso del tiempo, no dejó de ayudar a otros animalillos e insectos a
cumplir sus deseos, y ¿sabéis lo que pasó? Que así también sus deseos se vieron
cumplidos. Un ratoncito le regaló un patinete. Un grillo le regaló el primer
trébol de la temporada. Una mariposa le dejaba un dulce cada día en la ventana
de su habitación. E incluso su hermano mayor acabó regalándole su propia
habitación, la más grande. Y todo porque les había ayudado a cumplir sus
deseos.
Una
noche, soñó con su abuelo, y esta vez le decía él:
“Abuelito,
qué contento estoy con mis grandes antenas, he descubierto su verdadero poder:
escuchar mejor que nadie las necesidades de los demás, y así es como les puedo
ayudar. ¡qué contento estoy de poder escuchar las necesidades de los demás!”
Y
cuento contado, ya se ha acabado. Ayudando a los demás lo habremos aprovechado.
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