Había
una vez una ardilla que vivía en un valle precioso. Era un valle extenso, lleno
de animalitos, plagado de alimentos deliciosos que nacían de los árboles… Un
valle por el que transcurría un riachuelo de agua clara donde vivían un sinfín
de peces de colores.
Nuestra
ardilla vivía en la parte sur del valle, donde los árboles eran más frondosos y
el río hacía su bajada hacia una suave ladera. Su día a día era bastante
agitado, ya que continuamente tenía que andar buscando frutos secos,
recolectándolos y guardándolos en el almacen de la familia. Tenía algunas
amigas con las que por las tardes jugaba a carreras por las ramas de los
árboles, y algunos otros animales, como los zorros o los castores, con los que
se reunía de vez en cuando para jugar al escondite o para contar historias de
miedo.
Nuestra
ardillita tenía un ligero problema, y era que solía hacer todo esto sintiéndose
bastante enfadada. A ella le gustaba que las cosas se hicieran sólo a su manera.
Pero en ese valle, con tantos animales, siempre había algo que ella no
controlaba y sobre lo que no podía decidir… eso le daba mucha rabia y la mayor
parte de los días estaba malhumorada. Además, por otro lado, había una preciosa
garza de la que estaba profundamente enamorada. Cuando venía al valle, que era
sólo durante un corto mes al año, durante la época de migraciones, nuestra
ardillita no podía apartar la mirada de ella… durante ese tiempo dormía siempre
a la orilla del río, aprovechando cada minuto para observarla. Pero al mismo
tiempo, también se pasaba el resto del año esperando a que su amada garza
regresara, lo cual era triste y desesperante a partes iguales.
Total,
que en eso andaba la ardilla pensando, en la incomodidad de vivir en ese valle plagado
de bendiciones y a la vez lleno de situaciones fuera de su control, cuando
apareció una hormiguita que le saludó con mucha confianza. La ardilla se
sorprendió de tanta naturalidad, siendo como era, la primera vez que veía a esa
hormiga por ese lugar… La hormiga le pidió perdón y le confesó que le había
confundido con otra ardilla: “Como sois todas tan iguales…” _dijo la hormiga.
La ardilla se enfadó mucho con ese comentario y le dijo a la hormiga que ella
no se parecía en nada al resto de ardillas, que ella era especial y diferente.
La hormiga le dijo “¿En qué eres diferente?” y la ardillita no supo qué
contestar…
Aquello
fue ya el colmo. Estaba muy harta de tener que vivir rodeada de animales que
ella no había elegido. ¿Por qué tenía que ser así? Entonces los decidió. Se
iría a una cueva al otro lado del valle. Allí no se enfadaría con nadie ni
tampoco echaría de menos nada. No vería a su amada garza pero tampoco así la
echaría de menos. Saldría cuando le diera la gana y no tendría que aguantar los
caprichos de otras ardillas. Dicho y hecho, al día siguiente partió sin
despedirse.
En
esta cueva la ardilla enseguida encontró paz en su interior, una paz que en su valle
de origen jamás habia conocido. De vez en cuando se acordaba de las risas de
sus amigas y de las fiestas que preparaban al llegar la primavera… También había
tenido que acostumbrarse a vivir sin las deliciosas avellanas o las apetitosas
piñas de las que se había alimentado toda su vida. Pero todo eso le compensaba
el hecho de no tener sufrir por malentendidos, críticas, prejuicios,
indecisones o relaciones no correspondidas. Allí se sentía libre.
Desde
la cueva salía cuando quería, sabía a qué atenerse, nada ni nadie le molestaba,
y siempre que quería podía hacerse invisible para el mundo, ahondándose en su
intimidad sin tener que lidiar con nada que puediera desequilibrar su paz.
Una mañana se coló una
hormiguita en la cueva. Era tan pequeña que hubera sido imposible cerrarle el
paso. Se acercó a ella y le saludó con naturalidad. La reconoció enseguida, era
la hormiga “metomentodo” del valle…” El insecto y la ardillita empezaron a
hablar y la hormiga, con su acostumbrado descaro, le dijo que la forma de vivir
que en ese momento llevaba la ardilla era demasiado fácil. Argumentó que no
tenía ningún mérito encerrarse en un lugar donde no tuviera que arriesgarse por
nada, sin de sorpresas o situaciones incontroladas. Cualquiera podría hacerlo,
decía la hormiga. La ardilla contestó muy enfadada que ella no tenía por qué
aguantar a un pequeño ser insignificante que venía a la intimidad de su cueva a
romperle su paz. Así que la hormiga se fue por el diminuto agujero por el que
había entrado…
Pero claro, la ardilla se
quedó de nuevo pensativa con esta provocación de la hormiga… Entendía que desde
su cueva ella decidía a qué y a quién quería mostrarse. Buscando lo seguro era
fácil poner distancia entre ella y los problemas, con lo que era sí, demasiado
fácil, mantener el equilibrio interior… Así que decidió que, ahora que conocía
lo que era la paz, volvería al valle donde había nacido y trataría de buscar
esa energía interna estuviese con quien estuviese.
Y no fue nada fácil… Tanto
porque en ocasiones las exigencias de sus compañeras le provocaban irritación,
como porque las preciosas plumas de la graza rosada le emocionaban desde lo más
hondo, la paz interior flaqueaba cada dos por tres. Mantener ese equilibrio que
había conocido en la cueva estando ahora rodeada de interacciones y de
estímulos no era nada fácil. Pero su empeño era grande… ella conocía ese estado
interior y quería volver a él. Tras muchos años de práctica, la ardilla al
final lo logró…
Expuesta libremente a todo lo que pudiera surgir, sin
controlar lo que surgía y entraba en su vida, aprendió a utilizar cada
situación como combustible para seguir creciendo y madurando. En esta vuelta al
valle los altibajos de la vida no le robaban su salud ni su energía… El valle
ya no era una limitación. Nuestra querida ardillita estaba abierta a las
sorpresas, le gustasen o no, y conseguía hacer que resultaran ser lo mejor que
le podía pasar. Ahora la ardilla dejaba que se acercara a ella quien quisiera,
y siempre se acababan llevando bien. Había por fin integrado esa paz interior
en la que cedía el control y se exponía libremente.
Y en esto andaba día a día cuando, una mañana de soleada
brisa apareció como de la nada a su lado la hormiguita. Otra vez con la misma naturalidad
y desparpajo de siempre le empezó a hablar. Estando ahora en paz, la ardilla no
sintió como otras veces su presencia como una incomodidad espontánea, pero sí,
como las veces anteriores, lo que de ella escuchó se quedó rebotando en sus
pensamientos toda la noche.
“Es curioso ver lo bien que te llevas con todos. Vienen a ti
y tú los aceptas, los acoges y los integras en tu vida como si nada… Has
cambiado mucha ardillita. Pero… ¿Has ido alguna vez a la parte norte del valle?
Allí todo es enfermedad y tristeza… allí se te haría muy duro conseguir lo que
en esta parte del valle ya tienes tan asumido”
Efectivamente, en el lado norte del valle había lo que se
conocía como “cementerio” de animales. Allí se preveía imposible alcanzar la
más mínima gota de felicidad. Tristeza, soledad, pesadez y agonía invadían el
aire. Los animales que iban a morir se abandonaban a su final con la esperanza
de no recibir estímulos que les distrajeran de su inerte estabilidad.
La ardilla se había empezado a imaginar a sí misma como un
agente de cambio, adaptable a cualquiera por mucho que estuviera lleno de
negrura y espesor. Encontró en sí misma un reto al cual quería enfrentarse. Se
veía fuerte, resistente, capaz de sobrellevar cualuiqer momento o situación
dolorosa. Esperanzada por su ya conocida confianza, asumía que el dolor , la muerte
y la desolación la invadieran. Contaba con la idea de que el tiempo allí
también era inagotable y que, aunque más despacio, sin hacer nada, dejando que
la locura pasara a través de ella, se repondría sin problemas, respirando,
inmóvil hasta que la negritud pasara de largo.
Volvió a empacar sus cosas. Seria, segura de si misma,
esperó a que salieran los primeros rayos de sol y emprendió su camino hacia el
norte del valle, hacia el cementerio.
En su interior reconocía además un ansia por acercarse a
ello, una culpa y un dolor que se le hacían familiar. Como si su destino
siempre hubiese sido ese, porque se creía merecedora de todo el mal alrededor
de ella. Al llegar así lo cerceró, esa espesura también hbaitaba en ella.
Al llegar encontró silencio, calma, una tranquilidad triste
y melancólica. Había animales sí, cada uno en su cueva, en su madriguera, en su
nido del árbol. Se miraban sí, de vez en cuando, en miradas furtivas con ojos vidriosos,
apagados, casi cerrados. Y a lo largo del tiempo también descubrió miradas de
odio, de envidia, de arrebatamiento de cualquier atisbo de vida. Se deseaban el
odio, la muerte, con deseos por robar, para hacer desaparecer cualquier rasgo
de alegria. Y la que había llevado consigo la ardilla, aunque estuviera
disfrazada u oculta, se dejaba ver en pequeñas situaciones del día a día, como
cuando se levantaba temprano para lavarse la cola en el río o como cuando
saltaba de rama en rama recolectando avellanas. Poco a poco le fueron quitando
esa vitalidad, la hiceron suya, y una vez dentro, la deshicieron. Eran animales
desgastadores, eliminadores de vida. Por eso estaban en el cementerio, no
porque fueran a morir, sino porque hacían morir todo lo que interaccionara con
ellos.
La ardilla empezó a perder pelaje, adelgazó, le dolía el
cuerpo, envejeció en poco tiempo. Poco a poco se fue aletargando en su
escondrijo. Cada vez necesitaba menos para comer y cada vez le molestaba más
cualquier pequeña ráfaga de luz. Se quedaba en sus pensamientos, regodeándose
en la miseria de la vida, el sinsentido de la existencia, la pena y la
tristeza. Había olvidado los colores de su valle, la suavidad de la garza, el
sabor de los alimentos. Esperaba la muerte, auqnue ya se sentía sin vida.
Algo le hizo cosquillas en su pierna un día. Abrió mínimamente
los ojos y ahí estaba la hormiga. “Hola querida amiga. Sabía que esta última
prueba iba a ser difícil para ti. Pero si estás escuchándome ahora, si has
notado mis patitas sobre tu poco pelo es porque estás en disposición de
escucharme. Me creas o no; todavía puedes moverte, encontrar la luz y limpiar
su cuerpo. Comer algo y saltar. Vence la muerte, sigue creyendo en ti,
encuentra tu vitalidad. Busca esa luz que hay dentro de tí y que nunca se
apaga. ¿qué color tiene? Búscala y date a ella” Y dicho esto, la hormiguita se
fue.
La ardilla supo que no había sido un sueño aunque tuvo por
algún momento sus dudas.
¿Quedaba luz en su interir? ¿Qué color tenía? Respiró, se
obligó a sentir su piel, su carne, su pelo, sus músculos y su corazón, y en una
de esas insipiraciones la vio. Era una bola lumnosa en el centro de su pecho.
Una luz roja, pequeña, diminuta pero intensa, viva, como un pequeño sol, como
un universo dentro de ella, y de la luz, de la bola roja de energía se
extendían cuatro rayos de luz amarilla que se extendían hacia arriba, abajo y
hacia los lados de su cuerpo. Se reconoció en ella. Allí estaba ella. Esa bola
de luz roja, con sus extensiones lumnosas era ella. Sonrió, familiririzada con
la alegría de saberse viva. Rompió a llorar. Y se movió, y se estiró, y se
levantó. Y rió y dio gracias. Ella seguía ahí, nunca se había ido. Y había paz,
había tranquilidad, no había nada que hacer. No había nada con lo que luichar.
Salió al exterior, miró el cielo. Él siempre lo había sabido. Se acercó al río,
tocó el agua con sus patitas, ella siempre lo había sabido también. Y miró a
los árboles, y estos le sonrieron. “Hola de nuevo” le dijeron.
Sintió la comprensión, el entendimiento, la aceptación, la
bienvenida continua. Sonrió y dió las gracias poniendo las manos en su corazón,
en su bola de luz roja luminosa extendida a todo su ser. Seguía allí y nunca se
iría. Se tumbó en el suelo y decidió quedarse allí un rato, dejando que la vida,
estando ella abierta, le entregara todo lo que tuviera que darle.
Y los días volvierona
su curso, y las ramas volvieron a ser recorridas en búsqueda de
alimentos. Ganó peso, ganó lustre, recuperó la alegría. Sentía amor por las
miradas de dolor que se cruzaban en su rutina. Les enviaba aamor y ternura en
cada vistazo. Les sonreía incluso cuando ellos ya hubieran apartado sus ojos.
Ya no podían quitarle su dicha.
Y así permaneció no se sabe cuánto tiempo. Hasta que un día
se encontró a un caballo bebiendo en el río. Era la primera vez que algo así le
sucedía. Y al poco, se encontró a un erizo alimentándose con unas bellotas
cerca del árbol donde comía ella. Al tiempo descubrió dos caimanes enroscándose
y chapoteando en el río. Y cuando menos se quiso dar cuenta empezó a normalizar
que a su alrededor la vida interaccionase y los animales se empezaran a mover.
Las miradas pasaron a ser menos furtivas y los encuentros casi nada ya
peligrosos.
Nuestra ardillita siguió creciendo en lo que antiguamente
había sido un cementario de animales. Y sus días, lentos y tranquilos se veían
acompañados por amigos y momentos felices y entrañables. Vivía de nuevo en un
una valle ahora esplendoroso, lleno de colores, alimentos y vida nueva a cada
instante.
Cuando ya empezaba a hacerse
mayor, venían animales a visitarla, a contarle sus problemas o sus alegrías, a
compartir con ella sus más hondos pensamientos. Y un día apareció un joven
lince que le confesó que a pesar de vivir en el lugar más mágico y paradisiáco
jamas imaginado, él se sentía profundamente enfadado y disgustado con la vida,
porque estaba harto de tener que compartir todo aquello con más animales, y
depender de otros para poder hacer lo que él realmente quería hacer. No se
sentía libre. La ardillita le dijo: “¿Qué te
hace a tí diferente como para no poder compartir con los demás una vida tan
dichosa?” y el lince, enfadado, se fue de allí sin contestar…
Al
cabo de unos día se enteró que el lince había abandonado el valle, informando a
su familia que se iba en busca de un lugar donde no echara de menos nada, donde
poder hacer lo que le diera la gana y donde no tener que aguantar los caprichos
de otros linces. Al oir aquello la ardillita comprendió que se encontraría tres
veces más con el lince antes de cerrar para siempre los ojos. El primer
encuentro sería cuando fuera a visitarlo a la cueva donde el lince acababa de
irse. El siguiente cuando el lince volviera al mismo valle de donde había
partido y del que volvería a irse. Y por último, un encuentro final, en el
cementerio donde irremediablemente el lince acabaría sus días. Y así todo
volvería a empezar.
1.
CUEVA: Deja todo lo que te atrae
emocionalmente y métete en la cueva. Interiorízate. Lejos de cualquier cosa q t
active (deseo, orgullo, envidia…) para tener energía interna y ajustarnos.
Llega a convertirse en una limitación cuando se ha superado el desequilibrio.
Es un experimento, tú controlas todas las variables y decides a qué te quieres
exponer. Buscas lo seguro, lo que 100% te va a gustar. No quieres arriesgar, ni
sorpresas… te reúnes con personas que ya conoces, te juntas con quien sabes que
te vas a llevar bien. Limitando nuestra exposición a algo que sea manejable. Evasión:
se crea distancia entre nosotros y todo lo que pueda promover estados
aflictivos.
2.
VALLE: cuando ya se ha superado el
desequilibrio interno y hay madurez, te expones libremente a todo lo que pueda
surgir. No controlas lo que surge, pero lo que surge lo utilizas como
combustible para seguir creciendo y madurando. Es una vuelta, un regreso al
valle. Los altibajos de la vida no te roban tu salud ni tu energía y el valle
ya se convierte en una limitación. Estás abierto a las sorpresas, te gusten o
no, y te entrenas para que sea lo mejor que te puede pasar. Dejas que se acerquen
a ti quien quiera, y tú te entrenas a que venga quien venga, te acabas llevando
bien. Ceder el control y exponernos libremente. Integración.
3.
CEMENTERIO: a propósito, eliges el lugar
más duro, el que más te reta…para que tengas mas donde trabajar y superar. Se
busca encontrar la divinidad incluso alrededor de espíritus malvados. Aquí
encuentras lo que menos te gusta y aprendes a transformar tu mente para que lo
antes no te gustaba nada, ahora te encante. Te acercas a la persona que menos
te gusta y te acabas maravillando de ella, aprendes a tener paciencia, cariño y
respeto a esa persona. Buscar situaciones exigentes para superarnos.
Transmutación. Percepción.
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