miércoles, 7 de agosto de 2024

CUEVA, VALLE Y CEMENTERIO

 

Había una vez una ardilla que vivía en un valle precioso. Era un valle extenso, lleno de animalitos, plagado de alimentos deliciosos que nacían de los árboles… Un valle por el que transcurría un riachuelo de agua clara donde vivían un sinfín de peces de colores.

Nuestra ardilla vivía en la parte sur del valle, donde los árboles eran más frondosos y el río hacía su bajada hacia una suave ladera. Su día a día era bastante agitado, ya que continuamente tenía que andar buscando frutos secos, recolectándolos y guardándolos en el almacen de la familia. Tenía algunas amigas con las que por las tardes jugaba a carreras por las ramas de los árboles, y algunos otros animales, como los zorros o los castores, con los que se reunía de vez en cuando para jugar al escondite o para contar historias de miedo.

Nuestra ardillita tenía un ligero problema, y era que solía hacer todo esto sintiéndose bastante enfadada. A ella le gustaba que las cosas se hicieran sólo a su manera. Pero en ese valle, con tantos animales, siempre había algo que ella no controlaba y sobre lo que no podía decidir… eso le daba mucha rabia y la mayor parte de los días estaba malhumorada. Además, por otro lado, había una preciosa garza de la que estaba profundamente enamorada. Cuando venía al valle, que era sólo durante un corto mes al año, durante la época de migraciones, nuestra ardillita no podía apartar la mirada de ella… durante ese tiempo dormía siempre a la orilla del río, aprovechando cada minuto para observarla. Pero al mismo tiempo, también se pasaba el resto del año esperando a que su amada garza regresara, lo cual era triste y desesperante a partes iguales.

Total, que en eso andaba la ardilla pensando, en la incomodidad de vivir en ese valle plagado de bendiciones y a la vez lleno de situaciones fuera de su control, cuando apareció una hormiguita que le saludó con mucha confianza. La ardilla se sorprendió de tanta naturalidad, siendo como era, la primera vez que veía a esa hormiga por ese lugar… La hormiga le pidió perdón y le confesó que le había confundido con otra ardilla: “Como sois todas tan iguales…” _dijo la hormiga. La ardilla se enfadó mucho con ese comentario y le dijo a la hormiga que ella no se parecía en nada al resto de ardillas, que ella era especial y diferente. La hormiga le dijo “¿En qué eres diferente?” y la ardillita no supo qué contestar…

Aquello fue ya el colmo. Estaba muy harta de tener que vivir rodeada de animales que ella no había elegido. ¿Por qué tenía que ser así? Entonces los decidió. Se iría a una cueva al otro lado del valle. Allí no se enfadaría con nadie ni tampoco echaría de menos nada. No vería a su amada garza pero tampoco así la echaría de menos. Saldría cuando le diera la gana y no tendría que aguantar los caprichos de otras ardillas. Dicho y hecho, al día siguiente partió sin despedirse.

En esta cueva la ardilla enseguida encontró paz en su interior, una paz que en su valle de origen jamás habia conocido. De vez en cuando se acordaba de las risas de sus amigas y de las fiestas que preparaban al llegar la primavera… También había tenido que acostumbrarse a vivir sin las deliciosas avellanas o las apetitosas piñas de las que se había alimentado toda su vida. Pero todo eso le compensaba el hecho de no tener sufrir por malentendidos, críticas, prejuicios, indecisones o relaciones no correspondidas. Allí se sentía libre.

Desde la cueva salía cuando quería, sabía a qué atenerse, nada ni nadie le molestaba, y siempre que quería podía hacerse invisible para el mundo, ahondándose en su intimidad sin tener que lidiar con nada que puediera desequilibrar su paz.

Una mañana se coló una hormiguita en la cueva. Era tan pequeña que hubera sido imposible cerrarle el paso. Se acercó a ella y le saludó con naturalidad. La reconoció enseguida, era la hormiga “metomentodo” del valle…” El insecto y la ardillita empezaron a hablar y la hormiga, con su acostumbrado descaro, le dijo que la forma de vivir que en ese momento llevaba la ardilla era demasiado fácil. Argumentó que no tenía ningún mérito encerrarse en un lugar donde no tuviera que arriesgarse por nada, sin de sorpresas o situaciones incontroladas. Cualquiera podría hacerlo, decía la hormiga. La ardilla contestó muy enfadada que ella no tenía por qué aguantar a un pequeño ser insignificante que venía a la intimidad de su cueva a romperle su paz. Así que la hormiga se fue por el diminuto agujero por el que había entrado…

Pero claro, la ardilla se quedó de nuevo pensativa con esta provocación de la hormiga… Entendía que desde su cueva ella decidía a qué y a quién quería mostrarse. Buscando lo seguro era fácil poner distancia entre ella y los problemas, con lo que era sí, demasiado fácil, mantener el equilibrio interior… Así que decidió que, ahora que conocía lo que era la paz, volvería al valle donde había nacido y trataría de buscar esa energía interna estuviese con quien estuviese.

 

Y no fue nada fácil… Tanto porque en ocasiones las exigencias de sus compañeras le provocaban irritación, como porque las preciosas plumas de la graza rosada le emocionaban desde lo más hondo, la paz interior flaqueaba cada dos por tres. Mantener ese equilibrio que había conocido en la cueva estando ahora rodeada de interacciones y de estímulos no era nada fácil. Pero su empeño era grande… ella conocía ese estado interior y quería volver a él. Tras muchos años de práctica, la ardilla al final lo logró…

Expuesta libremente a todo lo que pudiera surgir, sin controlar lo que surgía y entraba en su vida, aprendió a utilizar cada situación como combustible para seguir creciendo y madurando. En esta vuelta al valle los altibajos de la vida no le robaban su salud ni su energía… El valle ya no era una limitación. Nuestra querida ardillita estaba abierta a las sorpresas, le gustasen o no, y conseguía hacer que resultaran ser lo mejor que le podía pasar. Ahora la ardilla dejaba que se acercara a ella quien quisiera, y siempre se acababan llevando bien. Había por fin integrado esa paz interior en la que cedía el control y se exponía libremente.

Y en esto andaba día a día cuando, una mañana de soleada brisa apareció como de la nada a su lado la hormiguita. Otra vez con la misma naturalidad y desparpajo de siempre le empezó a hablar. Estando ahora en paz, la ardilla no sintió como otras veces su presencia como una incomodidad espontánea, pero sí, como las veces anteriores, lo que de ella escuchó se quedó rebotando en sus pensamientos toda la noche.

“Es curioso ver lo bien que te llevas con todos. Vienen a ti y tú los aceptas, los acoges y los integras en tu vida como si nada… Has cambiado mucha ardillita. Pero… ¿Has ido alguna vez a la parte norte del valle? Allí todo es enfermedad y tristeza… allí se te haría muy duro conseguir lo que en esta parte del valle ya tienes tan asumido”

Efectivamente, en el lado norte del valle había lo que se conocía como “cementerio” de animales. Allí se preveía imposible alcanzar la más mínima gota de felicidad. Tristeza, soledad, pesadez y agonía invadían el aire. Los animales que iban a morir se abandonaban a su final con la esperanza de no recibir estímulos que les distrajeran de su inerte estabilidad.

La ardilla se había empezado a imaginar a sí misma como un agente de cambio, adaptable a cualquiera por mucho que estuviera lleno de negrura y espesor. Encontró en sí misma un reto al cual quería enfrentarse. Se veía fuerte, resistente, capaz de sobrellevar cualuiqer momento o situación dolorosa. Esperanzada por su ya conocida confianza, asumía que el dolor , la muerte y la desolación la invadieran. Contaba con la idea de que el tiempo allí también era inagotable y que, aunque más despacio, sin hacer nada, dejando que la locura pasara a través de ella, se repondría sin problemas, respirando, inmóvil hasta que la negritud pasara de largo.

Volvió a empacar sus cosas. Seria, segura de si misma, esperó a que salieran los primeros rayos de sol y emprendió su camino hacia el norte del valle, hacia el cementerio.

En su interior reconocía además un ansia por acercarse a ello, una culpa y un dolor que se le hacían familiar. Como si su destino siempre hubiese sido ese, porque se creía merecedora de todo el mal alrededor de ella. Al llegar así lo cerceró, esa espesura también hbaitaba en ella.

Al llegar encontró silencio, calma, una tranquilidad triste y melancólica. Había animales sí, cada uno en su cueva, en su madriguera, en su nido del árbol. Se miraban sí, de vez en cuando, en miradas furtivas con ojos vidriosos, apagados, casi cerrados. Y a lo largo del tiempo también descubrió miradas de odio, de envidia, de arrebatamiento de cualquier atisbo de vida. Se deseaban el odio, la muerte, con deseos por robar, para hacer desaparecer cualquier rasgo de alegria. Y la que había llevado consigo la ardilla, aunque estuviera disfrazada u oculta, se dejaba ver en pequeñas situaciones del día a día, como cuando se levantaba temprano para lavarse la cola en el río o como cuando saltaba de rama en rama recolectando avellanas. Poco a poco le fueron quitando esa vitalidad, la hiceron suya, y una vez dentro, la deshicieron. Eran animales desgastadores, eliminadores de vida. Por eso estaban en el cementerio, no porque fueran a morir, sino porque hacían morir todo lo que interaccionara con ellos.

La ardilla empezó a perder pelaje, adelgazó, le dolía el cuerpo, envejeció en poco tiempo. Poco a poco se fue aletargando en su escondrijo. Cada vez necesitaba menos para comer y cada vez le molestaba más cualquier pequeña ráfaga de luz. Se quedaba en sus pensamientos, regodeándose en la miseria de la vida, el sinsentido de la existencia, la pena y la tristeza. Había olvidado los colores de su valle, la suavidad de la garza, el sabor de los alimentos. Esperaba la muerte, auqnue ya se sentía sin vida.

Algo le hizo cosquillas en su pierna un día. Abrió mínimamente los ojos y ahí estaba la hormiga. “Hola querida amiga. Sabía que esta última prueba iba a ser difícil para ti. Pero si estás escuchándome ahora, si has notado mis patitas sobre tu poco pelo es porque estás en disposición de escucharme. Me creas o no; todavía puedes moverte, encontrar la luz y limpiar su cuerpo. Comer algo y saltar. Vence la muerte, sigue creyendo en ti, encuentra tu vitalidad. Busca esa luz que hay dentro de tí y que nunca se apaga. ¿qué color tiene? Búscala y date a ella” Y dicho esto, la hormiguita se fue.

La ardilla supo que no había sido un sueño aunque tuvo por algún momento sus dudas.

¿Quedaba luz en su interir? ¿Qué color tenía? Respiró, se obligó a sentir su piel, su carne, su pelo, sus músculos y su corazón, y en una de esas insipiraciones la vio. Era una bola lumnosa en el centro de su pecho. Una luz roja, pequeña, diminuta pero intensa, viva, como un pequeño sol, como un universo dentro de ella, y de la luz, de la bola roja de energía se extendían cuatro rayos de luz amarilla que se extendían hacia arriba, abajo y hacia los lados de su cuerpo. Se reconoció en ella. Allí estaba ella. Esa bola de luz roja, con sus extensiones lumnosas era ella. Sonrió, familiririzada con la alegría de saberse viva. Rompió a llorar. Y se movió, y se estiró, y se levantó. Y rió y dio gracias. Ella seguía ahí, nunca se había ido. Y había paz, había tranquilidad, no había nada que hacer. No había nada con lo que luichar. Salió al exterior, miró el cielo. Él siempre lo había sabido. Se acercó al río, tocó el agua con sus patitas, ella siempre lo había sabido también. Y miró a los árboles, y estos le sonrieron. “Hola de nuevo” le dijeron.

Sintió la comprensión, el entendimiento, la aceptación, la bienvenida continua. Sonrió y dió las gracias poniendo las manos en su corazón, en su bola de luz roja luminosa extendida a todo su ser. Seguía allí y nunca se iría. Se tumbó en el suelo y decidió quedarse allí un rato, dejando que la vida, estando ella abierta, le entregara todo lo que tuviera que darle.

Y los días volvierona  su curso, y las ramas volvieron a ser recorridas en búsqueda de alimentos. Ganó peso, ganó lustre, recuperó la alegría. Sentía amor por las miradas de dolor que se cruzaban en su rutina. Les enviaba aamor y ternura en cada vistazo. Les sonreía incluso cuando ellos ya hubieran apartado sus ojos. Ya no podían quitarle su dicha.

Y así permaneció no se sabe cuánto tiempo. Hasta que un día se encontró a un caballo bebiendo en el río. Era la primera vez que algo así le sucedía. Y al poco, se encontró a un erizo alimentándose con unas bellotas cerca del árbol donde comía ella. Al tiempo descubrió dos caimanes enroscándose y chapoteando en el río. Y cuando menos se quiso dar cuenta empezó a normalizar que a su alrededor la vida interaccionase y los animales se empezaran a mover. Las miradas pasaron a ser menos furtivas y los encuentros casi nada ya peligrosos.

Nuestra ardillita siguió creciendo en lo que antiguamente había sido un cementario de animales. Y sus días, lentos y tranquilos se veían acompañados por amigos y momentos felices y entrañables. Vivía de nuevo en un una valle ahora esplendoroso, lleno de colores, alimentos y vida nueva a cada instante.

Cuando ya empezaba a hacerse mayor, venían animales a visitarla, a contarle sus problemas o sus alegrías, a compartir con ella sus más hondos pensamientos. Y un día apareció un joven lince que le confesó que a pesar de vivir en el lugar más mágico y paradisiáco jamas imaginado, él se sentía profundamente enfadado y disgustado con la vida, porque estaba harto de tener que compartir todo aquello con más animales, y depender de otros para poder hacer lo que él realmente quería hacer. No se sentía libre. La ardillita le dijo: “¿Qué te hace a tí diferente como para no poder compartir con los demás una vida tan dichosa?” y el lince, enfadado, se fue de allí sin contestar…

Al cabo de unos día se enteró que el lince había abandonado el valle, informando a su familia que se iba en busca de un lugar donde no echara de menos nada, donde poder hacer lo que le diera la gana y donde no tener que aguantar los caprichos de otros linces. Al oir aquello la ardillita comprendió que se encontraría tres veces más con el lince antes de cerrar para siempre los ojos. El primer encuentro sería cuando fuera a visitarlo a la cueva donde el lince acababa de irse. El siguiente cuando el lince volviera al mismo valle de donde había partido y del que volvería a irse. Y por último, un encuentro final, en el cementerio donde irremediablemente el lince acabaría sus días. Y así todo volvería a empezar.

 

 

 

1.      CUEVA: Deja todo lo que te atrae emocionalmente y métete en la cueva. Interiorízate. Lejos de cualquier cosa q t active (deseo, orgullo, envidia…) para tener energía interna y ajustarnos. Llega a convertirse en una limitación cuando se ha superado el desequilibrio. Es un experimento, tú controlas todas las variables y decides a qué te quieres exponer. Buscas lo seguro, lo que 100% te va a gustar. No quieres arriesgar, ni sorpresas… te reúnes con personas que ya conoces, te juntas con quien sabes que te vas a llevar bien. Limitando nuestra exposición a algo que sea manejable. Evasión: se crea distancia entre nosotros y todo lo que pueda promover estados aflictivos.

2.      VALLE: cuando ya se ha superado el desequilibrio interno y hay madurez, te expones libremente a todo lo que pueda surgir. No controlas lo que surge, pero lo que surge lo utilizas como combustible para seguir creciendo y madurando. Es una vuelta, un regreso al valle. Los altibajos de la vida no te roban tu salud ni tu energía y el valle ya se convierte en una limitación. Estás abierto a las sorpresas, te gusten o no, y te entrenas para que sea lo mejor que te puede pasar. Dejas que se acerquen a ti quien quiera, y tú te entrenas a que venga quien venga, te acabas llevando bien. Ceder el control y exponernos libremente. Integración.

3.      CEMENTERIO: a propósito, eliges el lugar más duro, el que más te reta…para que tengas mas donde trabajar y superar. Se busca encontrar la divinidad incluso alrededor de espíritus malvados. Aquí encuentras lo que menos te gusta y aprendes a transformar tu mente para que lo antes no te gustaba nada, ahora te encante. Te acercas a la persona que menos te gusta y te acabas maravillando de ella, aprendes a tener paciencia, cariño y respeto a esa persona. Buscar situaciones exigentes para superarnos. Transmutación. Percepción.

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