sábado, 17 de agosto de 2024

ESCUCHA CUIDADOSA

 


💓💓💓💓

Cuando una persona se decide a abrir su ayuda a otra, es necesario encontrar el justo equilibrio entre el replegamiento propio y la posterior apertura; un vaivén armónico que supone un requisito fundamental para el auto-cuidado y la ayuda eficaz.

La ayuda en la resolución de problemas es altamente delicada, y el objetivo se centra principalmente en ayudar a la persona que vive un conflicto a que encuentre la unidad entre lo que hace, lo que piensa y lo que siente.

La persona que se decide a brindar su escucha y presencia a otro para la resolución de sus conflicto supone un espacio de contención y de protección, de seguridad y cuidado, que se traducen en unos límites amorosos que ayudan a expresar su malestar sin miedo.

Es fundamental que en estos encuentros de empatía, la persona que sostiene se mantenga neutra, sin opinar, sin juzgar, sin posicionarse. El objetivo es que el “necesitado” pueda exponer su vulnerabilidad sin miedo y así poder llegar a acuerdos comunes con quien desea compartir su vida.

El asombro por parte de todos los implicados llega naturalmente, al contemplar los resultados de este esfuerzo, que requiere buenas dosis de paciencia y concentración.Siempre vale la pena abrirse al diálogo honesto a favor de mejorar nuestras vidas con los seres queridos.

Ojalá todas las personas del mundo contáramos con seres bondados y sabios a nuestro alrededor que nos ayudasen a abrir nuestras heridas a la vez que esperan pacientes a ofrecer lo necesario para que se curen.

jueves, 15 de agosto de 2024

LA ESCUELA DE MIS SUEÑOS

 


La escuela de mis sueños es un universo para la infancia. En este lugar cada rincón se ha diseñado para favorecer el nacimiento de algún descubrimiento. Los niños se mueven por este escenario atentos a sus necesidades de exploración, ofreciéndose a ellos mismo la oportunidad de llegar hasta el final de su curiosidad.

En esta escuela los niños sienten respeto por su individualidad. El bagaje personal de cada uno es el capitán de la expedición, haciendo de cada viaje un recorrido diferente y único. Los niños son recibidos con admiración por lo que tienen que ofrecer y ellos acuden con ilusión de seguir rebuscando en los recónditos de sus almas y del mundo en el que viven.

Así es como se aprende en la escuela de mis sueños. Las verdades sobre el mundo no se revelan, no se describen y se otorgan. Los niños las encuentran. El aprendizaje son los descubrimientos que los niños hacen del mundo gracias a estar en la escuela.

Las relaciones que se dan en la escuela pasan a ser una herramienta para este descubrimiento, ya que los niños, convivientes de un mismo escenario, se descubren así mismos mirándose en los demás. Estos hallazgos se van integrando en su persona y forman una parte fundamental en su modo de seguir conociendo el mundo. En este contexto de comunicación los mensajes y los canales se miman y protegen para que todos vivan sus relaciones desde el respeto y la seguridad.

Los adultos en esta escuela permanecen atentos a los deseos de saber de los niños. Observan con minuciosidad y se ponen al servicio de los movimientos que producen este anhelo. La relación con los adultos es para los niños un recurso más al que acudir para seguir creando sus puentes hacia la verdad que exploran.

Veo en mis sueños esta escuela al servicio de los niños y cada día, un poquito más, puedo quedarme despierta para seguir viéndola. ¡POR UNA ESCUELA PÚBLICA DIFERENTE YA!

miércoles, 7 de agosto de 2024

LA MÁQUINA DE PENSAR (CUENTO INFANTIL)

 


Mi mamá dice que la mente es como una máquina de hacer pompas de jabón.

Siempre está en marcha y cada pompa de jabón es un pensamiento.

A lo largo del día no para de sacar una pompa tras otra. Es imposible hacerla parar.

No tiene botón de apagado.

Además, cuanto más nerviosos estamos, más pompas produce la mente.

De todos los pensamientos que salen de ella, la mayoría son de momentos que ya pasaron o de situaciones que nunca han llegado.

Pero nuestro cuerpo vive cada pensamiento como si estuviera pasando en ese momento, y por eso reacciona…

Con tristeza…

Con vergüenza…

Con miedo…

La mente y sus pompas son muy importantes para las cosas prácticas de la vida, eso sí.

Para calcular el cambio del autobús…

Elegir las letras de una palabra al escribir…

Recordar la letra de una canción…

Memorizar la lista de la compra…

Pero el resto de las pompas son “pensamientos basura”, que no sirven para nada porque no están ocurriendo en ese momento.

Y… como no podemos detener la máquina de pensar…

Tendremos que aprender a vivir con ella.

Podemos decidir a qué pompas prestar atención y a qué pompas ignorar.

Podemos respirar más profundo y lento para que la máquina produzca pompas más despacio…

Podemos sencillamente verlas pasar, como cuando miras a la gente que pasea por la calle mientras esperas en el coche. Dejas que aparezcan y desaparezcan. Que pasen… y se vayan

Y hay un truco para las “pompas cabezotas”

¡ah! Las pompas cabezotas son esas pompas pesadas que no paran de aparecer una y otra vez, siempre las mismas, invadiendo toda nuestra cabeza.

Esas pompas hay que EXPLOTARLAS. Decirles ¡para! Y ¡pum! Sacarlas de nuestra cabeza lo antes posible. ¡qué pesadas!

Por eso, ahora que sabes que la mente “está a su rollo” produciendo pompas sin parar, te recomiendo que hagas lo que dice mi mamá: “NO TE CREAS TODO LO QUE PIENSAS”

Definitivamente, serás mucho más feliz.

 

CUEVA, VALLE Y CEMENTERIO

 

Había una vez una ardilla que vivía en un valle precioso. Era un valle extenso, lleno de animalitos, plagado de alimentos deliciosos que nacían de los árboles… Un valle por el que transcurría un riachuelo de agua clara donde vivían un sinfín de peces de colores.

Nuestra ardilla vivía en la parte sur del valle, donde los árboles eran más frondosos y el río hacía su bajada hacia una suave ladera. Su día a día era bastante agitado, ya que continuamente tenía que andar buscando frutos secos, recolectándolos y guardándolos en el almacen de la familia. Tenía algunas amigas con las que por las tardes jugaba a carreras por las ramas de los árboles, y algunos otros animales, como los zorros o los castores, con los que se reunía de vez en cuando para jugar al escondite o para contar historias de miedo.

Nuestra ardillita tenía un ligero problema, y era que solía hacer todo esto sintiéndose bastante enfadada. A ella le gustaba que las cosas se hicieran sólo a su manera. Pero en ese valle, con tantos animales, siempre había algo que ella no controlaba y sobre lo que no podía decidir… eso le daba mucha rabia y la mayor parte de los días estaba malhumorada. Además, por otro lado, había una preciosa garza de la que estaba profundamente enamorada. Cuando venía al valle, que era sólo durante un corto mes al año, durante la época de migraciones, nuestra ardillita no podía apartar la mirada de ella… durante ese tiempo dormía siempre a la orilla del río, aprovechando cada minuto para observarla. Pero al mismo tiempo, también se pasaba el resto del año esperando a que su amada garza regresara, lo cual era triste y desesperante a partes iguales.

Total, que en eso andaba la ardilla pensando, en la incomodidad de vivir en ese valle plagado de bendiciones y a la vez lleno de situaciones fuera de su control, cuando apareció una hormiguita que le saludó con mucha confianza. La ardilla se sorprendió de tanta naturalidad, siendo como era, la primera vez que veía a esa hormiga por ese lugar… La hormiga le pidió perdón y le confesó que le había confundido con otra ardilla: “Como sois todas tan iguales…” _dijo la hormiga. La ardilla se enfadó mucho con ese comentario y le dijo a la hormiga que ella no se parecía en nada al resto de ardillas, que ella era especial y diferente. La hormiga le dijo “¿En qué eres diferente?” y la ardillita no supo qué contestar…

Aquello fue ya el colmo. Estaba muy harta de tener que vivir rodeada de animales que ella no había elegido. ¿Por qué tenía que ser así? Entonces los decidió. Se iría a una cueva al otro lado del valle. Allí no se enfadaría con nadie ni tampoco echaría de menos nada. No vería a su amada garza pero tampoco así la echaría de menos. Saldría cuando le diera la gana y no tendría que aguantar los caprichos de otras ardillas. Dicho y hecho, al día siguiente partió sin despedirse.

En esta cueva la ardilla enseguida encontró paz en su interior, una paz que en su valle de origen jamás habia conocido. De vez en cuando se acordaba de las risas de sus amigas y de las fiestas que preparaban al llegar la primavera… También había tenido que acostumbrarse a vivir sin las deliciosas avellanas o las apetitosas piñas de las que se había alimentado toda su vida. Pero todo eso le compensaba el hecho de no tener sufrir por malentendidos, críticas, prejuicios, indecisones o relaciones no correspondidas. Allí se sentía libre.

Desde la cueva salía cuando quería, sabía a qué atenerse, nada ni nadie le molestaba, y siempre que quería podía hacerse invisible para el mundo, ahondándose en su intimidad sin tener que lidiar con nada que puediera desequilibrar su paz.

Una mañana se coló una hormiguita en la cueva. Era tan pequeña que hubera sido imposible cerrarle el paso. Se acercó a ella y le saludó con naturalidad. La reconoció enseguida, era la hormiga “metomentodo” del valle…” El insecto y la ardillita empezaron a hablar y la hormiga, con su acostumbrado descaro, le dijo que la forma de vivir que en ese momento llevaba la ardilla era demasiado fácil. Argumentó que no tenía ningún mérito encerrarse en un lugar donde no tuviera que arriesgarse por nada, sin de sorpresas o situaciones incontroladas. Cualquiera podría hacerlo, decía la hormiga. La ardilla contestó muy enfadada que ella no tenía por qué aguantar a un pequeño ser insignificante que venía a la intimidad de su cueva a romperle su paz. Así que la hormiga se fue por el diminuto agujero por el que había entrado…

Pero claro, la ardilla se quedó de nuevo pensativa con esta provocación de la hormiga… Entendía que desde su cueva ella decidía a qué y a quién quería mostrarse. Buscando lo seguro era fácil poner distancia entre ella y los problemas, con lo que era sí, demasiado fácil, mantener el equilibrio interior… Así que decidió que, ahora que conocía lo que era la paz, volvería al valle donde había nacido y trataría de buscar esa energía interna estuviese con quien estuviese.

 

Y no fue nada fácil… Tanto porque en ocasiones las exigencias de sus compañeras le provocaban irritación, como porque las preciosas plumas de la graza rosada le emocionaban desde lo más hondo, la paz interior flaqueaba cada dos por tres. Mantener ese equilibrio que había conocido en la cueva estando ahora rodeada de interacciones y de estímulos no era nada fácil. Pero su empeño era grande… ella conocía ese estado interior y quería volver a él. Tras muchos años de práctica, la ardilla al final lo logró…

Expuesta libremente a todo lo que pudiera surgir, sin controlar lo que surgía y entraba en su vida, aprendió a utilizar cada situación como combustible para seguir creciendo y madurando. En esta vuelta al valle los altibajos de la vida no le robaban su salud ni su energía… El valle ya no era una limitación. Nuestra querida ardillita estaba abierta a las sorpresas, le gustasen o no, y conseguía hacer que resultaran ser lo mejor que le podía pasar. Ahora la ardilla dejaba que se acercara a ella quien quisiera, y siempre se acababan llevando bien. Había por fin integrado esa paz interior en la que cedía el control y se exponía libremente.

Y en esto andaba día a día cuando, una mañana de soleada brisa apareció como de la nada a su lado la hormiguita. Otra vez con la misma naturalidad y desparpajo de siempre le empezó a hablar. Estando ahora en paz, la ardilla no sintió como otras veces su presencia como una incomodidad espontánea, pero sí, como las veces anteriores, lo que de ella escuchó se quedó rebotando en sus pensamientos toda la noche.

“Es curioso ver lo bien que te llevas con todos. Vienen a ti y tú los aceptas, los acoges y los integras en tu vida como si nada… Has cambiado mucha ardillita. Pero… ¿Has ido alguna vez a la parte norte del valle? Allí todo es enfermedad y tristeza… allí se te haría muy duro conseguir lo que en esta parte del valle ya tienes tan asumido”

Efectivamente, en el lado norte del valle había lo que se conocía como “cementerio” de animales. Allí se preveía imposible alcanzar la más mínima gota de felicidad. Tristeza, soledad, pesadez y agonía invadían el aire. Los animales que iban a morir se abandonaban a su final con la esperanza de no recibir estímulos que les distrajeran de su inerte estabilidad.

La ardilla se había empezado a imaginar a sí misma como un agente de cambio, adaptable a cualquiera por mucho que estuviera lleno de negrura y espesor. Encontró en sí misma un reto al cual quería enfrentarse. Se veía fuerte, resistente, capaz de sobrellevar cualuiqer momento o situación dolorosa. Esperanzada por su ya conocida confianza, asumía que el dolor , la muerte y la desolación la invadieran. Contaba con la idea de que el tiempo allí también era inagotable y que, aunque más despacio, sin hacer nada, dejando que la locura pasara a través de ella, se repondría sin problemas, respirando, inmóvil hasta que la negritud pasara de largo.

Volvió a empacar sus cosas. Seria, segura de si misma, esperó a que salieran los primeros rayos de sol y emprendió su camino hacia el norte del valle, hacia el cementerio.

En su interior reconocía además un ansia por acercarse a ello, una culpa y un dolor que se le hacían familiar. Como si su destino siempre hubiese sido ese, porque se creía merecedora de todo el mal alrededor de ella. Al llegar así lo cerceró, esa espesura también hbaitaba en ella.

Al llegar encontró silencio, calma, una tranquilidad triste y melancólica. Había animales sí, cada uno en su cueva, en su madriguera, en su nido del árbol. Se miraban sí, de vez en cuando, en miradas furtivas con ojos vidriosos, apagados, casi cerrados. Y a lo largo del tiempo también descubrió miradas de odio, de envidia, de arrebatamiento de cualquier atisbo de vida. Se deseaban el odio, la muerte, con deseos por robar, para hacer desaparecer cualquier rasgo de alegria. Y la que había llevado consigo la ardilla, aunque estuviera disfrazada u oculta, se dejaba ver en pequeñas situaciones del día a día, como cuando se levantaba temprano para lavarse la cola en el río o como cuando saltaba de rama en rama recolectando avellanas. Poco a poco le fueron quitando esa vitalidad, la hiceron suya, y una vez dentro, la deshicieron. Eran animales desgastadores, eliminadores de vida. Por eso estaban en el cementerio, no porque fueran a morir, sino porque hacían morir todo lo que interaccionara con ellos.

La ardilla empezó a perder pelaje, adelgazó, le dolía el cuerpo, envejeció en poco tiempo. Poco a poco se fue aletargando en su escondrijo. Cada vez necesitaba menos para comer y cada vez le molestaba más cualquier pequeña ráfaga de luz. Se quedaba en sus pensamientos, regodeándose en la miseria de la vida, el sinsentido de la existencia, la pena y la tristeza. Había olvidado los colores de su valle, la suavidad de la garza, el sabor de los alimentos. Esperaba la muerte, auqnue ya se sentía sin vida.

Algo le hizo cosquillas en su pierna un día. Abrió mínimamente los ojos y ahí estaba la hormiga. “Hola querida amiga. Sabía que esta última prueba iba a ser difícil para ti. Pero si estás escuchándome ahora, si has notado mis patitas sobre tu poco pelo es porque estás en disposición de escucharme. Me creas o no; todavía puedes moverte, encontrar la luz y limpiar su cuerpo. Comer algo y saltar. Vence la muerte, sigue creyendo en ti, encuentra tu vitalidad. Busca esa luz que hay dentro de tí y que nunca se apaga. ¿qué color tiene? Búscala y date a ella” Y dicho esto, la hormiguita se fue.

La ardilla supo que no había sido un sueño aunque tuvo por algún momento sus dudas.

¿Quedaba luz en su interir? ¿Qué color tenía? Respiró, se obligó a sentir su piel, su carne, su pelo, sus músculos y su corazón, y en una de esas insipiraciones la vio. Era una bola lumnosa en el centro de su pecho. Una luz roja, pequeña, diminuta pero intensa, viva, como un pequeño sol, como un universo dentro de ella, y de la luz, de la bola roja de energía se extendían cuatro rayos de luz amarilla que se extendían hacia arriba, abajo y hacia los lados de su cuerpo. Se reconoció en ella. Allí estaba ella. Esa bola de luz roja, con sus extensiones lumnosas era ella. Sonrió, familiririzada con la alegría de saberse viva. Rompió a llorar. Y se movió, y se estiró, y se levantó. Y rió y dio gracias. Ella seguía ahí, nunca se había ido. Y había paz, había tranquilidad, no había nada que hacer. No había nada con lo que luichar. Salió al exterior, miró el cielo. Él siempre lo había sabido. Se acercó al río, tocó el agua con sus patitas, ella siempre lo había sabido también. Y miró a los árboles, y estos le sonrieron. “Hola de nuevo” le dijeron.

Sintió la comprensión, el entendimiento, la aceptación, la bienvenida continua. Sonrió y dió las gracias poniendo las manos en su corazón, en su bola de luz roja luminosa extendida a todo su ser. Seguía allí y nunca se iría. Se tumbó en el suelo y decidió quedarse allí un rato, dejando que la vida, estando ella abierta, le entregara todo lo que tuviera que darle.

Y los días volvierona  su curso, y las ramas volvieron a ser recorridas en búsqueda de alimentos. Ganó peso, ganó lustre, recuperó la alegría. Sentía amor por las miradas de dolor que se cruzaban en su rutina. Les enviaba aamor y ternura en cada vistazo. Les sonreía incluso cuando ellos ya hubieran apartado sus ojos. Ya no podían quitarle su dicha.

Y así permaneció no se sabe cuánto tiempo. Hasta que un día se encontró a un caballo bebiendo en el río. Era la primera vez que algo así le sucedía. Y al poco, se encontró a un erizo alimentándose con unas bellotas cerca del árbol donde comía ella. Al tiempo descubrió dos caimanes enroscándose y chapoteando en el río. Y cuando menos se quiso dar cuenta empezó a normalizar que a su alrededor la vida interaccionase y los animales se empezaran a mover. Las miradas pasaron a ser menos furtivas y los encuentros casi nada ya peligrosos.

Nuestra ardillita siguió creciendo en lo que antiguamente había sido un cementario de animales. Y sus días, lentos y tranquilos se veían acompañados por amigos y momentos felices y entrañables. Vivía de nuevo en un una valle ahora esplendoroso, lleno de colores, alimentos y vida nueva a cada instante.

Cuando ya empezaba a hacerse mayor, venían animales a visitarla, a contarle sus problemas o sus alegrías, a compartir con ella sus más hondos pensamientos. Y un día apareció un joven lince que le confesó que a pesar de vivir en el lugar más mágico y paradisiáco jamas imaginado, él se sentía profundamente enfadado y disgustado con la vida, porque estaba harto de tener que compartir todo aquello con más animales, y depender de otros para poder hacer lo que él realmente quería hacer. No se sentía libre. La ardillita le dijo: “¿Qué te hace a tí diferente como para no poder compartir con los demás una vida tan dichosa?” y el lince, enfadado, se fue de allí sin contestar…

Al cabo de unos día se enteró que el lince había abandonado el valle, informando a su familia que se iba en busca de un lugar donde no echara de menos nada, donde poder hacer lo que le diera la gana y donde no tener que aguantar los caprichos de otros linces. Al oir aquello la ardillita comprendió que se encontraría tres veces más con el lince antes de cerrar para siempre los ojos. El primer encuentro sería cuando fuera a visitarlo a la cueva donde el lince acababa de irse. El siguiente cuando el lince volviera al mismo valle de donde había partido y del que volvería a irse. Y por último, un encuentro final, en el cementerio donde irremediablemente el lince acabaría sus días. Y así todo volvería a empezar.

 

 

 

1.      CUEVA: Deja todo lo que te atrae emocionalmente y métete en la cueva. Interiorízate. Lejos de cualquier cosa q t active (deseo, orgullo, envidia…) para tener energía interna y ajustarnos. Llega a convertirse en una limitación cuando se ha superado el desequilibrio. Es un experimento, tú controlas todas las variables y decides a qué te quieres exponer. Buscas lo seguro, lo que 100% te va a gustar. No quieres arriesgar, ni sorpresas… te reúnes con personas que ya conoces, te juntas con quien sabes que te vas a llevar bien. Limitando nuestra exposición a algo que sea manejable. Evasión: se crea distancia entre nosotros y todo lo que pueda promover estados aflictivos.

2.      VALLE: cuando ya se ha superado el desequilibrio interno y hay madurez, te expones libremente a todo lo que pueda surgir. No controlas lo que surge, pero lo que surge lo utilizas como combustible para seguir creciendo y madurando. Es una vuelta, un regreso al valle. Los altibajos de la vida no te roban tu salud ni tu energía y el valle ya se convierte en una limitación. Estás abierto a las sorpresas, te gusten o no, y te entrenas para que sea lo mejor que te puede pasar. Dejas que se acerquen a ti quien quiera, y tú te entrenas a que venga quien venga, te acabas llevando bien. Ceder el control y exponernos libremente. Integración.

3.      CEMENTERIO: a propósito, eliges el lugar más duro, el que más te reta…para que tengas mas donde trabajar y superar. Se busca encontrar la divinidad incluso alrededor de espíritus malvados. Aquí encuentras lo que menos te gusta y aprendes a transformar tu mente para que lo antes no te gustaba nada, ahora te encante. Te acercas a la persona que menos te gusta y te acabas maravillando de ella, aprendes a tener paciencia, cariño y respeto a esa persona. Buscar situaciones exigentes para superarnos. Transmutación. Percepción.

CARNE DE CAÑÓN PARA NARCISISTAS

 

Ayer vi una miniserie completa en Netflix, del tirón. Doce capítulos de veinte minutos casa uno. Hubo un momento en que la propia aplicación me llegó a preguntar si estaba segura de que quería seguir vienda la cinta. Y es que llevaba ya vistas anteriormente dos pelis seguidas, las dos últimas partes de Juegos del Hambre, que en libro pertenecen al último de la trilogía, el cual devolví hace dos días a la biblioteca, después de cuatro meses de lectura casi adictiva.

Cuando cojo algo, lo cojo con ganas.

Cuando acabó la última peli, llena de violencia y melancolía, seguía sin tener sueño y pensé que me vendría bien una peli de más humor, o por lo menos más fresca. Había dejado a los niños esa tarde con su padre, empezaba un fin de semana sin planes, sola por fin, y me había estado hartando a tabaco, pasta con bacon, pringles con queso, cacahuetes y yogur.

Me puse esa miniserie, que del título ni me acuerdo, y que sí, cumplía mis requisitos de argumento ameno y ligero, aunque a la vez tenía mucha trascendencia para lo que llevo viviendo últimamente y además los protagonistas, una hindú y un inglés, lo hacían muy bien.

Después de muchos años de amistad, con enganche mutuo pero sin llegar a culminar en ningún momento en relaciones sexuales, los dos amigos deciden hacer su vida por separado, viendo claramente de cara la real incompatibilidad entre ambos. Ella, una mujer brillante intelectualmente, con pocos recursos económicos y un físico “del montón”, y él un hombre exitoso en el mundo de la telebasura, consumidor de alcohol y las drogas y espectuacularmente atractivo.

No vengo a decir aquí que yo haya pasado por una relación de pareja con esas características (aunque si alguien decidiera hacer una miniserie de mi última relación, apelando a necesidades cinematrográficas podría haber estirado el hilo hasta tal punto que hubiera podido acabar retratándonos así) Pero lo interesante, y a eso voy, es que cuando la chica por fin decide dejar de quedar con él, lo primero que hace es coger su ordenador y ponerse a escribir.

A escribir aquello que durante tantos años había tenido dentro y que no se decidía a salir en el papel. Y eso es lo que me está pasando a mí.

El martes pasado puse fin a una relación con un hombre que no iba a ninguna parte.

Llevaba tantos años enganchada a la fantasía de él que incluso estando casada, y criando hijos con otro hombre, me compraba ropa pensando en si a él, no a mi marido, si no a él, le iba a gustar.

Así que después de muchos años, para ser más exacta trece, me pongo delante del ordenador, libre por dentro y por fuera, decidida a escribir cómo una fuerza dentro de mí me llevaba a ser “carne de cañón para narcisistas” y cómo ahora mis dedos se mueven con decisión dispuesta a contar todo lo que viví. Allá voy. Dale al play.

CARACOL ARCOIRIS (CUENTO INFANTIL)

 

Caracol Arcoíris

Érase una vez un caracol que nació en una familia muy grande, acomodada en un jardín precioso lleno de insectos y pequeños animales.

Este caracol tenía algo diferente a los demás caracoles, y era unas larguísimas antenas. Desde que era muy pequeño, sus desproporcionadas antenas le habían ocasionado muchos problemas, ya que el jardín donde vivía no parecía estar hecho para unas antenas como las suyas. Se enredaba con las ramitas del jardín, se trastabillaba consigo mismo mientras caminaba, acababa rodando por los caminos, las arrastraba por el suelo cuando de puro sueño no podía ni levantarlas… Era en ocasiones, ¡muy molesto!

Un día, después de tres largos días de intensa lluvia, salió por fin a pasear entre los rayos del sol. ¡Ay! Qué feliz se sentía… Por fin otra vez disfrutando del fresquito de la tierra mojada, del brillo de las hojas húmedas… ese olor a vida nueva después de la lluvia… Tan a gustito se sentía… notaba como si un millón de mariposas juguetonas estuvieran masajeándolo todo su cuerpecito… mmmm…se estiró se estiro…notando como el solecito entraba por cada centímetro de su piel y de su caparazón. Estiró y estiró las antenitas y… ¡plin!

¡Madre mía! Un pequeño arco iris se instaló de punta a punta de sus antenas.

¡Vaya! ¡Qué sensación tan maravillosa! Jamás había sentido una satisfacción más grande. Se acercó a un charco y, reflejándose en él lo comprobó con total seguridad. Sí, sí, un pequeño y definido arcoíris, como recién nacido le saludaba entre sus largas antenas. ¡Qué bonito!

Esa misma noche cuando se encontró con sus padres en la cena, les contó su experiencia.

-        Mama. Papa. No sabéis lo que me ha pasado. Hoy estaba tan feliz, tan feliz, tan feliz, que cuando no podía estar más feliz y más a gusto, me ha salido un arcoíris entre mis antenas. ¿No es maravilloso? ¿Sabías que podía hacer eso?

Sus padres se miraron uno al otro, esbozaron una sonrisa.

-        Hijo, esto es la mejor noticia que podíamos oír. - dijo su padre- has sacado el don de tu abuelo. Después de 13 maravillosos hijos, ¡Por fin uno que hereda el don del arcoíris!

-        ¿Cómo? ¿Y eso qué quiere decir?

-        ¡Cuando tenía el arcoíris en sus antenas, tu abuelo era capaz de cumplir cualquier deseo! – sus padres sonreían de par en par, se abrazaban entre ellos.

-        ¿En serio? - gritó el caracolito- ¡Buah! ¡Estoy deseando que vuelva a salir el sol para poder poner en práctica mi superpoder!

Esa noche efectivamente se durmió pensando en todos los deseos que podría pedir en los próximos días de sol: tener un patinete nuevo, comerse el primer trébol de la temporada, tener un postre dulce después de cada comida, pasar a una habitación más grande… sentarse al lado de la oruga Muga en clase…. ¡Ains, cuántas cosas podía desear! ... y así se durmió.

Pero, al día siguiente no salió el sol.  Y tampoco en los tres días siguientes. Pero esto le permitió al caracolillo afinar más sus primeros deseos. Ya lo tenía casi casi claro.

Por fin, cuando vio asomarse el sol en el jardín de su casa, salió todo lo rápido que pudo, deseando ser invadido por sus calentitos rayos.

Y ahí tumbado, encima de una reluciente hoja fresca, disfrutando del olor a tierra mojada, volvió a sentir esa indescriptible sensación que le recorría su cuerpo con la fuerza de un huracán. Volvió a sentir esa felicidad recorriéndole de arriba abajo e invadiendo su cuerpecito, hasta llegar a la puntita de sus antenas, que estiró y estiró. Extasiado de placer, ¡cuando…plin!

De nuevo el arcoíris. ¡Que bonito! Esta vez era incluso un poquitito más grande. ¡Qué alegría! Estaba a punto de decidir entre el patinete o poder comerse el primer trébol de la temporada cuando escuchó desde el otro lado de la enredadera….¡Ojalá pudiera mover esta dichosa miga de pan y llevármela a mi casa!

¡Alto! - se dijo a sí mismo el caracol- ¡¿Quién ha dicho eso?

Se asomó al otro lado del arbusto donde se había acomodado y vio a una pequeña hormiga intentando mover una enorme miga de pan atascada entre dos piedras. Se acercó a ella:

- ¿Quieres que te ayude? - le dijo el caracol.

-        Si, por favor, - suplicó la hormiguita- llevo tres días esperando a que salga el sol y seque esta suculenta miga de pan. Y ahora que por fin llego a ella ¡¡¡no puedo levantarla!!!

-        Yo te ayudaré- dijo el caracolillo…

-        ¡Muchas gracias! - contestó la hormiguita…

El caracol empujó una de las piedras, haciendo más fácil a la hormiguita coger la enorme miga de pan y cargar con ella sin dificultad

- ¿Qué contentos se van a poner mis cuarenta y dos hijos! - dijo la hormiga. ¡Hasta otra! ¡Eres mi héroe!!

Vaya, vaya, esa noche el caracol se fue a la cama prometiéndose a sí mismo que, aunque había sigo genial que la hormiga le llamara super héroe, el próximo deseo se lo concedería  A SÍ MISMO!!!

Afortunadamente, a la mañana siguiente salió un ardiente sol. Y el caracolillo no hizo esperar su ilusión por salir a comprobar su don. Inevitablemente, otra vez, dejándose llevar por el deseo de su cuerpecito, siguió el calor y se dejó llevar.

Mmmm qué gustito, otra vez, la frescura de la tierra, el olor a aire limpio, el brillo de las flores.

Mmmm se estiró y estiró repleta de sensaciones gustosas y sus antenitas empezaron a estirarse y estirarse, casi con voluntad propia, como queriendo llegar al sol cuando de repente. ¡plin! ¡Ahí estaba! ¡El arcoíris! Qué bien, ¡qué bonito, y qué grande, cada vez más!

Vale, ya está voy a ser rápido, pensó el caracol. “A la de tres pido mi deseo: una, dos y…”

Cuando sus pensamientos fueron interrumpido por otra voz.

¡Mecachis, mis hermanos me están siguiendo y van a acabar con todo el polen de esa preciosa flor!

¿Cómo de donde venía esa voz? Levantó la vista y vio a una pequeña abeja usando todas sus fuerzas para volar con mucha rapidez, con cara de esfuerzo y alas pequeñitas batiéndose con mucha fuerza.

¡hola, puedo ayudarte? - dijo el caracol. Por mucho que ella volaba, parecía casi no avanzar.

Siiii…quiero llegar a esa flor roja tan hermosa y llena de polen que está al otro lado del estanque, pero mis hermanas vienen detrás y estoy segura que la verán y la querrán, y y con lo rápidas que son , llegarán antes que yo…

Entonces el caracol pensó una estrategia y le dijo:

Tranquila, yo les distraeré. Tú sigue volando, no pares!

Entonces, en muy poquito tiempo, efectivamente, pasaron una grupito de cuatro abejas zumbando felices, en dirección al estanque. Y el caracol empezó a toser escandalosamente.

Las abejas no pasar por alto que el caracol estaba en un aprieto.

¿Estás bien, caracolillo? – dijo una de ellas.

No, no, dijo. Estoy muy mal. Me he atragantado con un poco de trébol. ¿Podéis traerme un poco de agua, por favor? Sino me moriré.

Todo esto lo dijo el caracol entre toses y poniéndose rojo de aguantar la respiración.

Y entonces las cuatro abejitas recogieron una gotita de agua con su aguijón y se la traspasaron a la boquita del caracol.

-        Muchas gracias, muchas gracias, me habéis salvado la vida abejitas…

-        Adiós, adiós- dijeron ellas. Y ten más cuidado la próxima vez

Cuando el caracol miró hacia el estanque vio que a la flor ya no le quedaba polen y se pudo muy contento. Sonrió para sus adentró y pensó que tampoco estaba tan mal eso de ayudar a lo demás a cumplir sus deseos.

Esa noche soñó con su abuelo. Él nunca lo había conocido, pero soñó que estaba con él y le hablaba.

“Querido nieto, nuestro súper poder consiste en cumplir los deseos de los demás. Eso es lo que te dará la felicidad. Cuanto menos pienses en tu felicidad y más en la de los demás, más feliz serás tú. Y cuanto más pienses en la felicidad de los demás, más feliz serás tú”

Efectivamente, con el paso del tiempo, no dejó de ayudar a otros animalillos e insectos a cumplir sus deseos, y ¿sabéis lo que pasó? Que así también sus deseos se vieron cumplidos. Un ratoncito le regaló un patinete. Un grillo le regaló el primer trébol de la temporada. Una mariposa le dejaba un dulce cada día en la ventana de su habitación. E incluso su hermano mayor acabó regalándole su propia habitación, la más grande. Y todo porque les había ayudado a cumplir sus deseos.

Una noche, soñó con su abuelo, y esta vez le decía él:

“Abuelito, qué contento estoy con mis grandes antenas, he descubierto su verdadero poder: escuchar mejor que nadie las necesidades de los demás, y así es como les puedo ayudar. ¡qué contento estoy de poder escuchar las necesidades de los demás!”

Y cuento contado, ya se ha acabado. Ayudando a los demás lo habremos aprovechado.

MI CAMA, AUTOCUIDADOS

 

Mi abuela me ha dicho que me cuide.

Ella tiene prolapso vaginal. Dice que le vino por culpa de lo mal que le trataron los médicos en sus tres partos.

Creo que mi abuela jamás se dedicó un solo momento de autocuidados.

Y yo, que ya he roto la cadena, me la voy a dedicar.

Mi cama. Mi habitación. Me da tanto placer prepararla para lo que va a venir que siento algo parecido a un orgasmo. No estoy sonriendo, pero por dentro soy una niña dando saltos de alegría.

Me encanta haberle quitado las patas. La base tapizada toca directamente con el suelo y encima cae el colchón. Qué bien hice en comprarme ese colchón viscoelástico de aloe vera, de dos por dos. Es de super buena calidad, son lo tacaña que soy yo para comprarme cosas para mi misma, tener ese colchón me recuerda que me he propuesto cuidarme y darme valor.

Me voy a ir de viaje a mi cama y estoy deseando embarcarme encima de ella y volar.

De un lado al otro de la casa, voy poniendo encima todas las cosas que necesitaré.

Mi ordenador, con cargador y ratón, por si me da por escribir, o buscar ropa en Vinted, o mirar el Facebook o lo que sea.

Mi móvil para tener a mano wasap y llamadas.

Mi diario y su boli. Hoy todavía no he escrito.

Mi libreta de escritura, por si tengo alguna inspiración.

Mi libreta de terapia, por si la necesito para recurrir a algún consejo último de mis última sesiones.

Agua, en jarra con tapón.

También pongo en “la maleta” la novela que estoy leyendo “Los juegos del hambre”, el primer tomo. Añado el “Maestro del Corazón” que aunque es bastante difícil de comprender, me tiene enganchada, y por último pongo sobre la colcha “Siete agujas de coser”, el libro que tengo que leerme antes del martes para el club de lectura.

También pongo encima de la cama las cartas de tarot. Y mi registro de menstruación y el calendario lunar.

Y mi aceite de coco, y mi vibrador, seguro que en algún momento me pongo cachonda.

Este fin de semana me pongo al día de mí. Me relleno de mí. Ahí en mi camita. Tan a gusto y tan cómoda. estoy deseando dedicarme un tiempo indefinido a entrar a mi cuerpo e ir repasando los recovecos. 

AGARRADA AL POMO DE LA PUERTA

 

AGARRADA AL POMO DE LA PUERTA

Era el 25 de noviembre, a las once y media de la noche. Al entrar en mi casa, la cuarta planta de un edificio en la Gran Vía de Valencia, cerré la puerta y me quedé petrificada de pies a cabeza. Llevábamos todo el día buscando a Tomás, y después de quince horas, volvía a casa sola, sin saber nada de él.  Y allí, de espaldas al recibidor, mi mano derecha se quedó agarrada al pomo de la puerta.

Recuerdo pensar que lo único a lo que me sentía unida en ese momento era a aquel pedazo de acero. Era el último punto que me quedaba entre lo que había pasado fuera y lo quedaba dentro.

El salón comedor estaba detrás de mí, al lado del recibidor. Era una estancia luminosa y elegante, con bonitas lámparas doradas y exquisitos muebles de madera lacada. Con una parte para tomar el té y ver la televisión y otra con espacio suficiente para grandes comidas con muchos comensales. Sus grandes ventanales eran de fino cristal y tenían tupidas cortinas. Daban a la Avenida y tenía un estrecho y alargado balconcito donde salía a fumar.

Sentía que la casa me estaba esperando, pero no me atrevía a girarme.  “En algún momento tendrás que soltarte, Olga”. Era el sofá que me hablaba. Su voz era grave, de hombre y se me dirigía a mí desde lo alto de mi espalda. Las ocho sillas de la mesa ovalada, donde comíamos los domingos, le siguieron ansiosas. “Eso, eso Olga, ¡venga reacciona!” Aquellas voces finas y estridentes me pitaban en los oídos.

En el cuarto de baño principal, al principio del pasillo al otro lado del recibidor, empecé a oir a mi espejo. Dorado, con detalles de flores esculpidas en la madera maciza, me decía con voz lenta y susurrante que no pasaba nada, que todo saldría bien, que era guapa, que era buena y que todo se solucionaría. Eso no me gustó nada y me sentía ridícula porque me vía a mí misma diciéndole esas cosas a mis hijos cuando había algo de lo que quería que no se enterasen.

Yo seguía aferrada al frío pomo. En aquella casa yo siempre estaba al mando, pero en aquel momento no podía dar un paso, y tenía miedo de que si me giraba la casa viera mi incapacidad como capataz.

Pensé que en aquel momento quizás la cocina podría entenderme y, como si me hubiese leído el pensamiento, la oí. aquella mañana, como siempre la había dejado limpia y recogida, con la cena en la olla lista para calentar. Me preguntó desde el final del pasillo, “Cariño, ¿por qué no entras?” Las lágrimas empezaron a caer por mi cara y me alegré de sentir por fin un poco de calor.

Y empecé a estar muy cansada. Mis piernas empezaron a pesar demasiado. Quería dormir, pero tenía miedo de soltarme de aquel punto de unión a un mundo en el que todavía no había desaparecido Tomás.

Más allá del recibidor se repartían a lo largo del pasillo los cuatro dormitorios. Uno de cada hijo y otro de Tomás y mío. Las camas, con grandes cubres y almohadones simétricamente colocados, estaban mudas. Los armarios, grandes, de madera y llenos de ropa tampoco decían nada.  

Por fin encontré el acompañamiento silencioso que necesitaba. Dejé caer mi mano del pomo de la puerta. Y con las pocas fuerzas que a mis piernas le quedaban fui andando hasta mi dormitorio, me tumbé en nuestra cama y, vestida como estaba, me dormí, pensando que a partir de la mañana siguiente ya nada sería como antes.

EL MUÑECO NEGRO

 

El muñeco negro

Ya estoy dentro del piso de la Calle Cuenca. He abierto la caja con mis cosas que saqué de su casa a todo correr el día que me fui. Clasifico lo que hay dentro. En un montón dejo lo que se queda conmigo y en el otro lo que tiro al contenedor.

Meto las manos. Mis dedos se hunden en algo blando y pequeño. Me paro. Suspiro. Le rodeo por la cintura y lo saco. Sosteniéndolo en el aire, siento su peso. El tronco es ligero porque está hecho de tela, pero la cabeza, las manos y los pies le cuelgan, al ser de porcelana. Pongo su cara a la altura de la mía y nos miramos a los ojos. Esos ojos que me han mirado desde que tenía seis años.

Habíamos pasado la tarde por Valencia. Mi padres, mi hermano, mi abuela y yo. Nos entró hambre y entramos en un restaurante americano que acababan de abrir. Me acurruqué a mi madre mientras por delante de mí pasaban cubos de pollo frito. Empezó a invadirme el olor a aceite usado y noté ganas de vomitar, mareo y falta de aire. Mientras me limpiaba las lágrimas y los mocos en la falda de mi madre una mano caliente cogió la mía. Mi abuela Olga me llevó hacia ella: “Ven, Olguita, te voy a enseñar un muñeco que te va a gustar mucho”

Salimos a la calle y paramos en el escaparate de una tienda de antigüedades. Me señaló un muñeco de color negro, con faldón y gorro de pana. No me gustaba, pero mentí y dije que me encantaba. Había aprendido que tenía que decir a todo que sí, sonreír siempre y nunca enfadar o entristecer a nadie. Mi abuela también había aprendido eso de pequeña.

Unos días después vino a vernos a casa y traía el muñeco negro. Mi madre lo colocó en la estantería del salón. Dijo que era demasiado valioso como para andar arrastrándolo por ahí con el resto de mis muñecos.

Desde entonces, si me cruzaba con sus ojos me detenía en seco. Tenerlo en el salón me paralizaba y me recordaba mi mentira.

El día que me casé mi madre me regaló una bolsa “con cosas de tu infancia”. Allí estaba el muñeco negro. Le hice un sitio en la estantería del salón. Desde allí estuvo vigilando durante diez años.

Le aprieto entre mis dedos. Le miro a los ojos. Sonrío y le dejo en el suelo.

De uno de los bolsillos de mi abrigo saco los papeles del divorcio, y del otro, un boli. Me acerco a la mesa y una a una, voy firmando todas las hojas.

Voy hacia la puerta y justo antes vuelvo la vista. El muñeco negro mira hacia arriba desde el montón de lo que ya no quiero en mi vida

La Oficina de Correos cierra pronto y tengo que darme prisa. Salgo a la calle, me echo a correr. Soy feliz.

REPARAR EL BARCO EN MEDIO DEL OCÉANO

 REPARAR EL BARCO EN MEDIO DEL OCÉANO

Nunca he hablado directamente sobre la infidelidad con una pareja real. Y si lo he hecho ha sido con parejas difusas, y con mucho miedo, no en un diálogo abierto y respetuoso, escuchando la opinión del otro, empatizando, y dejando que mis palabras  fluyeran desde el corazón, como estoy haciendo ahora, sin miedo a sentirme juzgada. Si lo he hecho ha sido con la seguridad de sentirme juzgada, y con miedo a que el que tenía delante me echase en cara que mis sentimientos no eran válidos, o acabara yo cediendo a sus acuerdos y modo de ver las relaciones, y la infidelidad.

¿Que mi amado chatee con otra chica, le envíe fotos de lo que está cenando, y le envíe las mismas fotos que a mí de la chimenea de su casa un domingo por la noche; es infidelidad? No, si no se ha hablado anteriomente de los acuerdos a los que mutuamente queremos llegar. No si uno de ellos, en este caso, yo, no ha reflexionado sobre lo que acepta y lo que no, y si, al verse de frente ante esa realidad, vivida con el dolor de una traición, se cree que es ella la que tiene que cambiar, la que tiene que desmontar sus paradigmas sobre fidelidad, porque están ya obsoletos y son cerrados, o porque cree que si no se adapta a los valores de él, lo va a perder.

Y sí, creo que le hubiera acabado perdiendo. Y sí, en realidad yo jugué sucio porque le hice creer que me aposentaba en unos valores que no eran míos, le hice creer que teníamos los mismos acuerdos. Implícitamente.

Pero la verdad es que no era así.

Y la verdad es que decidí darle todo lo que él quería, no molestarle, no incomodarle, no hacerle resquebrajarse ni un ápice su cimiento de valores, con tal de que se sintiera tan feliz a mi lado, que se sintiera el hombre más afortundado del mundo, que creyera haber encontrado a la mujer de sus sueños, pero ¿de verdad, hasta cuándo creía que iba a poder fingir yo algo así? En el fondo, ¿creía que podía repara el barco en medio del océano? No, estaba claro que iba acabar saliendo todo a la luz, porque afortunadamente, la vida es más fuerte que yo, y sin saberlo, mi inconsciente iba haciendo su trabajo. ¿que tan poderosa me creo? ¿Exceso de confianza? ¿fantasía de omnipotencia?

Cuando fuimos a Marruecos y vi, delante mío, exactamente a la mujer que yo quería ser para él  y que ella no tenía que hacer nada más que ser ella misma, me derrumbé. En aquel momento fui muy infeliz, pero poco a poco, gracias a la reflexión, a la calma para pensar, y al buen acompañamiento terapéutico, me dí cuenta que tenía que estar muy agradecida a esa chica palo, alegre y vivaraz, actriz, bailarina, payasa y meditadora yóguica con un suelo pélvico de muerte, de que se hubiera puesto en mi camino.

Cuando delante de la hoguera, en una de las cenas más románticas que pasé con él en nuestro último mes, cuando yo, para poder sostener aquella situación, había decidido verlo como un “follamigo” para que no me sentaran mal sus idas y venidas, sus quedadas con amigas y sus fines de semana en curso o de fiesta... allí, después de hablar de todo el mundo, de nuestros amigos y de las relaciones de otros... cuando le pregunté ¿y nosotros, qué? Y bueno, él dijo que estaba super cómodo y tranquilo, y que mientras estuviera así, seguiría todo como hasta ahora. Y que si algo cambiaba pues ... así se quedó. Esa noche luego no me podía dormir, y tampoco fui sincera con él.

Y ahí viene la gran pregunta. ¿qué pasa si los sentimientos cambian?, ¿qué pasa si uno de los dos siente algo diferente, o siente deseo hacia otra persona, o no le apetece estar con quien es su pareja? Mis conclusiones, mis ideas, mi paradigma, mis valores, se acercan a la idea de que depende de la relación.

Si previamente la pareja decide que establecen un compromiso de acuerdos, no quiere decir que tengan que contarse todo, claro, pero que si llega ese momento, asumen el compromiso, por mucho que duela o joda, o dé miedo, pavor, hasta llegar a tener asco de la cagalera que entra, si hay un compromiso de pareja y de futuro, se asume, por encima de todo, a modo contrato, joder y si no no entres, en que eso se va a decir, a comunicar y que se va a ser sincero.

Pero no hace falta llegar a ese compromiso, no hace falta ser ese tipo de pareja, se puede tener una relación en la que se vive al día a día y cuando uno de los dos decide romper o se enamora del otro, se hace lo que se puede, no hay un acuerdo de llegar a acuerdos, son relaciones más unilaterales, no son un trabajo en equipo. Es otro tipo de relación, no hay ese compromiso. Y eso hay que definirlo previamente, porque si no nos confundimos. Por eso le llamo relaciones difusas.

Yo asumí que eso no iba a pasar, lo de sentir deseos hacia otras personas, claro, ese es mi error pimordial, mi base de novela pija america o de película disney, que eso nunca podría pasar, y que si pasa es porque la pareja ha dejado de quererse. Pero venga va, tendré que ir haciéndome la idea, poco o a poco, o de repente, qué cojones, de que ésa es la naturaleza de la humanidad, que irremediablemente nos vamos a sentir deseados y deseosos de otras personas, y que, bien mirado, es bonito, es excitante, es estar vivo, y por mucho que me duela o me arda por dentro, es así. Y si hoy en día sólo de pensarlo me veo como una niña triste y abandonada es porque es una idea nueva en mi a la que me tendré que ir haciendo a ella poco a poco, o desde ya , que cojones, pero una vez me ponga esos zapatos, no quitármelos porque si no, no acaba de hacerse el callo. Si por mi fuera, preferiría no tener que asumir esa idea, la verdad, es mucho más cómoda la idea de que nunca nadie se sentirá atraído por alguien que no sea su pareja, pero joder, mi experiencia, y eso que a mi me cuesta un poco aceptar la realidad, como a todos supongo, es que los demás sienten deseos hacia otra persona, y que yo, joder, yo también siento deseos hacia otras personas cuando estoy en pareja.

Y eso precisamente también ha hecho confundirme mucho a mí, porque cuando he estado en pareja y he sentido deseos hacia otras personas me he hecho dudar a mí misma de lo que sentía hacia mi pareja, creyendo que sentir deseos hacia otros significaba que ya no sentía desos hacia “el mío”. Pero vamos, aquí se me abren mil preguntas, porque es verdad que el deseo hacia tu pareja se puede ir perdiendo, y se va perdiendo, de hecho, y poco a poco llego a la conclusión de que precismanete una de las cosas que hacen perder el deseo es precisamente no hablar, con una mano en el corazón y la otra en los ovarios/huevos, sobre la renovación de los acuerdos cuando hay cambios en las personas individuales.

Te enamoras de alguien y alguien se enamora de tí y tienes miedo a cambiar por si el otro deja de estar enamorado de tí, y precisamente ese miedo al cambio es lo que provoca quqe se pierda el deseo, porque poco a poco la otra persona va perdiendo el asombro hacia tí. Te quedas solidificado en la imagen que mostraste, que fue la que le gustó, para que eso no cambie y en realidad eso es lo que acaba destruyendo la pareja. Y lo más jodido de todo es que, por dentro, irremediablemente, estás cambiando, irremediablenete la vida sigue dentro de tí, aunque hagas creer que no. Rompiedno esa capa de sal que se va formando alrededor de cada persona, es como nos hacemos grandes, y claro, como nos dejamos ver. Y sí, la verdad, asumámoslo, si los valores, los intereses, los deseos, de una persona no son compatibles con los de la persona que se tiene delante, y que siguen por dentro, y aunque por fuera no se vean, acaban saliendo por resquicios de sal que se quedan abiertos. En algunos casos, la vida real sale por abajo, entra al suelo y, un metro más al lado vuelve a contruirse otra persona, llena de todo lo que había dentro de la estatua de sal, que ahora se ha quedado vacía porque su interior se ha mudado. La persona que sigue estando enfrente de esa estatua, de repente la siente vacía y fría, pues claro, ya no hay nada dentro, y sí, una palmadita y de desmorona. ¿Quién miente aquí, quién es traicionado? La persona que está delante de una estatua de sal vacía sigue sintiendo deseos hacia Ias otras personas, como siempre, pero esos deseos son calientes y están vivos, porque todavía no ha creado capa de sal anti-rechazo (que en relidad es pro-rechazo) y el calor atrae a la materia, así que ese calor va haciendose más grande. Y puede ser, y es, de echo, que esa misma persona, enfrentada a una estatua de sal, más o menos vacía, o más o menos independiente de su exterior, también, seguro, irremediablemente en este modelo de incomunicación, también ha ido forjado su propia capa de sal, y su propia figura externa, llena de sí mismo.

Así que, qué cojones, decidamos con quién queremos ser estauas de sal y con quién queremos ser seres vivos, de carne y hueso, de piel extensible que crece y que se muestra suave y caliente, enfrentándose a la realidad, y siendo sinceros de lo que va aconteciendo en su camino. No es necesario tene una pareja de compromiso, pero si se tiene, hay que echarle ovarios/cojones, y si no, quédate por