Se conocieron una noche de luna llena en la playa. Él había estado cenando con unos amigos en su casa y salió a pasear al perro cuando éstos se hubieron ido. Ella había salido a tomar el aire para evitar la incómoda situación de estar viendo la tele con su madre y el novio de ésta en el sofá de su casa.
Él llevaba un tiempo viéndose con varias chicas. Desde que había vuelto de la academia militar ligaba un montón, especialmente porque se había quitado esa inseguridad que en el pasado le impedía ser él mismo. Ella lo había dejado tres meses antes con su novio. Había pasado algunas noches locas con tíos que conocía por la noche de fiesta con sus amigas y le gustaba esa nueva situación personal que le permitía dejarse llevar y tener la mente despejada.
Los dos iban caminando por la misma calle. Él venía dirección norte y ella dirección sur.
“Cuando llegue a la rotonda de la palmera me vuelvo” Pensaron los dos al ver en mitad de la larguísima calle una pequeña palmera en medio de una rotonda, iluminada por una farola parpadeante.
Llegaron a la vez a la palmera. No había nadie más en la calle, que era paralela al mar y desde la que se oía el murmullo de las olas. Las casas a lo largo de la calle eran pequeñas viviendas de verano, algunas muy antiguas, desde donde salían voces de televisores encendidos, que estarían viendo con toda probabilidad familias enteras, con las mejillas sonrosadas de haber pasado el día en la playa. Se oían algunos grillos también. La tranquilidad de la calle ofrecía un contexto semi-hipnótico.
Llegaron a la vez a la palmera. Ella lo oyó a él antes de verlo, cuando llamó a su perro para que fuera hacia él. Él la vio a ella antes oírla, cuando miró a través de la palmera para buscar a su perro.
Pero lo primero que hicieron juntos fue tocarse. Se tocaron mientras ella le ofrecía el mechero que él le había pedido simplemente por curiosidad de ver de cerca sus ojos. Ella aguantó el mechero esperando a rozar con sus dedos, simplemente por curiosidad de saber cómo se sentía su piel.
Los ojos de ella eran pequeños y brillantes.
La piel de él se sentía suave y experta.
Lo segundo que hicieron juntos fue saborearse. Se besaron cuando ya llevaban una hora o más hablando a lo largo de la calle, dirección norte, hacia donde ella iba, desde donde él venía.
Después se olieron. Olieron los fluidos de su cuerpo, olieron los rincones de sus nucas y sus axilas. Se olieron durante media hora entre las dunas de la playa.
Lo último que hicieron fue darse la espalda, cuando se despidieron y él volvió hacia el norte y ella hacia el sur.
No hay guitarra, no hay tacto, pero si la hubiera, si hubiera una guitarra sin tacto, no estaría en esta historia, no hubiera vivido este momento y se hubiera perdido sensaciones que sólo dejándose llevar por los sentidos podrían experimentarse. La guitarra no tiene tacto además, así que un binomio “guitarra- tacto” hubiera sido una gilipollez de conjugar. Prefiero norte-sur. Tú en el norte, yo en el sur… y aún quedan este-oeste… Hay que tener tacto, oído, vista, olfato y gusto, porque nadie quiere ser una guitarra sin tacto.
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