domingo, 28 de noviembre de 2010

Haz un viaje insólito sin salir de tu ciudad…


Ya  he subido al metro. Se me ha escapado el quería coger; me he confiado bajando por las escalera y metiendo en bono-metro en el monedero, y cuando he llegado abajo, justo ha sonado el pitido y se han cerrado las puertas.  Me ha tocado esperar diez minutos, los suficientes para llegar tarde a mi cita con Carlos.
Nada más subir siento, como siempre, esa extraña sensación de ser el foco de todas las miradas, que por un lado me gusta y por otro me incomoda. Pero son miradas fugaces, como las que lanzo yo misma a la gente recién llegada al vagón, como para darles la bienvenida. Alguna vez esa mirada se ha vuelto a repetir a lo largo del trayecto, cuando me fijo en alguien especialmente guapo. Me gusta imaginarme cómo será esa persona, a dónde irá, con quién habrá quedado, si viene o va…
La mujer de mi derecha no para de mirar mi IPod extrañada, y con una cierta maldad que no sé de donde sale, empiezo a juguetear más de la cuenta con la rueda de cambiar canciones, para de alguna manera hacerle llegar que sí, que tiene toda la razón; “ya es muy mayor para estas novedades”. Supongo que eso le hace sentir vieja y pasada de moda, que ese simple aparatejo le distancia de mí y probablemente de sus hijos que tendrán más o menos mi edad.  Subo el volumen para que aun más se confirme la teoría de que los jóvenes de hoy en día están locos, que ponen la música muy alta y se van a fastidiar los oídos. Además pongo una canción de rock duro, para que se oiga aún más.
La pareja que tengo delante me recuerda a mí hace unos cuatro años, cuando salía con Manu. Él está estirado en el asiento, ocupando con sus vaqueros anchos la mitad del pasillo, pasando totalmente del hecho de que obstruye el paso de los futuros viajeros que entren al vagón. Ella es mucho más guapa que él, con cara de niña y estilo punky. Está sentada de lado y con sus piernas hace un puente sobre el regazo de su novio. Las cabezas están muy pegadas y se hablan íntimamente al oído. No se ríen ni se besan, simplemente están hablando como podrían estar haciéndolo en el sofá o en la cama de la casa de sus padres. Esto demuestra, contrariamente a lo que suele pasar, que su disposición en el cuadro no está preparada para llamar la atención; somos demasiado indiferentes para ello.
Hay un hombre a su lado que lee un libro. Me gusta. No se siente invadido por la pareja. Lee el libro y seguramente vuelva a casa del trabajo. Ha decidido hacer uso del transporte público después de hacer cálculos y ver que le sale mucho más rentable que coger el coche. Es por eso que tiene un aspecto saludable, relajado. No como el chico joven que está de pie. Se le ve impaciente, mirando cada dos por tres los anuncios del trayecto. Este chico va en coche a todas partes, a la Universidad, de botellón, a casa de su novia, a casa de sus amigos, al bar… Hoy ha cogido el metro porque tiene el coche en el taller por un par de días para ponerse alerones nuevos. Le miro un par de veces porque realmente está muy bueno. Nuestras miradas se cruzan un par de veces; esto demuestra aún más su inexperiencia en el metro; entra fácilmente en el juego de miradas que no llevan a ningún sitio.
“Próxima parada… Xàtiva”              
Me bajo.
Ahí está Carlos.
¡HOLA!

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