Por fin llegó el día más esperado de Fernando en los últimos 3 meses. Cumplía 6 años e iba a celebrar una fiesta por todo lo alto. Las invitaciones habían sido repartidas una semana antes, todas las asistencias habían sido confirmadas, la tarta había sido encargada, la casa había sido engalanada para la ocasión. Todo estaba más que preparado.
Esa noche Fernando casi ni había podido dormir, especialmente porque cuando su padre llegó a casa por la tarde pudo descubrir asomando por el maletero del coche lo que seguro iba a ser su regalo. Y por la forma, el tamaño y el mango del manillar que asomaba de entre el papel de regalo, dedujo que su padre le había comprado una bici. ¡Por fin!. Ojalá fuera la bici Turbo-express ultra ligera que vendían en la tienda de al lado del colegio. Llevaba meses mirándola cada vez que pasaban por delante y haciéndole notar descaradamente a su padre cuánto le gustaba. Su estrategia era quedarse embelesado mirando el escaparate, con el bocata en la mano, y haciendo bola en la boca con la mortadela y el pan, ignorando expresamente las preguntas de su padre (“¿Qué tal el cole?, ¿Te has portado bien?...) hasta que éste decía ¡Fernando, que te estoy hablando! Estaba seguro que su padre se había dado cuenta…
Cuando vio el manillar asomando por el maletero del coche, no se lo podía creer.
Por la mañana llegaron todos los invitados. Había 10 niños con sus respectivos padres y algunos hermanos. La mamá de Fernando y el resto de las mamás prepararon el aperitivo en el jardín, que fue degustado alegremente mientras los niños jugaban en la piscina bajo la mirada atenta de sus padres. Había música, globos, guirnaldas… Comieron paella y tomaron helado de postre. Después de comer los niños fueron al comedor, donde el papá de Fernando les puso “Planet 51” en el nuevo Home Cinema y algunos niños, exhaustos, se quedaron dormidos, y entre ellos Fernando.
A las 6 de la tarde pusieron de nuevo la mesa y sacaron la merienda. Bocadillos, papas, coca-cola, chucherías, pasteles… Acudió una pareja de payasos que les hicieron trucos y juegos y les pintaron la cara. En un momento dado se oyó a un volumen muy fuerte la canción de “Cumpleaños feliz” y la mamá y el papá de Fernando aparecieron por la entrada que daba al jardín desde la cocina, llevando entre los dos una tarta enorme con seis velas encendidas. Todos le cantaron cumpleaños feliz y mientras las mamás ayudaban a repartir las raciones de tarta, los regalos fueron entregados.
¡Qué cantidad de juguetes, muñecos, ropa, lápices, libros, peluches, bolis, pelotas, juegos de mesa…! Fernando no cabía en sí de gozo. Cuando ya hubo acabado de abrir todos los regalos, apareció su padre con un gran paquete con ruedas que se dirigía hacia él. ¡Sí, sí, sí! No hizo falta que Fernando fingiera sorpresa puesto que la bici era el mejor regalo que nadie le podía hacer ese día. Se volvió loco de contento. Corrió hacia su padre, se tiró en sus brazos y le dio las gracias efusivamente y un gran beso. ¡Corre, ábrelo! Le dijo su padre.
Fernando arrancó el lazo de un estirón. Rompió sin piedad todo el papel decorativo y ¡allí estaba! La Turbo express ultra ligera del escaparate. No se lo podía creer. Era de color azul brillante. Las ruedas anchas, de un negro intenso que hacían resaltar su perfecto estado. Era maravillosa. Su primera Mountain bike de dos ruedas. Significaba mucho para él.
En la cara de sus padres no cabía una sonrisa más grande. Hacía tiempo que no se sentían tan tranquilos, despreocupados, disfrutando de la felicidad de un hijo a pesar de que dos años antes hubieran perdido a su hermano gemelo. Todo llega. Las heridas se van cerrando y las cicatrices pasan a formar parte de nuestro mapa anatómico. Como una peca o un lunar que de repente un día ni nos acordamos de cómo éramos antes de tenerlos.
Pasó la tarde tranquilamente. Los padres ya cansado reposaron sus cuerpos con el atardecer en las hamacas del jardín, mientras los niños, ya disgregados, jugaban con todas las distracciones que los regalos ofrecían.
Fernando no bajó de la bici desde que la desenvolvió y en el momento de su decisión estaba jugando a esquivar los obstáculos de latas y pelotas que Matías le ponía en un improvisado circuito de bici-cross. En un momento dado se cayó de la bici, se hizo una herida en la rodilla y empezó a salir sangre. Sangre. Sangre. Sangre. Todo volvió a su recuerdo… la tarde en que jugando al escondite encontró a su hermano detrás de la puerta del garaje, los dos echaron a correr y justo en el momento en que Pedro casi llegaba al árbol que le libraría de pagar, un coche a toda velocidad pasó por encima de él y se lo llevó para siempre.
Fue entonces cuando Fernando tomó la decisión. Se subió a la bici. Se fue al acantilado y allí la tiró. No disfrutaría de ella sabiendo lo mucho que le hubiera gustado a su hermano.
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