domingo, 28 de noviembre de 2010

NO HAY QUE PERMITIR MATOJOS EN NUESTRO CAMPO

Si  miras tu vida como un campo extenso, abierto al cielo y sin confines, entiendes que cada ser vivo que en él se reproduce es una marca que define la esencia de tus decisiones. Encontramos árboles fuertemente enraizados que ocupan lugares estratégicos de nuestro campo. Estos árboles son muy altos y su origen vital reside en lo más profundo de la tierra. Ni siquiera es el agua con la que riegas la que permite su crecimiento, sino que es el agua que emana desde lo más adentro de la propia naturaleza la que fortalece sus raíces. Son árboles que te ofreces frutos para alimentarte, o flores para reconfortarte, o sombra para cobijarte. Son los árboles que han estado en el campo desde el momento mismo de su formación.
En este campo que es tu vida, un campo libre en amplitud y fertilidad, existen plantas que tú mismo has puesto ahí por alguna razón egoísta y narcisista. Plantas que ofrecen un suplemento de gran importancia a la base sólida que suponen los árboles originales. Son plantas pequeñas, grandes, frutales, florales, altas, bajas, estrechas, anchas. Cada una de ellas significa un momento clave de tu camino. Ése camino que vas abriendo para pasar a un lado al otro del campo. Ése que deja un surco entre los grandes árboles estructurales y que los unen como con hilos invisibles. Algunas de estas plantas, si son fuertes y se cogen bien a la naturaleza de tu suelo fértil, llegan a convertirse en un pilar más de la extensión al que aferran nuevos hilos y desde donde empezar nuevos caminos.
A menudo en el recorrido del campo aparecen arbustos, matorrales silvestres de existencia no solicitada, que se instalan en tu camino esperando ser alimentados. Suelen ser perjudiciales para tus plantas y árboles, por lo que normalmente al primer atisbo son arrancados sin piedad. Dejan un pequeño agujero en la tierra, pero un agujero fácil de disimular en la mayoría de los casos. Y digo en la mayoría porque a veces esos matorrales son difíciles de extirpar y de tanto estirar y estirar, dañas más de lo que quisieras el suelo al que se aferran tus preciados árboles y plantas. También se da el caso de matorrales que sabes que son dañinos pero que confías acaben convirtiéndose en bellas plantas olorosas que den más alegría a tu campo, situación siempre ficticia que asimilas ya tarde, cuando por culpa de sus envenenadas raíces alguna planta querida cercana acaba pudriéndose o muriendo. No hay que permitir matojos en nuestro campo.

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