domingo, 28 de noviembre de 2010

BUSQUEDA DEL TESORO


Voy buscando la carta donde mi madre dice quién es mi padre biológico. Esa carta existe; se la envió mi madre a su hermana mientras estaba en la clínica de reposo. Mi tía vivía en casa de mi abuela por aquel entonces y asegura que nunca la ha tirado. Sólo que no se acuerda dónde la guardó.
He llegado pronto a casa de mi abuela. Me ha dejado las llaves debajo de la alfombra porque ella va a pasar la mañana fuera. Al pasar dentro de la casa caigo en la cuenta que es la primera vez que entro a casa de mi abuela y no hay nadie: primero no está ella para saludarme y segundo, no están ni mis tíos, ni mis primos, nadie; ni siquiera los perros.
La casa parece distinta y me recreo en esa sensación como de entrar a un lugar desconocido. Imaginando que la carta está por ahí, en algún sitio. Como en un videojuego me imagino la carta brillando para mí, pero hasta que no dé con el sitio exacto no la veré.
La habitación de mi tía de soltera actualmente es la habitación de mi prima, que está viviendo en casa de mi abuela con mi tío, que se acaba de quedar viudo, y por lo tanto mi prima huérfana. Así que entro en la habitación.
Sé por mi prima que la habitación está igual que cuando allí vivía de pequeña mi tía. Lo sé porque ese fue uno de los mayores disgustos de mi prima al irse a vivir allí. Lo más probable es que la carta esté dentro del armario bajito de madera con dos puertas que hay al lado del armario empotrado y justo a los pies de la cama. Tiene cerrojo para llave pero sólo con estirar un poco del tirador las puertecitas se abren. Veo cosas de mi prima. Libretas, álbumes de fotos, cajitas, peluches pequeños, algún libro, bolis, Cds… Está casi repleta de papeles la verdad. Lo saco todo poco a poco, no como en las películas, que el que va buscando algo hace saltar todo por los aires a medida que busca. Así es imposible fijase en lo que coges. Yo voy poco a poco, casi metódicamente, clasificando los objetos fuera del armario, en el suelo, a medida que los saco: papeles, libretas, Cds, fotos…
En uno de los rincones del armarito, casi cuando ya llevaba la mitad vacío, encuentro una caja que se nota que no es de mi prima; es más vieja, de un estampado feo; con rosas rosas y un fondo verde. Se nota que la caja había sido forrada así. Es del tamaño de una caja de zapatos. La abro y ahí está la carta. No la he visto aún pero estoy segura. Es como si la viera brillando. Es de mi tía la caja seguro porque hay fotos suyas, cosas antiguas como entradas de cine, recortes de revistas de músicos ya desconocidos, lápices viejos, pendientes sueltos… Una de las cartas tiene a mi madre de remitente: Olivia Céspedes Pardo. Y va dirigida a mi tía: Año 1982.
Ávida de impaciencia pero con tranquilidad en mis manos, la abro y comienzo a leer:
“Querida hermana. ¿Cómo estás? Yo estoy muy bien. Esta mañana he estado viendo la tele y haciendo un poco de gimnasia, ahora estoy esperando a que nos den la merienda y por eso te escribo, porque tengo un rato. Quiero decirte que eres la única persona a la que echo de menos aquí y que me encantaría que vinieras un día a verme. No tengas miedo que esto no está tan mal. Dile a la mamá que te acompañe y buscaremos un hueco para pasear un rato tú y yo a solas.  Escucha, no le digas nunca a nadie esto porque pensarán que mi locura viene de ahí: La persona que me hizo este bebé se llama Brat Pitt, es un americano que conocí este verano que venía a España a buscarse la vida como actor. No se lo cuentes a nadie por favor. Estoy muy enamorada de él pero jamás volveré a verlo. Este tiempo en la clínica me vendrá bien para olvidarme de él. Este bebé será el ser más querido del mundo. Espero que puedas hacer de tía con él, me encantaría. Y espero que puedas venir a verme pronto. Te quiere muchísimo tu hermana: Olivia”
Brad Pitt!!! Mierda!!!

NO HAY QUE PERMITIR MATOJOS EN NUESTRO CAMPO

Si  miras tu vida como un campo extenso, abierto al cielo y sin confines, entiendes que cada ser vivo que en él se reproduce es una marca que define la esencia de tus decisiones. Encontramos árboles fuertemente enraizados que ocupan lugares estratégicos de nuestro campo. Estos árboles son muy altos y su origen vital reside en lo más profundo de la tierra. Ni siquiera es el agua con la que riegas la que permite su crecimiento, sino que es el agua que emana desde lo más adentro de la propia naturaleza la que fortalece sus raíces. Son árboles que te ofreces frutos para alimentarte, o flores para reconfortarte, o sombra para cobijarte. Son los árboles que han estado en el campo desde el momento mismo de su formación.
En este campo que es tu vida, un campo libre en amplitud y fertilidad, existen plantas que tú mismo has puesto ahí por alguna razón egoísta y narcisista. Plantas que ofrecen un suplemento de gran importancia a la base sólida que suponen los árboles originales. Son plantas pequeñas, grandes, frutales, florales, altas, bajas, estrechas, anchas. Cada una de ellas significa un momento clave de tu camino. Ése camino que vas abriendo para pasar a un lado al otro del campo. Ése que deja un surco entre los grandes árboles estructurales y que los unen como con hilos invisibles. Algunas de estas plantas, si son fuertes y se cogen bien a la naturaleza de tu suelo fértil, llegan a convertirse en un pilar más de la extensión al que aferran nuevos hilos y desde donde empezar nuevos caminos.
A menudo en el recorrido del campo aparecen arbustos, matorrales silvestres de existencia no solicitada, que se instalan en tu camino esperando ser alimentados. Suelen ser perjudiciales para tus plantas y árboles, por lo que normalmente al primer atisbo son arrancados sin piedad. Dejan un pequeño agujero en la tierra, pero un agujero fácil de disimular en la mayoría de los casos. Y digo en la mayoría porque a veces esos matorrales son difíciles de extirpar y de tanto estirar y estirar, dañas más de lo que quisieras el suelo al que se aferran tus preciados árboles y plantas. También se da el caso de matorrales que sabes que son dañinos pero que confías acaben convirtiéndose en bellas plantas olorosas que den más alegría a tu campo, situación siempre ficticia que asimilas ya tarde, cuando por culpa de sus envenenadas raíces alguna planta querida cercana acaba pudriéndose o muriendo. No hay que permitir matojos en nuestro campo.

LA GUITARRA SIN TACTO


Se conocieron una noche de luna llena en la playa. Él había estado cenando con unos amigos en su casa y salió a pasear al perro cuando éstos se hubieron ido. Ella había salido a tomar el aire para evitar la incómoda situación de estar viendo la tele con su madre y el novio de ésta en el sofá de su casa.
Él llevaba un tiempo viéndose con varias chicas. Desde que había vuelto de la academia militar ligaba un montón, especialmente porque se había quitado esa inseguridad que en el pasado le impedía ser él mismo. Ella lo había dejado tres meses antes con su novio. Había pasado algunas noches locas con tíos que conocía por la noche de fiesta con sus amigas y le gustaba esa nueva situación personal que le permitía dejarse llevar y tener la mente despejada.
Los dos iban caminando por la misma calle. Él venía dirección norte y ella dirección sur.
“Cuando llegue a la rotonda de la palmera me vuelvo” Pensaron los dos al ver en mitad de la larguísima calle una pequeña palmera en medio de una rotonda, iluminada por una farola parpadeante.
Llegaron a la vez a la palmera. No había nadie más en la calle, que era paralela al mar y desde la que se oía el murmullo de las olas. Las casas a lo largo de la calle eran pequeñas viviendas de verano, algunas muy antiguas, desde donde salían voces de televisores encendidos, que estarían viendo con toda probabilidad familias enteras, con las mejillas sonrosadas de haber pasado el día en la playa. Se oían algunos grillos también. La tranquilidad de la calle ofrecía un contexto semi-hipnótico.
Llegaron a la vez a la palmera. Ella lo oyó a él antes de verlo, cuando llamó a su perro para que fuera hacia él. Él la vio a ella antes oírla, cuando miró a través de la palmera para buscar a su perro.
Pero lo primero que hicieron juntos fue tocarse. Se tocaron mientras ella le ofrecía el mechero que él le había pedido simplemente por curiosidad de ver de cerca sus ojos. Ella aguantó el mechero esperando a rozar con sus dedos, simplemente por curiosidad de saber cómo se sentía su piel.
Los ojos de ella eran pequeños y brillantes.
La piel de él se sentía suave y experta.
Lo segundo que hicieron juntos fue saborearse. Se besaron cuando ya llevaban una hora o más hablando a lo largo de la calle, dirección norte, hacia donde ella iba, desde donde él venía.
Después se olieron. Olieron los fluidos de su cuerpo, olieron los rincones de sus nucas y sus axilas. Se olieron durante media hora entre las dunas de la playa.
Lo último que hicieron fue darse la espalda, cuando se despidieron y él volvió hacia el norte y ella hacia el sur.
No hay guitarra, no hay tacto, pero si la hubiera, si hubiera una guitarra sin tacto, no estaría en esta historia, no hubiera vivido este momento y se hubiera perdido sensaciones que sólo dejándose llevar por los sentidos podrían experimentarse. La guitarra no tiene tacto además, así que un binomio “guitarra- tacto” hubiera sido una gilipollez de conjugar. Prefiero norte-sur. Tú en el norte, yo en el sur… y aún quedan este-oeste… Hay que tener tacto, oído, vista, olfato y gusto, porque nadie quiere ser una guitarra sin tacto.

“El día de su cumpleaños Fernando tira su bicicleta por un acantilado”


Por fin llegó el día más esperado de Fernando en los últimos 3 meses. Cumplía 6 años e iba a celebrar una fiesta por todo lo alto. Las invitaciones habían sido repartidas una semana antes, todas las asistencias habían sido confirmadas, la tarta había sido encargada, la casa había sido engalanada para la ocasión. Todo estaba más que preparado.
Esa noche Fernando casi ni había podido dormir, especialmente porque cuando su padre llegó a casa por la tarde pudo descubrir asomando por el maletero del coche lo que seguro iba a ser su regalo. Y por la forma, el tamaño y el mango del manillar que asomaba de entre el papel de regalo, dedujo que su padre le había comprado una bici. ¡Por fin!. Ojalá fuera la bici Turbo-express ultra ligera que vendían en la tienda de al lado del colegio. Llevaba meses mirándola cada vez que pasaban por delante y haciéndole notar descaradamente a su padre cuánto le gustaba. Su estrategia era quedarse embelesado mirando el escaparate, con el bocata en la mano, y haciendo bola  en la boca con la mortadela y el pan, ignorando expresamente las preguntas de su padre (“¿Qué tal el cole?, ¿Te has portado bien?...) hasta que éste decía ¡Fernando, que te estoy hablando! Estaba seguro que su padre se había dado cuenta…
Cuando vio el manillar asomando por el maletero del coche, no se lo podía creer.
Por la mañana llegaron todos los invitados. Había 10 niños con sus respectivos padres y algunos hermanos. La mamá de Fernando y el resto de las mamás prepararon el aperitivo en el jardín, que fue degustado alegremente mientras los niños  jugaban en la piscina bajo la mirada atenta de sus padres. Había música, globos, guirnaldas… Comieron paella y tomaron helado de postre. Después de comer los niños fueron al comedor, donde el papá de Fernando les puso “Planet 51” en el nuevo Home Cinema y algunos niños, exhaustos, se quedaron dormidos, y entre ellos Fernando.
A las 6 de la tarde pusieron de nuevo la mesa y sacaron la merienda. Bocadillos, papas, coca-cola, chucherías, pasteles… Acudió una pareja de payasos que les hicieron trucos y juegos y les pintaron la cara. En un momento dado se oyó a un volumen muy fuerte la canción de “Cumpleaños feliz” y la mamá y el papá de Fernando aparecieron por la entrada que daba al jardín desde la cocina, llevando entre los dos una tarta enorme con seis velas encendidas. Todos le cantaron cumpleaños feliz y mientras las mamás ayudaban a repartir las raciones de tarta, los regalos fueron entregados.
¡Qué cantidad de juguetes, muñecos, ropa, lápices, libros, peluches, bolis, pelotas, juegos de mesa…! Fernando no cabía en sí de gozo. Cuando ya hubo acabado de abrir todos los regalos, apareció su padre con un gran paquete con ruedas que se dirigía hacia él. ¡Sí, sí, sí! No hizo falta que Fernando fingiera sorpresa puesto que la bici era el mejor regalo que nadie le podía hacer ese día. Se volvió loco de contento. Corrió hacia su padre, se tiró en sus brazos y le dio las gracias efusivamente y un gran beso. ¡Corre, ábrelo! Le dijo su padre.
Fernando arrancó el lazo de un estirón. Rompió sin piedad todo el papel decorativo y ¡allí estaba! La Turbo express ultra ligera del escaparate. No se lo podía creer. Era de color azul brillante. Las ruedas anchas, de un negro intenso que hacían resaltar su perfecto estado. Era maravillosa. Su primera Mountain bike de dos ruedas. Significaba mucho para él.
En la cara de sus padres no cabía una sonrisa más grande. Hacía tiempo que no se sentían tan tranquilos, despreocupados, disfrutando de la felicidad de un hijo a pesar de que dos años antes hubieran perdido a su hermano gemelo. Todo llega. Las heridas se van cerrando y las cicatrices pasan a formar parte de nuestro mapa anatómico. Como una peca o un lunar que de repente un día ni nos acordamos de cómo éramos antes de tenerlos.
Pasó la tarde tranquilamente. Los padres ya cansado reposaron sus cuerpos con el atardecer en las hamacas del jardín, mientras los niños, ya disgregados, jugaban con todas las distracciones que los regalos ofrecían.
Fernando no bajó de la bici desde que la desenvolvió y en el momento de su decisión estaba jugando a esquivar los obstáculos de latas y pelotas que Matías le ponía en un improvisado circuito de bici-cross. En un momento dado se cayó de la bici, se hizo una herida en la rodilla y empezó a salir sangre. Sangre. Sangre. Sangre. Todo volvió a su recuerdo… la tarde en que jugando al escondite encontró a su hermano detrás de la puerta del garaje, los dos echaron a  correr y justo en el momento en que Pedro casi llegaba al árbol que le libraría de pagar, un coche a toda velocidad pasó por encima de él y se lo llevó para siempre.
Fue entonces cuando Fernando tomó la decisión. Se subió a la bici. Se fue al acantilado y allí la tiró. No disfrutaría de ella sabiendo lo mucho que le hubiera gustado a su hermano.

Haz un viaje insólito sin salir de tu ciudad…


Ya  he subido al metro. Se me ha escapado el quería coger; me he confiado bajando por las escalera y metiendo en bono-metro en el monedero, y cuando he llegado abajo, justo ha sonado el pitido y se han cerrado las puertas.  Me ha tocado esperar diez minutos, los suficientes para llegar tarde a mi cita con Carlos.
Nada más subir siento, como siempre, esa extraña sensación de ser el foco de todas las miradas, que por un lado me gusta y por otro me incomoda. Pero son miradas fugaces, como las que lanzo yo misma a la gente recién llegada al vagón, como para darles la bienvenida. Alguna vez esa mirada se ha vuelto a repetir a lo largo del trayecto, cuando me fijo en alguien especialmente guapo. Me gusta imaginarme cómo será esa persona, a dónde irá, con quién habrá quedado, si viene o va…
La mujer de mi derecha no para de mirar mi IPod extrañada, y con una cierta maldad que no sé de donde sale, empiezo a juguetear más de la cuenta con la rueda de cambiar canciones, para de alguna manera hacerle llegar que sí, que tiene toda la razón; “ya es muy mayor para estas novedades”. Supongo que eso le hace sentir vieja y pasada de moda, que ese simple aparatejo le distancia de mí y probablemente de sus hijos que tendrán más o menos mi edad.  Subo el volumen para que aun más se confirme la teoría de que los jóvenes de hoy en día están locos, que ponen la música muy alta y se van a fastidiar los oídos. Además pongo una canción de rock duro, para que se oiga aún más.
La pareja que tengo delante me recuerda a mí hace unos cuatro años, cuando salía con Manu. Él está estirado en el asiento, ocupando con sus vaqueros anchos la mitad del pasillo, pasando totalmente del hecho de que obstruye el paso de los futuros viajeros que entren al vagón. Ella es mucho más guapa que él, con cara de niña y estilo punky. Está sentada de lado y con sus piernas hace un puente sobre el regazo de su novio. Las cabezas están muy pegadas y se hablan íntimamente al oído. No se ríen ni se besan, simplemente están hablando como podrían estar haciéndolo en el sofá o en la cama de la casa de sus padres. Esto demuestra, contrariamente a lo que suele pasar, que su disposición en el cuadro no está preparada para llamar la atención; somos demasiado indiferentes para ello.
Hay un hombre a su lado que lee un libro. Me gusta. No se siente invadido por la pareja. Lee el libro y seguramente vuelva a casa del trabajo. Ha decidido hacer uso del transporte público después de hacer cálculos y ver que le sale mucho más rentable que coger el coche. Es por eso que tiene un aspecto saludable, relajado. No como el chico joven que está de pie. Se le ve impaciente, mirando cada dos por tres los anuncios del trayecto. Este chico va en coche a todas partes, a la Universidad, de botellón, a casa de su novia, a casa de sus amigos, al bar… Hoy ha cogido el metro porque tiene el coche en el taller por un par de días para ponerse alerones nuevos. Le miro un par de veces porque realmente está muy bueno. Nuestras miradas se cruzan un par de veces; esto demuestra aún más su inexperiencia en el metro; entra fácilmente en el juego de miradas que no llevan a ningún sitio.
“Próxima parada… Xàtiva”              
Me bajo.
Ahí está Carlos.
¡HOLA!