Esto era una vez una rana que vivía muy felizmente en su charca. Por fin había encontrado un pequeño estanque, muy bonito, espacioso, con el suficiente verde y la suficiente sombra cuando ésta era necesaria.
Estaba tan tranquilo y tan contento, que no le importaba pasar mucho tiempo allí, aunque no viera a mucha gente o no conociera muchos sitios alrededor de su casa de agua. Solía pasar el día nadando despacio, disfrutando de las suaves ondas de su entorno, visitando las orillas, descubriendo nuevas flores recién nacidas y comprobando su tacto.
Cuando alguna vez salía de allí, visitaba otras charcas del estanque y pasaba un rato con otras ranas. Todas se conocían de un modo u otro, pues estaban comunicadas con sus gorgojeos, y no le era difícil encontrar cuando quisiera a alguien con quien nadar o saborear unos cuantos mosquitos.
Un día que salió a dar una vuelta, estirar bien las ancas y pegar unos cuantos brincos, vio pasar por encima de su cabeza a un pájaro muy grande. Le vió cómo abría las alas y se dejaba llevar por el viento. Le pareció fabuloso.
Empezó a croarle para ver si, con un poco de suerte, conseguía llamar su atención y se acercaba un poco más a él, para poder verle de cerca.
Croac, croac... decía nuesta ranita mientras pegaba saltos.
Croac, croac...
Os preguntaréis si ni tenía miedo de que pudiera hacerle algo, al fin y al cabo, nada sabía ella de si ese pájaro era peligroso o no. Pero no, la rana no tenía miedo. No sabía lo que era desconfiar de alguien. Ni siquiera se le pasaba por la cabeza que pudiera hacerle algo malo.
El cóndor, que había salido a pasear como escape después de una bronca con sus hermanos, volaba meditabundo, preguntándose si alguna vez habría alguien que le entendería y le aceptaría tal y como es.
Mientras en esos asuntos pensaba, vio en un momento dado en que bajó la cabeza, una pequeña rana saltando, mirando hacia arriba. No le dio importancia y siguió planeando en el aire. Cuando volvió a mirar hacia abajo, volvió a ver a la rana, saltando, mirándole. ¿Le estaba llamando? ¿Se dirigía a él?
Bajó un poco la altura para asegurarse, aunque era una total absurdez.
Bajó más y, efectivamente, a medida que se acercaba la rana saltaba más. Siguió acercándose, aminorando la marcha, volando despacito, y de repente la oyó croar.
Croac, croac... bajito de momento, pero a medida que se acercaba a ella, cada vez más alto.
Definitivamente, la ranita le estaba queriendo decir algo.
Él si que pensó que era muy extraño que una rana le llamara, y que sí era algún tipo de trampa, pero era tan pequeña, que no le podría hacer nada, pensó.
Redujo y redujo la verlocidad, batiendo cada vez más despacio las alas y acabó posándose al lado de la ranita.
En lo que no había pensado la rana era en que no iban a poder comunciarse. Intentaron decirse algo, una croando y el otro piando, pero nada. Aún así, sus ojos se cayeron simpáticos y de algún modo, el cóndor y la rana se comunicaron.
Poquito a poco el cóndor fue levantando una pata, la rana se fue acercando. Iban probando sus intenciones. Parecía que todo iba bien. La ranita cogió la pata fina del cóndor con una de sus ancas. El cóndor levantó un pelín el vuelo y le ofreció su otra pata, a la cual la ranita se cogió con agilidad. Bien agarrada la rana a las patas del cóndor, éste comenzó a volar y a volar.
La rana croaba como nunca de felicidad. El cóndor volaba por encima de las montañas, dando giros y saboreando las corrientes del aire. La rana disfrutaba del paisaje y de la emoción.
Pasada alrededor de una hora, el cóndor depositó suavemente a la ranita en la tierra y se despidió batiendo un ala, y casi le pareció a la rana, que incluso guiñándo su oscuro ojo de cóndor.
La rana siguió viviendo en su feliz charca, con sus cosas de siempres, relajado como nunca lo había estado, y alguna vez veía al cóndor sobrevolando la zona. Él no sabía dónde vivía exactamente la rana, pero siempre esperaba encontrarla en el lugar donde la conoció. La ranita se imaginaba que él la estaría buscando, pero a ella se le pasaban los días volando, contamplando su charca y felizmente chapoteando. Eso sí, recordaba las sensaciones de cuando estuvo volando con el cóndor y se le estremecía el cuerpo. Era lo más emocionante que había hecho en mucho tiempo, y se sentía orgulloso de esa experiencia.
Pasado un tiempo volvió a donde se había encontrado con el cóndor y éste no tardó en aparecer. Dieron un largo paseo sobrevolando las montañas, y cuando el pájaro le dejó en tierra, la ranita no se quería separar de él. Por eso le croó y croó hasta que el cóndor entendió que le quería decir algo. La rana empezó a dar pequeños saltitos, invitándole a seguirle.
Llegaron a su pequeño remanso líquido de felicidad y la ranita se metió dentro del agua, nadando, enseñándole al cóndor cómo se hacía. Éste intentó imitarle, ya había aprendido de la ranita a no tener desconfianza. Pero encuanto se metió en el agua, sus alas dejaron de poder moverse y se ahogaba, tuvo que batirlas muy rápido para coger las pocas fuerzas suficientes que le permitieron llegar a la orilla.
Así fue cómo la rana y el còndor se dieron cuenta que era imposible vivir juntos, pero que ella desde su charca, y él desde sus montañas, estarían siempre el uno para el otro.
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