Había un chico que toda su infancia había sido un chico formal, tímido y con manías.
Cuando el chico se hizo hombre, se metió en problemas con drogas. Le gustaba mucho la fiesta, beber y se pasaba el día fumando porros.
Llegó a hacerse camello, pero casi todo se lo fumaba él.
En vez de ir a trabajar se quedaba en casa con la excusa de estar enfermo y se colocaba. Un día tuvo un brote psicótico y sus padres le llevaron a ver a un psiquiatra.
El psiquiatra le encerró indefinidamente en un manicomio. El manicomio estaba lleno de perturbados.
Por las noches, el chico se despertaba debido a que tenía pesadillas. En esos momentos salía a fumarse un cigarro en el pasillo.
Una noche, oyó unas risas al final del pasillo y una luz. Fue hasta allí y en unas estrechas escaleras había unos cuantos locos contando historias. El chico se apoyó en la pared y escuchó la historia que estaba contando un anciano de pelo blanco. Los locos le miraron y siguieron a lo suyo.
La historia trataba de cómo había llegado el anciano hasta aquel lugar. El anciano había sido marinero, y había viajado por todo el mundo vendiendo en los puertos la chatarra que encontraba tirada por el mar…
El viejo marinero contaba cómo, en cada puerto que paraba, iba a buscar a alguna prostituta y pasaba la noche con ella. Iba a ver a una prostituta en cada puerto una sola vez, pero aun así había estado con más de cien prostitutas.
Una vez, en invierno, llegó a una isla apartada. En aquella isla siempre hacia calor y los habitantes vivían de lo que el mar les daba. La primera noche en la isla el hombre fue a visitar la taberna y a preguntar dónde podía encontrar alguna prostituta. En toda la isla había solamente una. El hombre fue a verla y se enamoró de ella al instante. Pasaron toda la noche juntos y el marinero le prometió que volvería a verla cuando hubiera hecho su recorrido por los puertos del mundo.
Un año después el anciano volvió y pasó con la prostituta una semana entera, pues había estado un año ahorrando para estar solamente con ella.
Estas visitas se repitieron durante décadas, aunque sólo una vez al año. En una de sus visitas, la prostituta confesó al anciano que había sido madre de una preciosa niña, y que estaba al cien por cien segura que él era el verdadero padre. La niña había sido entregada a un orfanato. La última vez que estuvo con la prostituta, ésta le dijo que tenía SIDA y se moría. El anciano se metió voluntariamente en el manicomio para no estar nunca más con ninguna mujer…
Desde aquella noche al joven chico no se le iba de la cabeza la historia que el anciano marinero había contado. Él nunca había conocido el verdadero amor de una mujer, pero su enfermizo romanticismo le impulsaba a pensar que sólo una historia como aquella podría llegar a colmar sus expectativas.
Pasaron unos años y el anciano murió. Antes de que se lo llevaran, el joven se arriesgó a coger de la caja de objetos personales el pasaporte del anciano. En él quedaba reflejada, visado a visado, la vida del amante marinero. Rescatando aquel valioso documento, el joven se propuso mantener viva la historia de amor que aquel día oyó de boca del anciano.
Los años siguientes en el manicomio fueron largos para el chico. Un frío invierno se llevó por delante a su madre, presa de una fuerte pulmonía. Sus pocos amigos fueron construyendo sus propias familias y dejaron de visitarle. Su padre iba a verlo un domingo cada dos semanas, lo que suponía ver cada quince días cómo su padre estaba cada vez más viejo, más triste y más ensimismado.
Las únicas emociones que tenía eran ir al cine los miércoles con un grupo de voluntarios a los que detestaba, releer los pocos libros que tenía y fumarse los seis cigarros que le racionaban diariamente.
Una mañana el joven fue llamado al despacho del médico jefe. Éste le informó que su padre había fallecido la noche anterior por culpa de una neumonía. El joven sintió un momentáneo y breve escalofrío por el cuerpo. Hacía tiempo que ya se venía sintiendo completamente solo en este mundo. Con lo que no esperaba encontrarse era con la noticia de que ya era libre de salir del manicomio si quería, y que además disponía de un capital económico bastante importante gracias a la herencia de su padre.
No dudó ni un solo instante. No sabía qué iba a hacer con su vida, pero teniendo dinero, no se quedaría en ese sucio manicomio ni un minuto más. Mientras recogía sus cosas a todo correr, encontró en el cajón el viejo pasaporte del anciano. Por un momento volvió a oír su voz, tal y como la oyó aquel día viniendo del pasillo, cuando salió a fumarse el cigarro y escuchó la historia de la prostituta.
Se metió el pasaporte en el bolsillo, cogió la bolsa de deportes y se fue para siempre de allí.
Esa noche la pasó en un hotel de mala muerte cerca del aeropuerto. Sin sacar sus pocas cosas de la maleta, se sentó al borde de la cama y abrió el pasaporte del anciano. Los últimos 9 visados eran todos del mismo sitio: el puerto de Ámsterdam.
A la mañana siguiente el joven sacó del banco todo su dinero, se subió a al primer avión que iba a Ámsterdam y allí se fue, con la única idea de revivir la historia del anciano y la prostituta.
Una vez en el avión, comenzó a pensar como iba a llevar a cabo su plan en Amsterdam. Nunca había estado allí, pero tenía suficiente dinero para ir a una pensión y llegar a fin de mes gastando el dinero en prostitutas y en drogas. Así era, decidió buscar a la chica de sus sueños y pasar el resto del día colocado.
Se despertaba a la hora de comer y tomaba un café con un cruasán. Después iba siempre al mismo fumadero de opio y allí se tumbaba y se fumaba una pipa de hachís dejándose evadir por las fantasías que le proporcionaba la droga. Cuando empezaba a anochecer, cenaba en un restaurante cutre y se dedicaba a conocer prostitutas por el barrio rojo. Se gastaba mucho dinero en ellas, intentaba hablar con ellas, esperando encontrar así a la horma de su zapato..
Una noche, en el restaurante donde cenaba, conoció a una de las camareras. Ella siempre estaba allí, pero él no se había dado cuenta. Era más o menos de su edad y tenía acento francés.
Cuando el restaurante iba a cerrar, el chico le preguntó si podía quedarse a acabar la copa. Ella le dijo que sí. Mientras ella limpiaba empezaron a hablar y cuando menos se quisieron dar cuenta estaban contándose sus vidas.
Ella le contó que era adoptada y que hacía cuatro años había salido de casa y había acabado en Ámsterdam en búsqueda de información sobre su madre. Después de pasar un tiempo aquí, decidió quedarse a vivir.
Él le contó su plan. A ella le pareció que estaba un poco loco, pero le parecía guapo y en el fondo pensó que había algo de bondad en él. Además se notaba que el chico había sufrido tanto o más que ella. Decidió apoyarle con su idea sin juzgarle ni escandalizarse, al fin y al cabo era de las pocas personas con las que se podía mantener una conversación interesante, fuera de la política o la televisión.
Se hicieron amigos, y una noche, Marlene, que así se llamaba la chica, le convenció para que fuera a verla a la discoteca donde servía copas.
Después de cenar rápido y mal en casa el chico salió de casa. Se sentó en un bar a ver el fútbol y cuando acabó, ya con unas cuantas cervezas en el cuerpo, salió para la discoteca.
A medio camino entró por los suburbios y se hizo un chute de heroína.
Y al entrar en la discoteca, también ésta le entró también por las venas.
Nada más pasar por la puerta la música electrónica le sacudió el pecho. Había mucha gente, muchas chicas, muy guapas. Gogos. Camareros con el pecho brillante y en shorts. Mesas en los laterales con grupos bebiendo. Y una gran barra iluminada al fondo.
Fue allí, pasando por entre grupos de chicas que bailaban provocativamente. Empezó a sentir el calor y su cuerpo empezó a mezclarse con el estado de la discoteca.
Llegó a la barra y desde fuera del bullicio, una voz clara, definida:
- ¡Hola! ¡Ya has venido! ¡Me alegro de verte!- La chica se estiró para que le oyera bien
- ¡Hola!- gritó el chico
- ¡¿Qué te pongo?!
- ¡Gin tonic!
Marlene le sirvió la copa y siguió con su trabajo. Igual que en el restaurante, era una trabajadora concentrada y agradable.
Desde su lado de la barra el chico pasó la noche, yendo al baño cada dos por tres y sin que ninguna chica le prestara atención.
Salió un par de veces a fumarse un porro de marihuana. La calle de la discoteca era sucia y maloliente, con mucha gente pasando droga alrededor y algunas prostitutas. Estuvo mirando a algunas pero la mayoría eran bastas, o gordas, o asquerosas.
Una de las veces que estaba apoyado en la discoteca pasó Marlene por su lado y le presentó a un chico más o menos de su edad pero mucho mejor cuidado. Era un chico moreno, iraquí, y comenzó a hablarle del proyecto que estaba haciendo para su carrera de ingeniero. Tuvo que hacer un esfuerzo para escucharle. A veces sus pensamientos se distraían en Marlene, que iba de un lado al otro de la barra. Era muy delgadita, fina, pero la falda que llevaba, tan estrecha y corta, y el sujetador de lentejuelas del mismo color, junto con los tacones y el maquillaje de purpurina, resaltaban un lado suyo muy provocativo. Era dulce y ardiente al mismo tiempo.
Cuando ya no podía más con el chico iraquí y cuando vio que empezaba a marearse, decidió irse. Se despidió de Marlene y se fue a casa.
A la mañana siguiente tuvo una revelación. Llevaba ya dos meses allí y era más o menos el plazo que se había puesto para encontrar a la prostituta. No podía distraerse, y menos aún, como había empezado a notar, pensar en Marlene.
Una noche, sentado en el sofá de un prostíbulo, totalmente borracho y colocado, captó en la mesa de al lado una historia que estaba contando una mujer. Era la historia del marinero y la prostituta. Narraba los mismos sucesos, uno tras otro.
Se respaldó un poco de su sofá desvencijado y la vio. Era una prostituta. Era vieja y fumaba mientras hablaba. Dos hombres la escuchaban atentamente. No pudo acabar de oír la historia porque llegó más gente y las voces se hacían irreconocibles. Cuando la vieja se levantó y se fue a la barra, el chico hizo un esfuerzo por levantarse y la siguió.
- Oye, la historia que estabas contando…
- ¿La del marinero?
- Sí. ¿Dónde la has oído?
- En ningún sitio, bonito, la he vivido en primera persona.
- Pero… ¿eres tú la chica de la que se enamoró?
- Sí, ¿qué pasa? Que estas carnes, aquí donde las ves ahora viejas y arrugadas han sido la perdición de muchos hombres…- Su voz era ronca y su forma de hablar vulgar.
El mundo se le cayó a los pies a nuestro joven e iluso amigo porque el romanticismo de su historia no tenía nada que ver con esa mujer vieja y estropeada. Le dio las gracias a la señora, pagó su cuenta y se fue.
Cuando ya se iba, vio a la vieja fumándose un cigarro en la parte de detrás del prostíbulo. Pasó por delante de ella sin decirle nada. Hacía frío y la mujer se tapaba con una chaqueta de lana.
- Oye-le dijo- ¿por qué te interesa la historia del marinero?
El chico le contó cómo había oído por primera vez aquello. Le contó lo del anciano del manicomio; lo de los viajes, la prostituta… y también le dijo que el anciano había muerto y que había venido a ver si podía conocer un poco mejor la historia.
- Entonces, ahora ya por fin están juntos…- susurró la vieja.
- ¿Cómo? ¿A qué te refieres?
- Francesca y Timothy fueron los dos mayores amantes que he conocido nunca. Su amor no tenía fin, estaban hechos el uno para el otro. Y eso es tan difícil de encontrar como una aguja en un pajar. Gracias al amor de Timothy, Francesca aguantaba todo tipo de aberraciones de señores borrachos y con los bolsillos plagados de dinero. Éramos muy amigas, nos lo contábamos todo.
Pasaron la noche hablando, la vieja y el chico, ella era ya una veterana del club y le estaba permitido hacer lo que le diera la gana. La vieja le contó cómo había muerto Francesca y lo mucho que ésta había sufrido cuando Timothy dejó de visitarla.
- ¿Y qué pasó con su hija?
- Fue dada en adopción. A una familia francesa, de París creo recordar. Ahora tiene tu edad más o menos. Una vez me llegó una carta suya, había estado investigando sobre su madre biológica y no sé cómo había dado con mi dirección aquí en Ámsterdam. Me pedía mucha información sobre ella, pero yo sólo le dije que trabajábamos juntas y que estaba muy enferma cuando la tuvo y que por eso la dio en adopción.
- ¿Y nunca la has visto?
- Sí, una vez vino a Ámsterdam, quería conocerme, pero cuando la vi en la estación esperándome, no tuve valor para acercarme.
- ¿Y cómo se llama la chica?
- Se llama como su madrina, como yo.
El chico cayó en la cuenta que todavía no se habían presentado.
- Perdona, ¿y cómo te llamas?
- Marlene
¿FIN?
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