miércoles, 1 de febrero de 2012

CARTA DE DANA (o la gata que me amó)

28/07/2010
(01:55)
Querida Olga,
Has de saber que he sido muy feliz contigo en casa; todo el día durmiendo, gambando con Fox, comiendo todo el pienso que quería… Me has cuidado y me has protegido, pero llevaba unos meses pensando en dar un giro a mi vida y ya por fin ha llegado el momento.
Creo que todo empezó cuando decidiste dejarnos salir al balcón _que al principio, cabrona, lo abrías con la mosquitera puesta. Fue entonces cuando me di cuenta de que había todo un mundo ahí fuera del cual estaba siendo privada. Tranquila que no te echo la culpa a ti, ¿qué te ibas a pensar que una mascota casera fuera a tener estas inquietudes? Pero me di cuenta de que siempre estaría sometida a tus decisiones de cuándo comer, beber, cagar y dormir, e incluso de cuándo tomar un poco de aire fresco en el balcón.
Cuando te marchaste a Londres dos semanas me empecé a urdir el plan. Hablé con Fox y le propuse escaparnos los dos cuando te fueras a Benidorm a finales de julio. Saltaríamos por el balcón rebotando por los toldos y caeríamos al suelo sin hacernos ni un rasguño. A partir de ahí la aventura comenzaba.
Pero ya sabes cómo es Fox. Él siempre ha sido más cariñoso, le gusta más estar en casa, es más miedica, le cuesta entender las cosas… No le atraía nada eso de tener que buscarse la vida por la calle. Puso como excusa que no quería hacerte pasar el mal rato de perdernos a los dos, pero bien mirado creo que incluso tenía razón.
Esta es mi segunda noche en la calle y te digo que no es tan duro. De momento todos los gatos me han rechazado, pero ya contaba con eso, conociendo el carácter que tenemos. Por cierto, gracias por esterilizarme, me evitas la putada de estar preñada cada dos por tres. Eso es otra, tengo ganas de conocer gatos experimentados, curtidos por la vida, y no estar siempre con el plasta de Fox, que encima de ser mi hermano, también está capado. ¿También pensabas privarme de eso?
Desde donde estoy no es difícil encontrar comida pero creo que en unos días ya podré salir a tantear el terreno. Tengo intención de viajar y conocer mundo. Pensarás que es una tontería pero lo que más me apetece es cazar un pájaro; significa mucho para mí, significa ser la gata intrépida que siempre soñé ser.
Espero que no te enfades conmigo y que me perdones el mal trago que te he debido hacer pasar, pero puedes estar tranquila porque ahora soy feliz. Por fin he descubierto lo que soy y he empezado a hacer algo.
Te quiere, tu gata:
Dana.
PD: Por favor, sigue disfrutando del balcón con alegría.

LA PROSTITUTA (Méndez Bros)


Había un chico que toda su infancia había sido un chico formal, tímido y con manías.
Cuando el chico se hizo hombre, se metió en problemas con drogas. Le gustaba mucho la fiesta, beber y se pasaba el día fumando porros.
Llegó a hacerse camello, pero casi todo se lo fumaba él.
En vez de ir a trabajar se quedaba en casa con la excusa de estar enfermo y se colocaba. Un día tuvo un brote psicótico y sus padres le llevaron a ver a un psiquiatra.
El psiquiatra le encerró indefinidamente en un manicomio. El manicomio estaba lleno de perturbados.
Por las noches, el chico se despertaba debido a que tenía pesadillas. En esos momentos salía a fumarse un cigarro en el pasillo.
Una noche, oyó unas risas al final del pasillo y una luz. Fue hasta allí y en unas estrechas escaleras había unos cuantos locos contando historias. El chico se apoyó en la pared y escuchó la historia que estaba contando un anciano de pelo blanco. Los locos le miraron y siguieron a lo suyo.
La historia trataba de cómo había llegado el anciano hasta aquel lugar. El anciano había sido marinero, y había viajado por todo el mundo vendiendo en los puertos la chatarra que encontraba tirada por el mar…
El viejo marinero contaba cómo, en cada puerto que paraba, iba a buscar a alguna prostituta y pasaba la noche con ella. Iba a ver a una prostituta en cada puerto una sola vez, pero aun así había estado con más de cien prostitutas.
Una vez, en invierno, llegó a una isla apartada. En aquella isla siempre hacia calor y los habitantes vivían de lo que el mar les daba. La primera noche en la isla el hombre fue a visitar la taberna y a preguntar dónde podía encontrar alguna prostituta. En toda la isla había solamente una. El hombre fue a verla y se enamoró de ella al instante. Pasaron toda la noche juntos y el marinero le prometió que volvería a verla cuando hubiera hecho su recorrido por los puertos del mundo.
Un año después el anciano volvió y pasó con la prostituta una semana entera, pues había estado un año ahorrando para estar solamente con ella.
Estas visitas se repitieron durante décadas, aunque sólo una vez al año. En una de sus visitas, la prostituta confesó al anciano que había sido madre de una preciosa niña, y que estaba al cien por cien segura que él era el verdadero padre. La niña había sido entregada a un orfanato. La última vez que estuvo con la prostituta, ésta le dijo que tenía SIDA y se moría. El anciano se metió voluntariamente en el manicomio para no estar nunca más con ninguna mujer…
Desde aquella noche al joven chico no se le iba de la cabeza la historia que el anciano marinero había contado. Él nunca había conocido el verdadero amor de una mujer, pero su enfermizo romanticismo le impulsaba a pensar que sólo una historia como aquella podría llegar a colmar sus expectativas.
Pasaron unos años y el anciano murió. Antes de que se lo llevaran, el joven se arriesgó a coger de la caja de objetos personales el pasaporte del anciano. En él quedaba reflejada, visado a visado, la vida del amante marinero. Rescatando aquel valioso documento, el joven se propuso mantener viva la historia de amor que aquel día oyó de boca del anciano.
Los años siguientes en el manicomio fueron largos para el chico. Un frío invierno se llevó por delante a su madre, presa de una fuerte pulmonía. Sus pocos amigos fueron construyendo sus propias familias y dejaron de visitarle. Su padre iba a verlo un domingo cada dos semanas, lo que suponía ver cada quince días cómo su padre estaba cada vez más viejo, más triste y más ensimismado.
Las únicas emociones que tenía eran ir al cine los miércoles con un grupo de voluntarios a los que detestaba, releer los pocos libros que tenía y fumarse los seis cigarros que le racionaban diariamente.
Una mañana el joven fue llamado al despacho del médico jefe. Éste le informó que su padre había fallecido la noche anterior por culpa de una neumonía. El joven sintió un momentáneo y breve escalofrío por el cuerpo. Hacía tiempo que ya se venía sintiendo completamente solo en este mundo. Con lo que no esperaba encontrarse era con la noticia de que ya era libre de salir del manicomio si quería, y que además disponía de un capital económico bastante importante gracias a la herencia de su padre.
No dudó ni un solo instante.  No sabía qué iba a hacer con su vida, pero teniendo dinero, no se quedaría en ese sucio manicomio ni un minuto más. Mientras recogía sus cosas a todo correr, encontró en el cajón el viejo pasaporte del anciano. Por un momento volvió a oír su voz, tal y como la oyó aquel día viniendo del pasillo, cuando salió a fumarse el cigarro y escuchó la historia de la prostituta.
Se metió el pasaporte en el bolsillo, cogió la bolsa de deportes y se fue para siempre de allí.
Esa noche la pasó en un hotel de mala muerte cerca del aeropuerto. Sin sacar sus pocas cosas de la maleta, se sentó al borde de la cama y abrió el pasaporte del anciano. Los últimos 9 visados eran todos del mismo sitio: el puerto de Ámsterdam.
A la mañana siguiente el joven sacó del banco todo su dinero, se subió a al primer avión que iba a Ámsterdam y allí se fue, con la única idea de revivir la historia del anciano y la prostituta.
Una vez en el avión, comenzó a pensar como iba a llevar a cabo su plan en Amsterdam. Nunca había estado allí, pero tenía suficiente dinero para ir a una pensión y llegar a fin de mes gastando el dinero en prostitutas y en drogas. Así era, decidió buscar a la chica de sus sueños y pasar el resto del día colocado.
 Se despertaba a la hora de comer y tomaba un café con un cruasán. Después iba siempre al mismo fumadero de opio y allí se tumbaba y se fumaba una pipa de hachís dejándose evadir por las fantasías que le proporcionaba la droga. Cuando empezaba a anochecer, cenaba en un restaurante cutre y se dedicaba a conocer prostitutas por el barrio rojo. Se gastaba mucho dinero en ellas, intentaba hablar con ellas, esperando encontrar así a la horma de su zapato..
Una noche, en el restaurante donde cenaba, conoció a una de las camareras. Ella siempre estaba allí, pero él no se había dado cuenta. Era más o menos de su edad y tenía acento francés.
Cuando el restaurante iba a cerrar, el chico le preguntó si podía quedarse a acabar la copa. Ella le dijo que sí. Mientras ella limpiaba empezaron a hablar y cuando menos se quisieron dar cuenta estaban contándose sus vidas.
Ella le contó que era adoptada y que hacía cuatro años había salido de casa y había acabado en Ámsterdam en búsqueda de información sobre su madre. Después de pasar un tiempo aquí, decidió quedarse a vivir.
Él le contó su plan. A ella le pareció que estaba un poco loco, pero le parecía guapo y en el fondo pensó que había algo de bondad en él. Además se notaba que el chico había sufrido tanto o más que ella. Decidió apoyarle con su idea sin juzgarle ni escandalizarse, al fin y al cabo era de las pocas personas con las que se podía mantener una conversación interesante, fuera de la política o la televisión.
Se hicieron amigos, y una noche, Marlene, que así se llamaba la chica, le convenció para que fuera a verla a la discoteca donde servía copas.
Después de cenar rápido y mal en casa el chico salió de casa. Se sentó en un bar a ver el fútbol y cuando acabó, ya con unas cuantas cervezas en el cuerpo, salió para la discoteca.
A medio camino entró por los suburbios y se hizo un chute de heroína.
Y al entrar en la discoteca, también ésta le entró también por las venas.
Nada más pasar por la puerta la música electrónica le sacudió el pecho. Había mucha gente, muchas chicas, muy guapas. Gogos. Camareros con el pecho brillante y en shorts. Mesas en los laterales con grupos bebiendo. Y una gran barra iluminada al fondo.
Fue allí, pasando por entre grupos de chicas que bailaban provocativamente. Empezó a sentir el calor y su cuerpo empezó a mezclarse con el estado de la discoteca.
Llegó a la barra y desde fuera del bullicio, una voz clara, definida:
-       ¡Hola! ¡Ya has venido! ¡Me alegro de verte!- La chica se estiró para que le oyera bien
-       ¡Hola!- gritó el chico
-       ¡¿Qué te pongo?!
-       ¡Gin tonic!
Marlene le sirvió la copa y siguió con su trabajo. Igual que en el restaurante, era una trabajadora concentrada y agradable.
Desde su lado de la barra el chico pasó la noche, yendo al baño cada dos por tres y sin que ninguna chica le prestara atención.
Salió un par de veces a fumarse un porro de marihuana. La calle de la discoteca era sucia y maloliente, con mucha gente pasando droga alrededor y algunas prostitutas. Estuvo mirando a algunas pero la mayoría eran bastas, o gordas, o asquerosas.
Una de las veces que estaba apoyado en la discoteca pasó Marlene por su lado y le presentó a un chico más o menos de su edad pero mucho mejor cuidado. Era un chico moreno, iraquí, y comenzó a hablarle del proyecto que estaba haciendo para su carrera de ingeniero. Tuvo que hacer un esfuerzo para escucharle. A veces sus pensamientos se distraían en Marlene, que iba de un lado al otro de la barra. Era muy delgadita, fina, pero la falda que llevaba, tan estrecha y corta, y el sujetador de lentejuelas del mismo color, junto con los tacones y el maquillaje de purpurina, resaltaban un lado suyo muy provocativo. Era dulce y ardiente al mismo tiempo.
Cuando ya no podía más con el chico iraquí y cuando vio que empezaba a marearse, decidió irse. Se despidió de Marlene y se fue a casa.
A la mañana siguiente tuvo una revelación. Llevaba ya dos meses allí y era más o menos el plazo que se había puesto para encontrar a la prostituta. No podía distraerse, y menos aún, como había empezado a notar, pensar en Marlene.  
Una noche, sentado en el sofá de un prostíbulo, totalmente borracho y colocado, captó en la mesa de al lado una historia que estaba contando una mujer. Era la historia del marinero y la prostituta. Narraba los mismos sucesos, uno tras otro.   
Se respaldó un  poco de su sofá desvencijado y la vio. Era una prostituta. Era vieja y fumaba mientras hablaba. Dos hombres la escuchaban atentamente. No pudo acabar de oír la historia porque llegó más gente y las voces se hacían irreconocibles. Cuando la vieja se levantó y se fue a la barra, el chico hizo un esfuerzo por levantarse y la siguió.
-       Oye, la historia que estabas contando…
-       ¿La del marinero?
-       Sí. ¿Dónde la has oído?
-       En ningún sitio, bonito, la he vivido en primera persona.
-       Pero… ¿eres tú la chica de la que se enamoró?
-       Sí, ¿qué pasa? Que estas carnes, aquí donde las ves ahora viejas y arrugadas han sido la perdición de muchos hombres…- Su voz era ronca y su forma de hablar vulgar.
El mundo se le cayó a los pies a nuestro joven e iluso amigo porque el romanticismo de su historia no tenía nada que ver con esa mujer vieja y estropeada. Le dio las gracias a la señora, pagó su cuenta y se fue.
Cuando ya se iba, vio a la vieja fumándose un cigarro en la parte de detrás del prostíbulo. Pasó por delante de ella sin decirle nada. Hacía frío y la mujer se tapaba con una chaqueta de lana.
-       Oye-le dijo- ¿por qué te interesa la historia del marinero?
El chico le contó cómo había oído por primera vez aquello. Le contó lo del anciano del manicomio; lo de los viajes, la prostituta… y también le dijo que el anciano había muerto y que había venido a ver si podía conocer un poco mejor la historia.
-       Entonces, ahora ya por fin están juntos…- susurró la vieja.
-       ¿Cómo? ¿A qué te refieres?
-       Francesca y Timothy fueron los dos mayores amantes que he conocido nunca. Su amor no tenía fin, estaban hechos el uno para el otro. Y eso es tan difícil de encontrar como una aguja en un pajar. Gracias al amor de Timothy, Francesca aguantaba todo tipo de aberraciones de señores borrachos y con los bolsillos plagados de dinero. Éramos muy amigas, nos lo contábamos todo.
Pasaron la noche hablando, la vieja y el chico, ella era ya una veterana del club y le estaba permitido hacer lo que le diera la gana. La vieja le contó cómo había muerto Francesca y lo mucho que ésta había sufrido cuando Timothy dejó de visitarla.
-       ¿Y qué pasó con su hija?
-       Fue dada en adopción. A una familia francesa, de París creo recordar. Ahora tiene tu edad más o menos. Una vez me llegó una carta suya, había estado investigando sobre su madre biológica y no sé cómo había dado con mi dirección aquí en Ámsterdam. Me pedía mucha información sobre ella, pero yo sólo le dije que trabajábamos juntas y que estaba  muy enferma cuando la tuvo y que por eso la dio en adopción.
-       ¿Y nunca la has visto?
-       Sí, una vez vino a Ámsterdam, quería conocerme, pero cuando la vi en la estación esperándome, no tuve valor para acercarme.
-       ¿Y cómo se llama la chica?
-       Se llama como su madrina, como yo.
El chico cayó en la cuenta que todavía no se habían presentado.
-       Perdona, ¿y cómo te llamas?
-       Marlene
¿FIN?

LA RANA Y EL CÓNDOR


Esto era una  vez una rana que vivía muy felizmente en su charca. Por fin había encontrado un pequeño estanque, muy bonito, espacioso, con el suficiente verde y la suficiente sombra cuando ésta era necesaria.
Estaba tan tranquilo y tan contento, que no le importaba pasar mucho tiempo allí, aunque no viera a mucha gente o no conociera muchos sitios alrededor de su casa de agua. Solía pasar el día nadando despacio, disfrutando de las suaves ondas de su entorno, visitando las orillas, descubriendo nuevas flores recién nacidas y comprobando su tacto.
Cuando alguna vez salía de allí, visitaba otras charcas del estanque y pasaba un rato con otras ranas. Todas se conocían de un modo u otro, pues estaban comunicadas con sus gorgojeos, y no le era difícil encontrar cuando quisiera a alguien con quien nadar o saborear unos cuantos mosquitos.
Un día que salió a dar una vuelta, estirar bien las ancas y pegar unos cuantos brincos, vio pasar por encima de su cabeza a un pájaro muy grande. Le vió cómo abría las alas y se dejaba llevar por el viento. Le pareció fabuloso.
Empezó a croarle para ver si, con un poco de suerte, conseguía llamar su atención y se acercaba un poco más a él, para poder verle de cerca.
Croac, croac... decía nuesta ranita mientras pegaba saltos.
Croac, croac...
Os preguntaréis si ni tenía miedo de que pudiera hacerle algo, al fin y al cabo, nada sabía ella de si ese pájaro era peligroso o no. Pero no, la rana no tenía miedo. No sabía lo que era desconfiar de alguien. Ni siquiera se le pasaba por la cabeza que pudiera hacerle algo malo.
El cóndor, que había salido a pasear como escape después de una bronca con sus hermanos, volaba meditabundo, preguntándose si alguna vez habría alguien que le entendería y le aceptaría tal y como es.
Mientras en esos asuntos pensaba, vio en un momento dado en que bajó la cabeza, una pequeña rana saltando, mirando hacia arriba. No le dio importancia y siguió planeando en el aire. Cuando volvió a mirar hacia abajo, volvió a ver a la rana, saltando, mirándole. ¿Le estaba llamando? ¿Se dirigía a él?
Bajó un poco la altura para asegurarse, aunque era una total absurdez.
Bajó más y, efectivamente, a medida que se acercaba la rana saltaba más. Siguió acercándose, aminorando la marcha, volando despacito, y de repente la oyó croar.
Croac, croac... bajito de momento, pero a medida que se acercaba a ella, cada vez más alto.
Definitivamente, la ranita le estaba queriendo decir algo.
Él si que pensó que era muy extraño que una rana le llamara, y que sí era algún tipo de trampa, pero era tan pequeña, que no le podría hacer nada, pensó.
Redujo y redujo la verlocidad, batiendo cada vez más despacio las alas y acabó posándose al lado de la ranita.
En lo que no había pensado la rana era en que no iban a poder comunciarse. Intentaron decirse algo, una croando y el otro piando, pero nada. Aún así, sus ojos se cayeron simpáticos y de algún modo, el cóndor y la rana se comunicaron.
Poquito a poco el cóndor fue levantando una pata, la rana se fue acercando. Iban probando sus intenciones. Parecía que todo iba bien. La ranita cogió la pata fina del cóndor con una de sus ancas. El cóndor levantó un pelín el vuelo y le ofreció su otra pata, a la cual la ranita se cogió con agilidad. Bien agarrada la rana a las patas del cóndor, éste comenzó a volar y a volar.
La rana croaba como nunca de felicidad. El cóndor volaba por encima de las montañas, dando giros y saboreando las corrientes del aire. La rana  disfrutaba del paisaje y de la emoción.
Pasada alrededor de una hora, el cóndor depositó suavemente a la ranita en la tierra y se despidió batiendo un ala, y casi le pareció a la rana, que incluso guiñándo su oscuro ojo de cóndor.
La rana siguió viviendo en su feliz charca, con sus cosas de siempres, relajado como nunca lo había estado, y alguna vez veía al cóndor sobrevolando la zona. Él no sabía dónde vivía exactamente la rana, pero siempre esperaba encontrarla en el lugar donde la conoció. La ranita se imaginaba que él la estaría buscando, pero a ella se le pasaban los días volando, contamplando su charca y felizmente chapoteando. Eso sí, recordaba las sensaciones de cuando estuvo volando con el cóndor y se le estremecía el cuerpo. Era lo más emocionante que había hecho en mucho tiempo, y se sentía orgulloso de esa experiencia.
Pasado un tiempo volvió a donde se había encontrado con el cóndor y éste no tardó en aparecer. Dieron un largo paseo sobrevolando las montañas, y cuando el pájaro le dejó en tierra, la ranita no se quería separar de él. Por eso le croó y croó hasta que el cóndor entendió que le quería decir algo. La rana empezó a dar pequeños saltitos, invitándole a seguirle.
Llegaron a su pequeño remanso líquido de felicidad y la ranita se metió dentro del agua, nadando, enseñándole al cóndor cómo se hacía. Éste intentó imitarle, ya había aprendido de la ranita a no tener desconfianza. Pero encuanto se metió en el agua, sus alas dejaron de poder moverse y se ahogaba, tuvo que batirlas muy rápido para coger las pocas fuerzas suficientes que le permitieron llegar a la orilla.
Así fue cómo la rana y el còndor se dieron cuenta que era imposible vivir juntos, pero que ella desde su charca, y él desde sus montañas, estarían siempre el uno para el otro.

sábado, 14 de enero de 2012

PENSAMIENTOS SUSTITUTORIOS


Hay veces que no podemos dejar de pensar en algo que sabemos que nos está sentando mal.
Pero no nos podemos permitir ni una mala hierba en el jardín de nuestra mente.
Kill bad minds.
Pero cuando estás metida en todo el meollo... no eres capaz de dejar de pensar en eso.
¡Ya está! ¡Se acabó! ¡Ya no vuelvo a pensar en eso!  Te lo dices una y otra vez. Pero es como una obsesión y cuando menos te quieres dar cuenta... ya estás pensando otra vez en eso.
Puede darse el caso que digas... “Va, ya que no me lo puedo quitar de la cabeza, voy a llegar al fondo de este asunto. Voy a pensar en él hasta que decida qué posición voy a tomar en esto y luego, de verdad, que me olvido” Entonces te pueden pasar dos cosas:
-          Empiezas a pensar en el tema y empiezas a darle vueltas y más vueltas, recreándote una y otra vez en él, sin llegar a nada en claro. Sólo pensar en ese tema porque EN EL FONDO TE GUSTA. Pero claro, nunca te olvidas de él porque no lo zanjas (que recordemos, era nuestro objetivo  original)
-          Piensas en el tema un rato más, con la cabeza fría a más no poder. Tomas una decisión. Según la decisión tomada pueden pasar dos cosas:
o   Que la decisión implique una acción posterior. Entonces volvemos al principio de todo.
o   Que la decisión suponga posicionarte en algo y no tener que volver a pensar en eso. Sientas un principio y lo marcas en tu persona. Integrándolo en tu personalidad, tu caràcter.
¿Pero no nos engañemos... cuántas veces hemos conseguido zanjar algo así por así?
Normalmente es el tiempo el que acaba zanjando el asunto.
Es por eso que he INVENTADO el proceso mental  al que decidí llamar:
PENSAMIENTOS SUSTITUTORIOS
Con esta técnica lo que se pretende no es más que dejar de pensar en algo. Cortar el pensamiento.
Se basa en asociar un pensamiento no deseado pero involuntario a otro pensamiento agradable y placentero.
El pensamiento sustitutorio puede ser de dos clases:

1)      Relacionado con el pensamiento original (negativo): Se utiliza cuando se quiere POSITIVIZAR un pensamiento al que le hemos otorgado negatividad sin razones reales y objetivas (Cómo ver aspectos positivos en algo negativo es otro asunto). En este caso un suceso neutral lo hemos percibido como negativo (por nuestra baja autoestima, nuestras experiencias pasadas...) pero también podríamos haberlo percibido como positivo. Entonces lo que hay que hacer es buscar unos cuantos signos positivos, objetivamente, de ese suceso. Por pocos que sean, guardarlos. Igual son uno o dos, pero REALMENTE E INEQUÍVOCAMENTE positivos. Entonces, cuando un pensamiento negativo nos acontece, directamente pasamos a uno de los pensamientos positivos, que tendremos que tener muy a mano en ese momento. Cambiamos así el pensamiento negativo por el positivo. De raíz. LO SUSTITUIMOS.

2)      Totalmente ajeno al pensamiento original (negativo). En este caso tenemos causas reales y objetivas para pensar que el suceso es negativo (todavía sigo sin hablar de buscar positividad en aspectos negativos). Entonces lo que hay que hacer es tener “a mano” algún pensamiento positivo que no tenga NADA que ver con el original, Por ejemplo comerse un helado o tomar el sol en la playa. Así, cuando el suceso negativo viene a nuestra cabeza, pasamos directamente a la imagen positiva. Pero HAY QUE RECREARSE EN ELLA. Para que surja efecto  tenemos que saborear el momento, imaginarlo, revivirlo, concentrándonos en los detalles (otra técnica que me gustaría aprender a manejar: Concentrándose en la tarea)